09 junio 2012

De satélites espía, Hubbles y regalos…

Supongo que ya sabéis lo del regalo del Pentágono a la NASA, ¿no? Bueno, para los que aún no se hayan enterado, los militares han ofrecido a la agencia espacial un par de telescopios espaciales del tamaño del Hubble que tenían por ahí arrinconados en un almacén. Total, a ellos ya no les hacen falta y a lo mejor esos científicos de la NASA se entretienen descubriendo alguna estrella o algo…

Bueno, no entraré en muchos detalles sobre el regalo y demás, porque seguramente ya los habéis leído por ahí, pero sí aprovecharé para hablar un poco sobre los satélites espía y sus posibles capacidades.

Pues sí, ya sabéis que estos dos telescopios que les sobran al ejército se fabricaron en los 80 como posibles repuestos para una flotilla de 15 satélites espía, los KH-11, equipados con telescopios de 2,4 metros de diámetro (idénticos en tamaño al del Hubble), aunque con un campo de visión más amplio. La existencia y principales características de estos satélites militares hace ya años que dejó de ser un secreto, lo que, conociendo la forma habitual de actuar en estos ámbitos, nos hace deducir que sus características ya no son vanguardistas, y que han dejado de tener valor estratégico. Es decir, no es que estos satélites ya no sean útiles (de hecho siguen en servicio), sino que su tecnología ya es casi de dominio público y no tiene mucho sentido mantenerla en secreto. 

Pero las grandes potencias rara vez se quedan estancadas en materia militar y de inteligencia, de modo que no es descabellado suponer que, si estos satélites ya son prácticamente públicos, es muy probable que ya existan otros realmente secretos de nueva generación, con mejores prestaciones. Habitualmente, cuando se desclasifica una información secreta (no está muy claro si la relativa a los KH-11 está desclasificada oficialmente, pero lo está “de facto”) es porque ya se la considera obsoleta, así que no creo que nos equivoquemos si pensamos que existen satélites espía en servicio con telescopios muy superiores al del Hubble.

¿Alguien se siente sorprendido o incluso ofendido por algo así? La verdad es que creo que ya estamos curados de espanto, pero sí, es realmente penoso que lo que para la ciencia de vanguardia es un instrumento de incalculable valor y que proporciona la posibilidad de realizar avances extraordinarios, sea para los militares un artilugio ya obsoleto que hace tiempo que fue superado por otros mejores. ¿Alguien pensaba que el avance de la ciencia era lo más importante? Si alguien lo hacía, va siendo hora de despertar.

Es posible que para los militares un telescopio de tipo Hubble haya sido superado hace años. Evidentemente, no tenemos datos al respecto, sólo rumores y especulaciones, pero hace ya tiempo que los expertos estimaban que los servicios de inteligencia militar tenían satélites con una resolución capaz de leer placas de matrícula desde el espacio. Y a esto no llegan telescopios tipo Hubble.

Sin embargo, esa capacidad sí estaría en los límites de un telescopio del tamaño del James Webb, el denominado a menudo como sucesor del Hubble. Con su enorme espejo de 6,5 metros de diámetro, un telescopio de este tipo sí podría alcanzar resoluciones teóricas de unos pocos centímetros desde sus órbitas habituales (la capacidad del Hubble sería unas 10 veces inferior, del orden de 15 cm), es decir, al límite de esa capacidad de leer matrículas desde la órbita terrestre, como aventuraban los expertos.

¿Tienen ya los Estados Unidos satélites espía del tipo James Webb en órbita? Es muy posible. El Hubble fue un desarrollo civil de los satélites KH-11, y es probable que el JWST esté siguiendo el mismo camino y haya sido precedido por uno o varios “hermanos” militares. Es más, según me comentan personas introducidas en el círculo de quienes están desarrollando este nuevo telescopio, existen rumores en ese círculo de que el contratista del espejo del JWST ya habría fabricado otro similar con anterioridad. Sí, vale, todo son rumores, pero todo encaja.

Si los rumores son ciertos y los Estados Unidos tienen ya operativa una nueva generación de satélites espía de “categoría James Webb”, no me parece nada aventurado suponer que una nueva generación aún más potente esté ocupando ya las mesas de diseño de quienes trabajan en estos proyectos secretos. Si telescopios tipo James Webb van a operar en breve en el ámbito civil, casi seguro que los militares ya van un paso por delante. Siempre ha sido así. Siempre ha habido clases… (Foto: NASA)

24 abril 2012

V-2. La venganza de Hitler

José Manuel Ramírez Galván acaba de publicar con la editorial Melusina el
que probablemente es el primer libro especializado en español sobre la V-2 (y si no es el primero, desde luego es el más riguroso y documentado).

A lo largo de sus 286 páginas salpicadas de decenas de fotografías, se hace un recorrido por toda la historia de este arma precursora de los misiles balísticos y de los lanzadores espaciales, desde los inicios de la cohetería en Alemania hasta la captura de los técnicos y de los resultados de sus investigaciones por los aliados, incluyéndose los principales derivados de post-guerra a que dio lugar. Entre medias, el libro nos ofrece un detallado relato del desarrollo de este revolucionario cohete, de su despliegue bélico, y de las acciones tanto de inteligencia como operativas de los aliados para intentar acabar con esta amenaza.

Un completo recorrido, por tanto, por toda la historia relacionada con el desarrollo de la cohetería en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, que resulta de un gran interés tanto para los aficionados a este periodo de la historia como para los aficionados a la astronáutica que quieran saber más sobre los desarrollos de la cohetería avanzada que culminarían llevando en pocos años al hombre al espacio.

01 abril 2012

El fundador de Amazon descubre en el fondo del mar los motores del Apollo 11

…y al parecer se dispone a recuperarlos.

Perdonadme la expresión, y disculpadme los que no estéis de acuerdo, pero esto me parece una soberana gilipollez. Vale, seguramente a Jeff Bezos, fundador de Amazon, el dinero le sobra para dedicarse a estos hobbies… y seguramente también hasta tendrá la suerte de recuperar la inversión exponiendo cuatro hierros oxidados y cobrando entrada, o vendiéndoselos a algún museo que también sea tan estúpido como para pagar por ellos. Pero a esto no le veo ningún sentido. Me parece puro fetichismo.

Vamos a ver, no estamos hablando de recuperar restos arqueológicos de gran interés… Se trata de recoger unos motores de un lanzador Saturn V (supongo que son motores F1 de la primera etapa, aunque la nota de prensa que he leído no lo especifica) que llevan ya 50 años bajo el mar, que han sufrido el impacto de su caída desde miles de metros, y que entre ese impacto y la corrosión del medio salino deben estar literalmente “hechos polvo”. Unos motores de los cuales ya existen ejemplares bien conservados en varios museos. ¿Que estos funcionaron en el lanzador que llevó al hombre a la Luna por primera vez, y que por eso valen más que cualquier otro por muy destrozados que estén? Vamos a ver, que se trata de una máquina, da lo mismo que haya funcionado empujando un trasto con personas a bordo o en un ensayo en banco, es la misma máquina. Lo que digo: puro fetichismo.

Ya sé que mucha gente no estará de acuerdo conmigo, lo sé, estas cosas en el fondo son pasionales más que racionales, pero es que no puedo entenderlo. Esto me parece lo mismito que cuando, hace ya quizás 20 años, visité de jovenzuelo el museo del ejército en Madrid y vi expuestos en una vitrina los calzoncillos ensangrentados de no sé qué héroe de no sé qué guerra. ¡Soberana estupidez y mal gusto! Es el mismo fetichismo ridículo que veo con esto.

En fin, hay gente pá tó. Y si les sobra el dinero, al fin y al cabo es suyo. Pero mejor sería que lo invirtieran en algo de mayor provecho…

20 febrero 2012

Se buscan ideas: ¿qué hacemos con la estación espacial?

Interesante, sorprendente y preocupante. Eso me parece el reciente comentario de Bill Gerstenmeier, Administrador Asociado para la Exploración y Operaciones Tripuladas de la NASA, en una conferencia sobre transporte espacial comercial promovida por la FAA (la agencia federal aeroespacial norteamericana). En su discurso, Gerstenmeier ha admitido que la NASA ha invertido enormes sumas de dinero en construir un enorme laboratorio espacial, pero que una vez terminado no saben muy bien qué hacer con él. De hecho, alentaba a que se hicieran propuestas desde el exterior para aprovechar los recursos para la investigación de que dispone la estación. Remarcaba que la NASA paga el vuelo de ida y el de vuelta, así como los enlaces con tierra y otros servicios. Vamos, que casi rogaba que alguien se animara a hacer algo útil con esos millones de dólares en material de alta tecnología que vagan por el espacio.

Como decía al principio, la noticia es interesante porque no siempre se escuchan este tipo de palabras sinceras con autocrítica implícita por parte de altos cargos de la NASA (o de cualquier otro estamento, seamos sinceros, espacial o no, y del país que sea); como noticia, la información resulta de interés. Pero también es sorprendente, no por el hecho de que llevemos décadas oyendo hablar de lo fantástico que sería tener un laboratorio como la ISS en el espacio y las maravillas que se podrían hacer en él (uno ya es relativamente inmune a este tipo de propaganda sensacionalista), sino, sobre todo, porque una de las principales críticas reiteradas a la ISS ha sido siempre la escasez de tiempo que queda para la experimentación después de que los astronautas empleen la mayor parte de su jornada en labores de mantenimiento del complejo o en su propio sostén a bordo. Ahora resulta que, a pesar de que casi no queda tiempo para hacer experimentos, ni siquiera saben qué hacer con esas horas residuales. No me diréis que no es sorprendente… Y, por supuesto, preocupante, y no creo que esto necesite demasiada explicación; que se lleve a cabo un proyecto de esta magnitud, a este coste, en base a que ofrecerá ciertos rendimientos futuros… y resulta que a la hora de la verdad ni siquiera se sabe qué rendimientos pueden ser esos. Sin comentarios…

Los que seguís este blog a pesar de los altibajos en las publicaciones de estos últimos años, recordaréis que no hace mucho ya escribí unos artículos críticos similares sobre la estación espacial (aquí y aquí). En ellos ya presentaba el fracaso que ha representado la ISS desde un punto de vista científico, si bien recordaba que no es éste, a pesar de ser la constante en los discursos justificativos del complejo, el único fin útil de la estación. Pero en aquellos artículos presentaba el fracaso científico en base al hecho de que sólo el 7% del tiempo útil a bordo (o el 3% del tiempo total) se dedicaba a la investigación (5 horas semanales por tripulante, o 30 horas semanales totales). Y ahora resulta que, al menos en la parte de ese tiempo correspondiente a la NASA (no sabemos si ocurrirá lo mismo con los rusos), según se desprende de las palabras de Gerstenmeier sus astronautas casi lo podrían dedicar a rellenar crucigramas, porque no hay experimentos que realizar. Sí, ya sé que esto es sin duda exagerado, y supongo que por ahora no se llega a tanto… de hecho, sé que bastaría una oferta en la web de la NASA abierta a propuestas del público, y en cuestión de horas tendrían centenares; pero supongo que no se trata de tener “algo” que hacer a bordo, sino tener “algo interesante” que hacer a bordo, propuestas científicas serias, tener investigadores haciendo cola para realizar su experimento en el espacio, como uno esperaría que ocurriera... Eso es lo que falta, según se desprende de las palabras de Gerstenmeier. Aunque parezca increíble...

No cabe duda de que todo esto requiere de una profunda reflexión por parte de los protagonistas involucrados. No se trata ya de debatir si merece la pena o no invertir tantos millones de dólares para realizar 30 horas de experimentación semanales; no se trata de decidir si esas horas de experimentación en condiciones irrepetibles en nuestro planeta merecen lo que cuestan o no; no se trata de elegir si esos millones darían más rendimiento científico invertidos en laboratorios convencionales en tierra firme… No, se trata de reflexionar por qué, una vez que se dispone de los medios (independientemente de lo que hayan costado), no se aprovechan. Sin duda, tiene que haber razones de peso: no me imagino que a un científico se le ofrezca la posibilidad de utilizar un laboratorio de última generación en condiciones únicas y simplemente diga “no, gracias, si yo ya estoy aquí muy a gusto con mis probetas”; si eso sucede, tiene que ser por algo. Y debemos analizar por qué, para solucionarlo en el futuro, si es que pretendemos seguir haciendo investigación en microgravedad, sea al coste que sea. De poco serviría solucionar esos problemas de escasez de tiempo disponible o de costes desmesurados de las instalaciones si, una vez supuestamente solucionados, resulta que por alguna otra razón sigue sin ser interesante para los investigadores realizar experimentos a bordo.

Está claro que para conocer las verdaderas causas de este aparente desinterés científico hacia la estación espacial, deberíamos preguntar a los investigadores, pero ya hay quien apunta posibles causas. Una de ellas podría ser el exceso de regulaciones que rigen la experimentación a bordo; los experimentos que deben volar a la estación deben ser sometidos a reglas tan estrictas y a controles burocráticos tan extensos, que puede que a los experimentadores no les compense pasar por ese calvario. Es decir, puede que no sólo las instalaciones del laboratorio salgan caras, sino que su mera utilización también puede resultar excesivamente cara para los usuarios, en costes y tiempo dedicados a vencer esas quizás excesivas (o quizás necesarias, habría que evaluarlo) regulaciones.

Otra posible causa del aparente desinterés (y remarco lo de aparente, ya que quiero creer que si no existieran problemas para ello, habría muchos interesados en aprovechar las excepcionales condiciones de experimentación a bordo del complejo espacial) puede ser la falta de continuidad en la experimentación. Cualquier investigación científica actual no se reduce a un experimento, sino que frecuentemente requiere decenas de ellos, desarrollados a lo largo de un periodo de tiempo más o menos extenso. Un experimento aislado a menudo plantea más interrogantes que respuestas, y si no tiene continuidad, sirve de bastante poco. Y, lamentablemente, la experimentación a bordo suele ser así: lleva meses preparar un experimento para lanzar al espacio; cuando finalmente despega la misión que lo transporta, el experimento se desarrolla a bordo durante los días o semanas que corresponda, y sus resultados vuelven a la Tierra. Entonces toca analizarlos, y, si procede, plantear un experimento de continuación; solicitar hueco para lanzarlo, esperar autorización, preparar de nuevo el material para enviarlo al espacio… En el supuesto de que dicho experimento de continuación tenga lugar, todo el proceso habrá requerido un tiempo tremendamente superior al que tendría la secuencia habitual en un laboratorio terrestre. Pero es que, además, es muy posible que no se consiga un hueco próximo, ya que, salvo en programas de experimentación “oficiales” de la propia NASA, lo “normal” (o lo “políticamente correcto”) es dar oportunidades a diferentes investigadores, no siempre a los mismos. El resultado suele ser un experimento aislado, o casi, lo cual suele restar mucho interés para llevarlo a cabo, especialmente si a eso le sumamos los obstáculos y dificultades que comentábamos más arriba.

Sea como sea, algo está fallando, de eso no cabe duda. Y se trata de un grave problema, ya que, como recordaba al principio, la investigación científica ha sido siempre el “leit motiv” de la estación espacial internacional. Y aunque ya comentaba en aquel artículo anterior que la ISS proporciona otros rendimientos aparte de la propia actividad científica, está claro que eso no deja de ser un vago consuelo para un proyecto que se estableció en base a una premisa de investigación. Bueno, teóricamente… como casi toda la actividad espacial, las motivaciones reales tuvieron más que ver con la política; pero eso ya lo damos por descontado en este terreno.

¿Cómo resolver esta situación, como paliar los problemas, sean cuales sean, que están provocando este aparente desinterés de la comunidad científica hacia un laboratorio de uso restringido pero con una tecnología y unas condiciones de investigación inigualables? Lo ignoro, pero creo que el problema es lo suficientemente importante, tanto para el presente como para el futuro de la ciencia espacial, como para dedicarle una profunda reflexión por parte de todos los involucrados.

06 enero 2012

La Phobos-Grunt, fotografiada por un aficionado

Me gustan estas fotos de cacharros en órbita tomadas por aficionados; supongo que en el fondo me sigue asombrando como a un niño que podamos ver a través de un telescopio "amateur" (aunque menuda calidad tienen la mayoría de estos telescopios...) cosas que están en el espacio.En esta ocasión ha sido el francés Thierry Legault quien ha conseguido fotografiar la sonda rusa Phobos-Grunt, errante en la órbita terrestre y a punto de reentrar en la atmósfera tras el fallido arranque de la misión que debía llevarla hasta Marte, un planeta que se les ha atrangantado siempre a los rusos. Curioso que al país históricamente más "rojo" se le atragante el planeta rojo, ¿no?...

En la fotografía parece comprobarse que los paneles solares de la sonda están apuntando en dirección contraria al sol, lo que justificaría la imposibilidad de comunicarse con la sonda desde tierra, al no contar son suficiente energía para alimentar a sus equipos. Triste final para la que debía ser la misión estrella del programa espacial ruso en los últimos años... (Fotos: Thierry Legault)

03 enero 2012

Misión Muyposible: Asalto a NPO Energomash

Los últimos fracasos del programa espacial ruso y su repercusión en medios periodísticos parece que han puesto nerviosos a los políticos rusos. Con razón, supongo; hubiera pasado en cualquier sitio. Pero si además de estos fracasos se encuentran con una joven bloguera que se cuela en instalaciones cuasi-secretas al estilo “Misión Imposible de botellón” para luego denunciarlo en su blog, es de esperar que los responsables estén al borde de un ataque de nervios. Aunque quizás deberían preguntarse si toda esta serie de incidentes no serán sino la muestra de una preocupante degradación generalizada en el seno del programa espacial ruso…

En fin, la cuestión es que Dmitri Rogozin, flamante vicepresidente del gobierno ruso para asuntos de defensa, y que también tiene a su cargo la supervisión de la agencia espacial rusa Roskosmos, declaraba a finales de diciembre que era inadmisible la entrada de personas no autorizadas en el interior de instalaciones de la agencia, demandando medidas urgentes para evitar que estas situaciones se reproduzcan en el futuro.

Todo este barullo viene motivado por la entrada de la bloguera Lana Sator con un grupo de compañeros en las instalaciones de NPO Energomash, con nocturnidad, alevosía y armados con cámaras fotográficas y con su ácida pluma (o teclado).


Y es que por si no fuera bastante con los dos fracasos casi consecutivos que tuvieron lugar a finales de 2011 en el programa espacial ruso (la pérdida del satélite de comunicaciones Meridian por un fallo del lanzador, y la de la sonda Phobos-Grunt, que en vez de viajar hasta Marte quedó errante en la órbita terrestre), sólo les faltaba que apareciera esta bloguera publicando unos reportajes y fotografías en los que se exponía la degradación en la que estaban cayendo las instalaciones del programa espacial ruso, sin vigilancia y expuestas a que cualquiera pudiera acceder “hasta la cocina”. Porque realmente, parece que no dejaron sitio sin explorar: talleres, laboratorios, salas de control… hasta subieron al tejado para contemplar las vistas nocturnas de la ciudad. Según parece, los “infiltrados” anduvieron por allí “como Pedro por su casa”; ellos mismos criticaron en su reportaje que fueron capaces de entrar y deambular libremente por las instalaciones durante cinco noches consecutivas, sin tropezarse con ningún vigilante de seguridad ni encontrar ningún sistema de alarma en activo. Aparte de esto, las fotografías tomadas (que podéis contemplar aquí) muestran un más que pobre estado de conservación de las instalaciones, por decirlo de forma suave...

No voy a negar que tenga razón el vicepresidente ruso cuando plantea como inadmisible que personas no autorizadas puedan penetrar tan fácilmente en un centro espacial y militar. Porque el tema cobra aún más relevancia si tenemos en cuenta que NPO Energomash no sólo fabrica sistemas de propulsión para lanzadores espaciales, sino también para misiles estratégicos… Pero aunque sin duda el tema de la seguridad es importante, me temo que lo que más irritó a Rogozin fue que todo esto llegara a los medios.

En fin, es lo que tiene la libertad de prensa. Está claro que en tiempos soviéticos estas cosas no pasaban...

No estaba muerto, que estaba de parranda

Pues eso, que seguir, sigo vivo… :-) Inactivo en el blog, pero vivito y coleando. Últimamente hay demasiadas cosas que reclaman mi atención y mi tiempo, y al final el blog lo ha acabado pagando… También es cierto que no hay últimamente demasiadas novedades astronáuticas que llamen mi atención especialmente, y, cuando las hay, tardo tanto tiempo en ponerme a escribir algo que ya casi no tiene sentido hacerlo. Así que ésta es la situación… Pero supongo que todavía iré escribiendo alguna cosilla de vez en cuando.

Pues nada más… bienvenidos a este nuevo 2012, y que no lo acabemos aún peor de lo que lo empezamos… (diría “que Dios nos pille confesados” si fuera creyente, pero no es el caso… :-)

12 abril 2011

Gagarin: 50 años de un mito

Hace 3 años y medio, publicaba en este mismo blog una pequeña reflexión sobre los 50 años de era espacial, en el 50º aniversario del lanzamiento del Sputnik. No sé a vosotros, pero a mí me parece que fue ayer cuando lo escribí. Y hoy ya conmemoramos los 50 años del vuelo de Gagarin...

Tres años y medio… En tres años y medio, la humanidad pasó de poner en órbita un pequeño artefacto de 80 kg de peso que prácticamente se limitaba a emitir un pitido para su seguimiento desde tierra, a enviar al espacio al primer ser humano dentro de la primera nave espacial. En tres años y medio hubo que repotenciar el misil R-7 que puso en órbita el Sputnik para que fuera capaz de levantar el sobrepeso impuesto por la misión tripulada; en tres años y medio hubo que diseñar un vehículo capaz de mantener con vida a un ser humano en su interior protegiéndolo de los casi desconocidos peligros del espacio exterior; en esos tres años y medio hubo que investigar la forma de devolver a la Tierra un objeto lanzado al espacio sin que se desintegrase sometido a las enormes temperaturas provocadas por el rozamiento con la atmósfera durante la reentrada; tres años y medio en los que, además de todo eso, hubo que realizar vuelos de prueba previos con animales que garantizasen tanto la seguridad del vehículo como la posibilidad de sobrevivir a la ingravidez y al medio espacial en general.

Hoy tenemos potentes ordenadores en los que diseñamos en tres dimensiones con programas CAD, desde los que mandamos las piezas a fabricar de forma automática con sistemas CAM, con los que calculamos la resistencia de las piezas con programas FEM, o con los que simulamos el comportamiento aerodinámico con sistemas CFD. A finales de los 50, los ingenieros dibujaban a mano en tablero y resolvían sus ecuaciones con una regla de cálculo, para que luego fresadores y torneros fabricasen las piezas casi de forma artesanal. Y hoy, si alguien nos dice que tenemos tres años y medio para desarrollar un nuevo avión, algo que ya tenemos totalmente dominado y en lo que no hay misterios, le decimos que está loco… Curioso, ¿no?

Bien, lo reconozco: hay algo de demagogia en mi párrafo anterior, y las razones para las que la situación sea hoy así son múltiples y complejas. Pero el hecho es el que es, y no deja de ser llamativo… y, sobre todo, nos hace mirar con una tremenda admiración los enormes logros que se alcanzaron en aquellos años dorados de la carrera espacial.

Pero hablemos de Gagarin, que es lo que toca

Un poco de historia

La puesta en órbita del Sputnik el 4 de octubre de 1957 había asombrado al mundo y había supuesto un impacto casi indescriptible en los Estados Unidos, que hasta entonces se habían considerado claramente a la vanguardia de la ciencia y la tecnología a nivel mundial, y que despreciaban a la Unión Soviética como un país eminentemente agrícola y atrasado. La hazaña no sólo disparó las alarmas en los Estados Unidos, que a nivel militar descubrían con este lanzamiento que los rusos habían desarrollado misiles capaces de alcanzar su territorio con armas atómicas, y a nivel político veían humillado su prestigio internacional; al mismo tiempo, la tremenda repercusión que tuvo la hazaña hizo ver a los líderes rusos el espacio exterior como el perfecto escenario para su política, en el que ganar reconocimiento a nivel mundial.

El tortazo en plena cara que supuso el Sputnik para los norteamericanos les hizo reaccionar rápidamente potenciando su programa de misiles con el doble objetivo de no quedarse atrás militarmente, y de utilizarlo en paralelo en el escaparate espacial para no perder su posición de liderazgo mundial frente a los odiados comunistas. Pero iba a costar tiempo y trabajo recuperar el terreno perdido frente a los rusos; habría que esforzarse para rehacerse de esos años que los soviéticos habían empleado en desarrollar un cohete de largo alcance mientras los norteamericanos se limitaban a poco más que repetir los avances de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial…

En cualquier caso, los Estados Unidos se tomaron la puesta en órbita del Sputnik y los sucesivos éxitos soviéticos en el espacio (la perra Laika fue puesta en órbita sólo un mes después que el Sputnik, volviendo a asombrar al mundo) como un reto al que había que dar respuesta cuanto antes. Nacía así la carrera espacial, en la que el espacio se convertiría en una especie de ring de boxeo virtual en el que las dos superpotencias se medirían mutuamente en pleno auge de la Guerra Fría.

Impulsados ambos rivales por la “necesidad” de mostrar al contrario y al resto del mundo su superioridad, el siguiente paso lógico en el espacio estaba claro: había que mandar un hombre allá arriba. Poco después del lanzamiento del Sputnik, en julio de 1958, el gobierno de los Estados Unidos autorizaba la creación de la NASA para liderar su naciente programa espacial, con el objetivo prioritario de poner un hombre en el espacio a la mayor brevedad posible. Al otro lado del telón de acero, aunque con mucho mayor secretismo de cara al exterior, se había dado luz verde al programa tripulado en mayo del mismo año.

No me extenderé, porque no viene del todo al caso en la celebración de este aniversario (y más que nada porque el artículo se alargaría excesivamente), sobre los desarrollos que tendrían lugar de forma acelerada en estos años para poder cumplir esos objetivos a la mayor brevedad posible. Simplemente comentaré que en paralelo al desarrollo de la primera nave espacial rusa, cuyo primer prototipo era lanzado al espacio en mayo de 1960, se procedía a la selección de los primeros aspirantes a cosmonautas entre un grupo de pilotos militares presentados voluntarios para una misión experimental desconocida. El 25 de febrero se designaban los 20 primeros miembros del recién nacido cuerpo de cosmonautas de la Unión Soviética, tras un largo y durísimo periodo de selección en el que los aspirantes habían sido sometidos a pruebas de todo tipo, tanto físicas como de aptitudes o psicológicas. Estos hombres iban a enfrentarse a lo desconocido; debían ser, al mismo tiempo, competentes técnicos y pilotos capaces de enfrentarse a posibles imprevistos utilizando la más moderna tecnología… y resistentes conejillos de indias capaces de enfrentarse a un entorno hostil y desconocido.

A lo largo de 1960, mientras los veinte seleccionados comenzaban su entrenamiento para la misión, tenían lugar tres vuelos de prueba con la nave Vostok, dos de ellos con perros a bordo, gracias a los cuales se fue perfeccionando el sistema de cara al próximo vuelo tripulado. En paralelo, en los Estados Unidos se seguía un proceso muy similar en todo al ruso, excepto en una cosa: la menor potencia de los cohetes disponibles, que impedirían inicialmente llevar a cabo un vuelo orbital. No obstante, se pensaba que sería suficiente con enviar un hombre al espacio en trayectoria parabólica, realizando “un salto al espacio”, para poderse declarar ganadores en esta carrera por ser los primeros en adentrarse en el cosmos.

Pero todos los esfuerzos norteamericanos fueron vanos: en marzo de 1961 dos nuevos ensayos orbitales de la nave Vostok con perros a bordo terminaban con un completo éxito, despejando el camino hacia la misión tripulada rusa. El 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin era lanzado al espacio en una nave Vostok impulsada por un misil R-7 sobrepotenciado. Tras entrar en órbita y dar una vuelta completa a la Tierra, aterrizaba sano y salvo tras un viaje de 1 hora y 48 minutos. Una vez más, la Unión Soviética había hecho historia en el espacio. Y una vez más, los Estados Unidos se hundían en la humillación… aunque esta vez ya no les pillaba por sorpresa.

¿Por qué Gagarin?

¿Qué hizo que fuera Yuri Gagarin, y no cualquier otro de los 20 miembros iniciales del cuerpo de cosmonautas, el que recibiera el honor de entrar en la historia como primer hombre en el espacio? Por una parte, su valía: a lo largo de su periodo de entrenamiento, los distintos integrantes del grupo iban siendo evaluados, asignándoseles calificaciones según iban superando las distintas pruebas físicas, de conocimientos técnicos, psicológicas y de todo tipo. En este proceso, Gagarin quedó situado entre los primeros clasificados. Pero, entre un grupo de élite como era éste, tras el duro filtro que había supuesto la selección inicial, este parámetro no podía resultar definitivo. La importancia histórica de la misión que iba a tener lugar aconsejaba tener en cuenta también otros criterios… incluso políticos.

Gagarin no sólo era uno de los mejores: además, tenía una personalidad cordial, tenía don de gentes, era simpático y hasta encantador. Daba buena imagen ante la cámara y, para colmo, procedía de familia proletaria. Yuri Gagarin no sólo contaba con su valía: representaba el ruso modelo. Quien llevase a cabo esta misión histórica iba a ser un representante de la Unión Soviética a nivel mundial: la elección no podía ser otra.

Mucho más que una misión orbital…

La misión de Gagarin supuso la entrada de la humanidad en el espacio y la apertura de una nueva frontera hacia lo inexplorado. Hoy, acostumbrados a las misiones espaciales tripuladas y a ver astronautas flotando sonrientes en el interior de una estación espacial, no nos resulta fácil entender lo que supuso en su día esta aventura hacia lo desconocido. Aunque se habían hecho experimentos previos con animales, aún quedaban muchas dudas en el aire: sí, parecía que era posible para un ser vivo sobrevivir en estado de ingravidez, pero… ¿se verían afectadas las funciones cerebrales, por ejemplo? Algunos científicos tenían sus dudas, ¿qué pasaría si el astronauta enloquecía en el medio espacial, o sufría cualquier otra alteración mental, como euforia, depresión, o cualquier cosa que pudiera afectar a su propia seguridad? Las dudas abarcaban todos los campos; por ejemplo, aunque para esta primera misión, dada su corta duración, no sería necesario, ¿sería capaz el hombre de ingerir bebida y alimentos en ingravidez? ¿Podrían los líquidos y sólidos bajar hasta el estómago sin la ayuda de la gravedad? ¿O quizás estas simples operaciones pudieran incluso representar un serio peligro de ahogo en esas condiciones? Resulta fácil decir que fue una misión hacia lo desconocido… pero es que lo fue, en sentido literal.

Pero, más allá de sus implicaciones directas, la misión de Yuri Gagarin tuvo implicaciones históricas que fueron mucho más allá de lo evidente, más allá de representar la entrada del hombre en el espacio. Hoy sabemos que fue la misión de Gagarin lo que llevó a los Estados Unidos a autoimponerse el reto de poner a un hombre en la Luna en menos de una década. Si el primer hombre en el espacio hubiese sido el norteamericano Alan Shepard en lugar del ruso Yuri Gagarin, probablemente hoy aún estaríamos soñando con la primera misión tripulada a nuestro satélite, como lo hacemos con la misión a Marte.

Todos sabemos que la llegada del hombre a la Luna no fue la consecuencia de criterios científicos, sino políticos. Sólo la situación de tensa rivalidad existente entre las dos superpotencias durante la Guerra Fría, y la necesidad de los Estados Unidos de desquitarse de las humillaciones sufridas una vez tras otra ante los soviéticos en materia espacial, sería lo que condujese a la misión lunar. Y la derrota sufrida con el vuelo de Gagarin fue la gota que colmó el vaso norteamericano y que desencadenó todo el proceso.

Una semana después de la misión de Gagarin, cuando los Estados Unidos aún no habían conseguido poner a su astronauta en el espacio ni siquiera en la prevista misión suborbital, el presidente Kennedy preguntaba desesperado a sus consejeros: “¿Tenemos alguna posibilidad de batir a los soviéticos poniendo un laboratorio en el espacio, o con un viaje alrededor de la Luna, o con un cohete que aterrice en la Luna, o con un cohete que haga ida y vuelta a la Luna con un hombre? ¿Hay algún otro programa espacial que prometa resultados espectaculares y en el que podamos ganar?”. La respuesta fue clara: la situación tecnológica norteamericana en materia espacial era de desventaja, y no se podían esperar triunfos a corto plazo. La única posibilidad de vencer a los rusos era plantearse un gran reto a medio plazo en el que se pusiera toda la carne en el asador; si toda la nación se comprometía a ello como un objetivo prioritario, decía la respuesta al presidente, los Estados Unidos tendrían “una excelente oportunidad de batir a los soviéticos con el primer aterrizaje de una tripulación sobre la Luna”, lo cual podría suceder en un plazo inferior a 10 años. Un mes más tarde, poco después de que el norteamericano Alan Shepard aliviase un poco el sentimiento de humillación nacional con su salto suborbital al espacio, Kennedy intervenía en el Congreso con su famoso discurso en el que pedía a la nación comprometerse con el objetivo de poner a un hombre sobre la superficie de la Luna antes de que terminase la década. “Ningún otro proyecto espacial en este periodo será más impresionante para la Humanidad, o más importante para la exploración a largo plazo del espacio; y ninguno será tan difícil o costoso de cumplir”.

Y se cumplió. Finalmente, los Estados Unidos lograron salvar su honor ganando la carrera espacial. Pero fueron el Sputnik y Gagarin quienes les motivaron para conseguirlo. De eso hoy hacen 50 años…

11 abril 2011

Gagarin - vídeo conmemorativo

Os dejo aquí un enlace a un corto documental de 12 minutos realizado para Euronews en colaboración con la ESA en conmemoración del cincuentenario de la misión de Gagarin. Con colaboraciones de Alexei Leonov, Elena Gagarina (hija de Gagarin), Yuri Usachov, Valeriy Lubinskiy y Pavel Vinogradov. En español.

http://multimedia.esa.int/Videos/2011/04/ESA-Euronews-First-man-in-space/(lang)/es


Hablando de vídeos... mañana me entrevistan para el telediario de la 2, a las 20:00, con ocasión también de este aniversario. A ver si no me acelero hablando, que me suele pasar en estos casos... ;-)