25 agosto 2005

CEV: el nuevo vehículo de la NASA

Siguiendo las directrices trazadas por el discurso de Bush de enero de 2004 en cuanto a política espacial, la NASA lanzó el pasado mes de marzo la petición de propuestas técnicas para el desarrollo de su nuevo vehículo de transporte espacial, el CEV (Crew Exploration Vehicle).

El 14 de enero de 2004, todos los telediarios anunciaban una sorprendente noticia: el Presidente de los EEUU, George W. Bush, anunciaba los nuevos planes estratégicos para la Agencia Espacial Norteamericana, que pasaban por un retorno a la Luna en los próximos años, y una misión tripulada a Marte poco después. Una noticia como poco sorprendente, teniendo en cuenta la trayectoria seguida por la administración americana en materia espacial desde los años 70.

Dos días después, el escenario se complicaba: la NASA cancelaba su próxima misión de mantenimiento al telescopio espacial Hubble, lo que en la práctica suponía el fin de dicho telescopio en un plazo breve. Otra noticia desconcertante en principio, al suponer abandonar un magnífico instrumento que estaba proporcionando fantásticos descubrimientos para la ciencia, y que tenía un coste de fabricación astronómico, sólo por no llevar a cabo una misión de mantenimiento más.

Las razones esgrimidas para el abandono del Hubble eran consecuencia de las medidas a adoptar tras el accidente del Columbia de enero de 2003: se argumentaba que, por razones de seguridad, sólo se llevarían a cabo aquellas misiones que permitieran un acoplamiento del transbordador con la Estación Espacial Internacional (ISS) en caso de necesidad. Ello permitiría a la tripulación del transbordador esperar allí una misión de rescate en caso de graves daños durante el ascenso que hicieran peligrar la reentrada. Dado que la órbita del Hubble es incompatible con la de la ISS (el transbordador no tiene capacidad suficiente para maniobrar de una a la otra), esta filosofía obligaba a cancelar la misión de mantenimiento del telescopio espacial. No obstante, entre la comunidad técnica y científica este razonamiento resultaba poco convincente.

La nueva Visión para la Exploración del Espacio del Presidente Bush

Las directrices establecidas por Bush para la NASA el 14 enero de 2004, aunque inmersas en unas declaraciones impregnadas de discurso político, estaban muy claras en tres aspectos:

Retirada del servicio del transbordador espacial en 2010. Para entonces, debería haber terminado su contribución a la construcción de la Estación Espacial Internacional. Compromiso de finalizar la contribución norteamericana a la estación por esa fecha (por supuesto, referido a la versión reducida de la estación, tras los recortes en la aportación norteamericana decididos por el mismo Bush un par de años antes).

Desarrollar un nuevo vehículo, el CEV, para transporte de tripulaciones a la Estación Espacial Internacional tras la retirada del transbordador, pero con capacidad de llevar a cabo misiones lunares e interplanetarias más adelante. El primer prototipo del nuevo vehículo debería estar listo para 2008, con una primera misión operativa para no más tarde de 2014.

Volver a la Luna hacia 2020, utilizando el CEV como vehículo.

Estos fueron los compromisos claros del discurso presidencial. En su alocución, Bush presentó la vuelta a la Luna como una etapa para la posterior expansión por el Sistema Solar, con misiones tripuladas a Marte y otros planetas. Pero no dejaban de ser vagas declaraciones de intenciones. La tan anunciada por la prensa misión a Marte no pasaba de grandilocuentes palabras inmersas en un discurso político, sin ningún compromiso.

Pero en el discurso había más: se especificaba también cómo deberían financiarse estos nuevos objetivos de la agencia espacial. Apenas habría incremento presupuestario para la NASA. Para acometer tan ambicioso programa, con el desarrollo de un nuevo vehículo y el inicio de misiones tripuladas lunares, únicamente se reforzaría el presupuesto de la agencia en un 1% anual durante los próximos cinco años. Pero se le requería que redistribuyese internamente un 13% de su presupuesto global para destinarlo a estos objetivos.

El significado de la Nueva Visión

El análisis del discurso aclaraba ciertas dudas, pero planteaba también otros interrogantes.

Para una gran mayoría de profesionales y aficionados al tema espacial, quedaba claro que la decisión de cancelar la misión de mantenimiento del Hubble era la consecuencia más visible de la necesidad de recortar gastos para dedicarlos al nuevo programa tripulado. Silenciosamente, con mucha menos repercusión pública, muchos otros programas de investigación en el seno de la agencia espacial empezaron a sufrir los mismos recortes y cancelaciones.

También se aclaraba el futuro del transbordador espacial, cuya sustitución por un nuevo vehículo era algo que se venía discutiendo desde hace años, aunque nunca se había llegado a acometer en serio. Aunque la alternativa propuesta no sería un sustituto como tal, pues no cubriría todas las funcionalidades abarcadas por el actual transbordador, al menos clarificaba lo que hasta entonces había sido una nebulosa en las previsiones a medio plazo del programa espacial norteamericano.

También se despejaban las posibles dudas que pudieran existir entre los países socios y la comunidad espacial en general sobre el futuro de la Estación Espacial Internacional. Después de los continuos retrasos en su desarrollo y construcción, los recortes decididos unilateralmente por la administración Bush en 2001 habían supuesto un duro golpe para la funcionalidad final de la estación, y existían temores de que la situación pudiese deteriorarse aún más en el futuro. El discurso dejaba claro que Estados Unidos mantendría sus compromisos para finalizar lo que, tras 2001, se conocía como la “configuración base”, la mínima que permitiría al menos el acoplamiento de los módulos europeo y japonés, aunque con una tripulación y funcionalidad final severamente limitada frente al proyecto original.

Pero el principal interrogante era el porqué de la vuelta a la Luna. Las grandilocuentes palabras del discurso de Bush no aportaban razones claras para este nuevo objetivo de la agencia espacial norteamericana. Unas eran vagas y otras rotundamente erróneas, como indicar que la Luna sería el punto de partida ideal para misiones tripuladas a otros planetas, gracias a su reducida gravedad. Lo cual sólo sería cierto si los vehículos y su propulsante se fabricasen sobre la propia Luna a partir de materia prima lunar (algo impensable, por mucho que decidiéramos crear una gran infraestructura lunar, hasta dentro de muchas, muchísimas décadas... y a un coste inconcebible). Porque enviándolos antes desde la Tierra, el coste global sería mayor que si salieran desde aquí directamente a la misión interplanetaria.

Esta es la pregunta que aún se hacen muchos críticos de esta nueva política espacial. Y todavía nadie ha dado ninguna razón clara. De hecho, el “razonamiento” más claro realizado hasta ahora lo hizo el nuevo administrador de la NASA, Michael Griffin, en un discurso a finales del pasado mayo: "¿Creen ustedes que Estados Unidos debe ceder la Luna a los chinos, los europeos, los rusos? Les apuesto que la respuesta sería... no". Pocas semanas más tarde, en junio, el veterano astronauta del proyecto Mercury Scott Carpenter declaraba en otro discurso: “No importa de dónde saquemos el dinero. Debemos apoyar los vuelos a Marte. En estos momentos, la nación no ve la necesidad de ir a Marte porque ya no existe la Unión Soviética; pero China está al acecho, y esa es la razón por la que tenemos que ir”. Unas razones que, desde luego, pueden calificarse como mínimo como decepcionantes...

Y es que, efectivamente, parece que el desarrollo del programa espacial chino y sus declaraciones de mandar un hombre a la Luna en las próximas décadas, está creando bastante nerviosismo en ciertos sectores de la administración norteamericana. Puede que también esté influyendo el anuncio por parte de la agencia espacial rusa Roskosmos de apoyar el proyecto de la empresa RKK Energiya para el desarrollo de un nuevo vehículo espacial, el Kliper; concebido como ferry a la órbita terrestre con capacidad de seis personas y parcialmente reutilizable, sus diseñadores plantean también su posibilidad de ampliación modular para poder llevar a cabo misiones interplanetarias, si algún día se requiriera. La posible colaboración de la Agencia Espacial Europea con Rusia para este proyecto (a confirmar en consejo de ministros europeos en diciembre de este año) podría acelerar su desarrollo (al parecer comenzado hace unos cinco años por iniciativa propia de RKK Energiya), y dejar a los norteamericanos en aparente segundo plano en materia espacial. Pero algunos creíamos que la Guerra Fría y la Carrera Espacial eran cosas del pasado, y que el presente y el futuro del espacio irían más bien por el camino de la cooperación internacional, y no de la rivalidad... Se ve que no.

Un punto espinoso: el aspecto económico

Ya hemos indicado cuáles eran las directrices de Bush para su Visión para la Exploración del Espacio: básicamente redireccionar los fondos de la agencia al nuevo programa a través de una “redistribución” interna, y con un incremento de los presupuestos globales prácticamente despreciable (el 1% anual durante 5 años).

Como han alertado muchos profesionales, aunque con poco eco en general, esto representa un grave peligro: amenaza la desaparición de un gran número de programas de investigación básica pero poco llamativos de cara a la opinión pública, para sustentar un programa de gran espectacularidad pero de dudosa rentabilidad científica.

Al menos el telescopio espacial Hubble parece haberse salvado de la quema en el último minuto. Aunque su abandono fue anunciado tan sólo dos días después del discurso presidencial, en enero de 2004, fue a comienzos de 2005 cuando la noticia de su abandono saltó de nuevo a la prensa, al confirmarse que los presupuestos de la agencia espacial no contemplaban ninguna partida para su mantenimiento. Finalmente, parece que la presión de la opinión pública, sensibilizada ante la posible pérdida de un instrumento de gran popularidad por la belleza plástica de muchas de las imágenes que ha proporcionado a lo largo de su vida en servicio, ha conseguido presionar a la administración norteamericana para que se apruebe su mantenimiento. De hecho, en julio de 2005 el Congreso de los EE.UU. decidía incrementar ligeramente los presupuestos de la NASA para 2006 por encima de lo solicitado por el presidente, para dar cabida a la misión de mantenimiento del Hubble. El nuevo administrador de la NASA, por su parte, contradecía las palabras de su predecesor al declarar que podría asumirse la misión de mantenimiento sin que supusiera un riesgo excesivo para la seguridad de la tripulación del transbordador.

En cualquier caso, el “salvamento” del Hubble no hace sino camuflar la realidad: que decenas de otros programas de investigación en el seno de la agencia espacial están afectados por la misma situación de desvío de sus fondos hacia el programa presidencial. Por poner sólo unos ejemplos, el programa de investigación en nanotecnología se ha recortado en un 22%, el de investigación en redes y tecnologías de la información, en un 70%, y el programa de investigación del cambio climático, en un 8%; hay muchos más programas afectados, en las áreas del espacio, la aeronáutica, y la investigación científica de base.

Pero la parte económica del nuevo programa no sólo suscita este tipo de preocupaciones: también se duda profundamente en ciertos sectores de su viabilidad. Plantear una misión tripulada a la Luna implica unos tremendos costes que deberán ser asumidos por sucesivas administraciones para llevar el programa a buen término. Sin una motivación política tan clara como la carrera espacial con los rusos durante la Guerra Fría, surgen dudas de si el programa espacial de Bush seguirá siendo respaldado por los sucesivos presidentes hasta su culminación. Tenemos, además, el ejemplo del Apollo: una vez alcanzado el objetivo político de ganar a los rusos en la carrera espacial, el programa fue rápidamente recortado para evitar la sangría de fondos que estaba suponiendo para las arcas del estado. Y luego le siguió un largo periodo de “sequía” espacial. Un riesgo que podría repetirse si se cometen los mismos errores.

El CEV

Ha pasado algo más de un año desde el discurso de Bush, y la NASA se ha puesto manos a la obra en la definición del futuro sustituto del transbordador espacial. El pasado mes de marzo se lanzó la petición de propuestas técnicas para el desarrollo del que deberá ser su nuevo vehículo de transporte espacial, el CEV (Crew Exploration Vehicle).

Contemplado como una de las piedras base del nuevo programa Constellation de la NASA (concebido como respuesta a “la nueva visión espacial” expuesta por Bush en su discurso de enero de 2004), el CEV deberá sustituir al transbordador espacial norteamericano tras su baja del servicio, impuesta en el discurso presidencial para 2010. Aunque el actual desarrollo de los acontecimientos hace dudar seriamente de que la finalización de la Estación Espacial Internacional sea conseguible para esa fecha, la administración de la NASA ha decidido mantenerla como fecha de retirada del transbordador. La finalización de la estación espacial, si no se toman otras decisiones más drásticas, parece que tendrá que recaer al menos en parte en otros lanzadores.

Pero el CEV no será un sustituto del transbordador propiamente dicho. En realidad, el CEV tendrá una finalidad bastante diferente, siendo a la vez más ambicioso y menos ambicioso que el actual Space Shuttle, dependiendo del punto de vista.

El CEV será puramente un vehículo de transporte de tripulaciones, lo que supone eliminar la capacidad de transporte de carga que posee el transbordador actual (cuya amplia bodega le permite llevar a la órbita terrestre cargas de hasta 21 toneladas), así como las facilidades para la realización de EVAs y misiones de mantenimiento que le otorga su brazo robótico. Tampoco se le exige al CEV que sea un vehículo reutilizable (si bien es posible que finalmente algunos elementos lo sean). En estos sentidos, el CEV es bastante menos ambicioso que el transbordador espacial. Pero sin embargo, al CEV se le pide que sea capaz de llevar a cabo misiones muy distintas: empezando como vehículo de transporte de tripulaciones a la órbita terrestre (para transportar tripulaciones de ida y vuelta a la Estación Espacial Internacional, por ejemplo), debería ser capaz también de llevar a cabo misiones lunares, y, en el futuro, puede que interplanetarias.

La conjunción de estos tres perfiles de misión en un solo vehículo es algo realmente ambicioso. A priori parece difícil que un vehículo capaz de llevar a cabo misiones tan diferentes pueda estar optimizado para cualquiera de ellas. De hecho, éste fue uno de los grandes errores del Space Shuttle, y lo que a la larga condicionó seriamente su operatividad y economía: querer abarcar demasiadas misiones diferentes con un diseño único. Probablemente por ello, a pesar de este requisito multimisión del CEV (ya esbozado por Bush en su discurso), la NASA ha buscado una salida “lateral”, proponiendo un vehículo escalable. Es decir, partir de un diseño básico para la misión orbital, del que se irán derivando nuevas versiones en el futuro para las misiones lunar y (si llegara el día) interplanetaria. Una decisión lógica, que permitirá llevar a cabo los desarrollos de forma secuencial e incremental, aprovechando las bases anteriores y así abaratando costes, pero que al final dará lugar a tres vehículos diferentes, por mucho que hoy se quieran agrupar bajo un nombre único. Las diferencias podrían incluir importantes diferencias en dimensiones, a través de un diseño modular que podría incrementar el tamaño y prestaciones del vehículo en función de la misión a desarrollar.

El proyecto Constellation incluye también el lanzador para este nuevo vehículo, que podría ser de nuevo desarrollo, o utilizar uno ya existente. Y, al igual que en el caso del vehículo propiamente dicho, el lanzador también podría ser diferente según la misión a desarrollar. En conjunto, de lo que se trata es de tres sistemas de transporte espacial diferenciados, aunque hoy por hoy el proyecto se centra principalmente en el primero: el de la misión orbital terrestre.

Un desarrollo “en espiral”

La NASA ha denominado “desarrollo en espiral” a la filosofía que se seguirá con el proyecto Constellation. Una aproximación por etapas, en las que al vehículo inicial se le irán añadiendo módulos y mejoras progresivamente para ir cumpliendo las diferentes misiones que tiene encomendadas. Estos son los principales requisitos de la especificación técnica:

En la “Espiral 1”, el vehículo tendrá capacidad orbital. Su objetivo es permitir el acceso tripulado a la órbita terrestre para 2014 (acortado a 2011 en recientes declaraciones). Con un peso máximo de 20 toneladas al despegue, deberá ser capaz de alojar al menos 4 astronautas (preferible hasta 6) durante misiones de hasta 16 días.

En la “Espiral 2”, el vehículo tendrá capacidad lunar. Con un límite temporal situado hacia 2020, el vehículo deberá ser capaz de realizar misiones con una permanencia mínima de cuatro días en la superficie lunar. Los requisitos definen que se partirá del vehículo de la Espiral 1, al que se le añadirá un módulo propulsor de escape de la órbita terrestre, más un módulo de alunizaje.

En la “Espiral 3”, a alcanzar “más allá de 2020”, pero sin límite temporal fijado, el sistema deberá ser capaz de dar soporte a misiones lunares de más larga duración, del orden de meses, que teóricamente servirían de experiencia para posteriores misiones a Marte. Al vehículo de la Espiral 2 se le añadirán módulos, aún no definidos, que proporcionen habitáculo, energía y movilidad a la tripulación durante su estancia en la superficie lunar. La NASA espera afinar los requerimientos para esta “espiral” hacia julio de 2006.

Finalmente, en la “Espiral 4”, el vehículo alcanzaría su capacidad interplanetaria, aunque los requerimientos para esta etapa no están aún definidos. El actual eslogan de la NASA “a la Luna, Marte y más allá” se queda, por el momento, en la Luna. Y esto, naturalmente, condicionado a la aprobación presupuestaria del Congreso durante los ejercicios de las próximas décadas, algo que hoy por hoy no está garantizado.

De todas formas, el escenario de trabajo parece estar en continuo cambio, y el nuevo administrador de la NASA, Michael Griffin, ha decidido recientemente abandonar el desarrollo “en espiral” planteado por la anterior administración e incluido en la petición de ofertas de marzo, en beneficio de una aproximación “mucho más directa”, en sus propias palabras. Y a mayor velocidad, según parece.

Primeras indicaciones sobre el diseño

Aunque, como decimos, se encuentra en fase de preparación de propuestas, ya empiezan a trascender algunos datos sobre hacia dónde se enfocan las primeras ideas de diseño. Por ejemplo, parece que el diseño del vehículo probablemente optará por la solución tipo cápsula utilizada en todos los proyectos tripulados anteriores, tanto rusos como norteamericanos o chinos. En concreto, podría ser una cápsula cónica muy similar a la utilizada para el proyecto Apollo de finales de los años 60, unida a un módulo de servicio y, cuando proceda, a un módulo lunar, aunque todos ellos de mayor tamaño que en las Apollo originales.

En cuanto al vehículo lanzador, en un principio se hablaba principalmente de cohetes tipo Atlas o Delta, lanzadores habituales de satélites en los Estados Unidos, pero últimamente parece que la decisión se decantará más bien por derivados del Space Shuttle. En concreto se habla de dos desarrollos paralelos, uno para misiones tripuladas y otro para carga. Los CEV con su tripulación a bordo subirían a la órbita terrestre a bordo de derivados de los aceleradores de propulsante sólido del transbordador espacial. Las cargas pesadas -incluidos módulos adicionales para el CEV en misiones lunares o interplanetarias, que se acoplarían en órbita terrestre con la cápsula tripulada- se lanzarían en un sistema similar al del actual transbordador, aunque sin orbitador: el gran depósito central flanqueado por dos aceleradores sólidos, quizás con etapas adicionales, y con los motores principales incorporados (hoy van a bordo del orbitador).

El calendario para el desarrollo de este nuevo sistema espacial es bastante apretado: en base al discurso de Bush, la NASA había previsto inicialmente el primer vuelo operativo para 2014, con el lanzamiento de un primer prototipo en 2008, y un primer vuelo no tripulado hacia 2010. Con estas fechas se crearía un vacío de 4 años entre 2010 y 2014, durante los cuales los EE.UU. carecerían de un vehículo para enviar hombres al espacio. Pero la nueva administración de la NASA parece decidida a reducir los plazos, hablándose de un nuevo objetivo de 2011 para el primer vuelo operativo. Lo cual reduce el periodo de diseño y desarrollo de forma espectacular para un proyecto de estas características.

Un nuevo rumbo en la política de lanzadores

El proyecto Constellation aparece como la vía más rápida y económica para dar respuesta a la petición de Bush: una alternativa al transbordador en un plazo breve y con recursos económicos limitados, con capacidad para enviar hombres a la Luna en un par de décadas, y con la posibilidad de convertirse en un vehículo interplanetario en un futuro indeterminado. Pero supone al mismo tiempo un giro bastante radical en la política seguida hasta ahora por la Agencia Espacial Norteamericana, cuyos desarrollos en esta materia pasaban por vehículos reutilizables que abaratasen el acceso al espacio.

En efecto, las actividades de la NASA a este respecto en los últimos años se veían reflejadas en los proyectos X-33 y X-34. El primero buscaba el abaratamiento de las misiones espaciales a través del concepto SSTO (Single Stage To Orbit, o etapa única a la órbita), consistente en un vehículo compacto que vuelve a la Tierra en la misma configuración en la que despegó (eliminando el concepto de vehículo por etapas, mantenido hasta ahora en todos los sistemas espaciales, tanto reutilizables como no reutilizables); esto supondría una reutilización integral del vehículo -frente a la reutilización parcial del transbordador espacial- que iría unida a nuevos desarrollos en materia de motores, materiales y demás. El X-33 era el primer paso en la búsqueda por parte de la NASA del abaratamiento del acceso al espacio, con el objetivo de conseguir un ahorro de orden 10 en una primera fase, y llegar a un ahorro de orden 100 en un futuro más lejano. Paradójicamente, el X-33 fue cancelado en 2001 por motivos presupuestarios.

En cuanto al X-34, también denominado Orbital Space Plane, o Avión Espacial Orbital, se trataba de un vehículo reutilizable de transporte de tripulaciones a la órbita terrestre. Investigando áreas complementarias al X-33, buscaba sobre todo el disponer a corto plazo de un vehículo más práctico y económico que el transbordador espacial para servir como “taxi” de los astronautas a las estaciones espaciales en órbita terrestre.

Hoy se abandonan ambas filosofías para volver a un diseño convencional, similar en concepto a las naves rusas Soyuz, o a las Apollo de hace 30 años. Evidentemente, con importantes mejoras en los sistemas, que serán más modernos, potentes, ligeros y eficientes, pero parece que el concepto del vehículo seguirá siendo el mismo que en su día llevó al hombre por primera vez al espacio y, después, a la Luna. Una filosofía un tanto conservadora, podríamos decir, que asegura un desarrollo más rápido y económico, pero que no modifica en absoluto el mayor problema con el que se encuentran hoy día las misiones espaciales tripuladas: el elevado coste de las mismas. Un coste que puede ser asumible para misiones a la órbita terrestre, como demuestran las Soyuz, pero que se dispara enormemente cuando hablamos de misiones lunares, y no digamos ya interplanetarias. Las misiones Apollo a la Luna se cancelaron por su extremado coste tras la sexta misión de alunizaje, y desde entonces el criterio generalizado ha sido que sería necesario abaratar significativamente los lanzamientos antes de que una campaña de exploración espacial tripulada pudiera llevarse a cabo con continuidad. Hoy, en cambio, parecen ignorarse estos criterios en aras de la rapidez y economía a corto plazo.

En cualquier caso, el proyecto Constellation nos brindará un nuevo vehículo de transporte espacial tripulado que sin duda nos ofrecerá la posibilidad de revivir espectaculares misiones a la Luna en las próximas décadas, si las sucesivas administraciones deciden apoyar el proyecto. De ser así, esperemos que esta vez dichas misiones tengan continuidad. (Foto: NASA)

10 junio 2005

Las razones de la "nueva visión para la exploración del espacio"

Recientemente presentábamos en esta misma web un artículo sobre el nuevo vehículo de tripulaciones de la NASA, el CEV. En dicho artículo, además de presentar el vehículo, comentábamos la nueva política espacial de la administración Bush, que había pedido a la NASA la vuelta a la Luna en el plazo de los próximos 20 años, junto con una simple declaración de intenciones de ir más allá (a Marte) en un plazo indeterminado. Y nos preguntábamos cuáles eran las razones para este súbito cambio en la política espacial del país norteamericano, que rompía con el rumbo llevado por la NASA durante las últimas décadas, para lanzarse sin más preparación (lanzadores reutilizables más económicos, por ejemplo) a repetir en cierto modo el proyecto Apollo de finales de los 60, con todo el impacto económico que un programa así supone.

También aventurábamos en aquel artículo si las declaradas intenciones chinas de poner a un natural del país oriental sobre la superficie lunar podrían tener alguna relación con esta nueva política espacial norteamericana. Si bien es cierto que China viene anunciando una misión así hace años, es ahora cuando empieza a hacerse más verosímil, después de que hayan conseguido dar comienzo a misiones tripuladas en la órbita terrestre con una nave similar a la Soyuz (la Shenzhou) que bien podría servir para acometer la misión lunar, como planeaban hacer los soviéticos durante la carrera espacial con los norteamericanos.

Pues bien, parece que unas recientes declaraciones del nuevo Administrador de la NASA, Michael Griffin, vienen a sacarnos de dudas. Si bien es cierto que pueden considerarse como unas declaraciones políticas dirigidas a un público interno, no es menos cierto que parecen reflejar el verdadero sentimiento que subyace detrás de la "nueva visión espacial" del presidente Bush; en un discurso a los trabajadores del Centro Espacial Johnson, Griffin declaró que los Estados Unidos no pueden ceder la iniciativa espacial a otros países: "¿Creen ustedes que Estados Unidos debe ceder la Luna a los chinos, los europeos, los rusos? Les apuesto que la respuesta sería... no", manifestó tras señalar que la mayoría quiere que, al expandirse la Humanidad hacia el espacio, Estados Unidos esté al frente de ese esfuerzo.

Aunque sospechábamos que ésta podía ser al menos una de las razones para la nueva política espacial, la de no ceder prestigio en el espacio ante terceros países, sorprende un poco la falta de pudor en declararlo así. No sé si estas palabras habrán sido criticadas como poco prudentes en su país, o si ni siquiera les importa lo que puedan pensar de ellas en el exterior, pero lo cierto es que resultan, como mínimo, "políticamente incorrectas" a un nivel internacional. Porque ¿qué se extrae como mensaje de las palabras de Griffin "...Estados Unidos debe ceder la Luna..."? Pues evidentemente, que parecen considerar la Luna como suya. Algo que siempre se intentó desmentir en la época Apollo, cuando se destacaba que los Estados Unidos actuaban de forma altruista y en nombre de toda la Humanidad, y por supuesto sin ningún afán reivindicativo sobre nuestro satélite. Claro, que una cosa es la declaración oficial, y otra muy distinta el sentimiento interno... Porque al fin y al cabo, los Estados Unidos fueron los que plantaron su bandera sobre nuestro satélite, y nadie les quita el mérito que supuso llegar a conseguirlo. Y puede ser lógico que el pueblo norteamericano sienta de forma irracional que sus derechos morales sobre la Luna son mayores que los del resto de la Humanidad. Pero todo un Administrador de la NASA debería cuidar un poco más sus palabras al respecto.

En cualquier caso, el mensaje es clarísimo; igual podría haber dicho: "La Luna es nuestra, y no vamos a dejar que nadie nos la quite. No vamos a permitir que ningún oportunista de tres al cuarto mande allí su gente sin que ya estemos nosotros". Puro orgullo nacional. Pura política. Qué triste...

Pocas semanas más tarde, en junio, el veterano astronauta del proyecto Mercury Scott Carpenter declaraba en un discurso: “No importa de dónde saquemos el dinero. Debemos apoyar los vuelos a Marte. En estos momentos, la nación no ve la necesidad de ir a Marte porque ya no existe la Unión Soviética; pero China está al acecho, y esa es la razón por la que tenemos que ir”. Y digo yo... ¿es que nadie puede encontrar razones mejores? ¿De verdad piensan que estas razones son tan evidentes como para declararlas sin ningún pudor? Increíble.

Está claro que las actividades espaciales las promueven los gobiernos, y que los gobiernos se mueven por razones políticas, luego al final la actividad espacial está directamente influida por la política. Así ha sido siempre, y parece que así lo seguirá siendo por mucho tiempo. Pero no por ello deja de ser triste que una actividad directamente ligada a la ciencia y la tecnología tenga que verse sometida a dictados políticos, y no simplemente a las motivaciones técnico-científicas que deberían impulsarla.

En cualquier caso, lo cierto es que a veces las motivaciones políticas dan lugar a importantes frutos indirectos. De no haber sido por las motivaciones políticas de la Guerra Fría, quizás el hombre no hubiera pisado aún la superficie de la Luna. Aunque podría discutirse sobre el valor real de aquellas históricas misiones Apollo: científicamente, su rédito fue relativamente reducido. Es decir, fue significativo en términos absolutos, pero ínfimo en relación al coste que supuso, en una gran medida porque en realidad las misiones no estaban directamente enfocadas a este objetivo: la ciencia era un objetivo secundario, lo prioritario era ganar la carrera espacial.

No obstante, fue innegable que las misiones Apollo supusieron un punto de inflexión en la historia de la Humanidad. Por primera vez, el hombre había abandonado su planeta y había caminado sobre la superficie de otro astro. Y lo cierto es que, pese a haber sido llevado a cabo por un solo país en el curso de una carrera entre profundos rivales, la Humanidad en su conjunto lo asumió como un logro común. Hoy no pensamos que "los Estados Unidos llegaron a la Luna", sino que "el hombre ha llegado a la Luna"; aunque desafortunados discursos como el de Griffin parezcan querer echar por tierra este sentimiento de logro universal.

Sin duda, el hecho de haber llegado a la Luna ha tenido un impacto significativo en el curso de la Historia. Desde el hecho psicológico de presentar desde una nueva perspectiva el papel del hombre en el Universo, hasta animar una actividad, la espacial, que tanto en su vertiente tripulada como no tripulada nos hace conocer mejor nuestro entorno, nuestro Universo, nuestro propio planeta... y por extensión, a nosotros mismos.

¿Qué tiene de malo, entonces, que la exploración espacial se mueva por condicionantes políticos y de orgullo nacional, si gracias a eso conseguimos en su día llegar a la Luna y abrir quizás un nuevo rumbo para toda la Humanidad? Pues bien, visto así, parece que nada. Pero no nos confundamos: que se hayan logrado esas metas como subproducto de un objetivo político, no implica que no puedan buscarse y lograrse metas similares de forma directa, sin interferencias políticas de por medio. Un programa de exploración espacial que se moviera únicamente por consideraciones tecnológicas y científicas, y con un presupuesto no ligado a los objetivos políticos del momento, sería sin duda mucho más eficiente y eficaz que en la situación actual. Aunque esto hoy por hoy desgraciadamente no es más que una simple utopía. (Foto: Michael Griffin, Administrador de la NASA desde abril de 2005. The Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory)

20 febrero 2005

El Programa Espacial Español


Intasat, Minisat, y, ahora (lanzado el 18 de diciembre de 2004), el Nanosat. A esto se reduce nuestro programa espacial nacional, desarrollado por el INTA (Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial). Bueno, tenemos también la participación de empresas españolas en programas internacionales (generalmente a través de la Agencia Espacial Europea), por lo general consistente en diseño y fabricación de equipos electrónicos (Alcatel Espacio, Indra, EADS-CASA Espacio...), de ciertos elementos estructurales de lanzadores Ariane (adaptador de carga útil y otros, por EADS-CASA Espacio) y pequeños elementos de motores cohete (Iberespacio). También alguna pequeña participación en mecánica orbital y análisis de misión (GMV, EADS-CASA Espacio...) y sistemas (Sener). Y, si podemos llamarlo "espacial", unos cuantos cohetes de sondeo desarrollados por el INTA. Salvo algún pequeño fleco que me pueda dejar (y seguramente otras empresas, aunque en general a un nivel menor que las mencionadas), esa es toda nuestra actividad espacial.

Cuando lo mencionas así, puede que alguien incluso piense que no está mal... seguro que alguno pensaba que hacíamos menos... Pero no nos engañemos: nuestra actividad en el sector es poco más que anecdótica. Volviendo a los programas puramente nacionales (es decir, no el desarrollo de pequeños elementos para montar en satélites o lanzadores, sino un desarrollo integral propio), tenemos un satélite (Intasat) desarrollado y lanzado en los años 70, y otro más (Minisat) en los 90, además del recién inaugurado Nanosat. Si alguien piensa en el Hispasat, ya puede desengañarse: es un satélite español, sí, pero comprado. Es decir, no desarrollado en España, sino en Francia, por encargo de nuestro país (vale, algún que otro equipo se ha desarrollado aquí, pero el satélite es francés). Y el lanzado hace algunas semanas como satélite de comunicaciones para nuestro ejército (XTAR-EUR), norteamericano.

Hicimos un bonito intento con el programa Capricornio: el desarrollo de un lanzador de minisatélites nacional, por parte del INTA. Pero el proyecto se fue a pique hace unos años, cuando estaba ya en un grado de avance relativamente alto. Las razones, como siempre, presupuestarias.

Ahora el INTA propone el Nanosat: un nuevo satélite de bajo peso y tamaño, un campo al que se le prevé un interesante futuro. Parece prometedor, pero también lo parecía el Minisat: hace sólo algunos años, cuando se lanzó el Minisat 01 (la numeración ya indicaba que se preveían más lanzamientos), su futuro aparecía brillante: varios países con bajos presupuestos se habían mostrado interesados por el pequeño satélite español, cuya puesta en órbita (por un lanzador Pegasus lanzado desde un avión en el espacio aéreo de Canarias) y operación en los años siguientes había sido todo un éxito. Utilizando una plataforma única, se preveía desarrollar en tres configuraciones diferentes, para comunicaciones, observación terrestre, o simplemente científico, versiones que debían ver la luz en los años siguientes al lanzamiento del Minisat 01. Parecía que el satélite del INTA (que ya justificaría su existencia simplemente como desarrollo de I+D) podría tener incluso un beneficio comercial. Pero en la práctica, todo quedó en nada: al Minisat 01 le siguió el vacío.

El desarrollo del Nanosat se lanza con las mismas grandes palabras: fantástico futuro, interés internacional, etc. Pero visto el resultado del Minisat, que me perdonen si ahora soy más escéptico. Aunque no quiero que se me malinterprete: no estoy diciendo que el proyecto no deba llevarse a cabo, todo lo contrario. Aunque se quede en un "experimento" más, habrá merecido la pena. La inversión en I+D, aunque no da beneficios inmediatos, genera beneficios a la larga. La experiencia adquirida durante el desarrollo del proyecto tanto por el propio INTA como por las empresas que colaboren en el proyecto, será sin duda de provecho. Pero para que el provecho sea realmente efectivo, estos programas requieren continuidad. Si a este satélite le sigue de nuevo el vacío, poco habremos ganado; la experiencia es útil si se alimenta con nuevas experiencias, de una forma continuada, que desarrolle nuestro sector científico y tecnológico. Con proyectos puntuales, el beneficio es, igualmente, puntual, y poco efectivo.

No estoy culpando al INTA. Aunque no lo conozco en detalle, supongo que bastante hacen con el presupuesto que tienen. Pero la razón principal de este triste panorama debemos buscarla en el irrisorio presupuesto dedicado a I+D en nuestro país, y en particular a la poca involucración de nuestros gobiernos en materia espacial (lo que se refleja perfectamente en nuestra minúscula participación en la Agencia Espacial Europea, históricamente por debajo de lo que nos correspondería en base a nuestro PIB).

Vivimos en un país razonablemente avanzado, científica, tecnológica y económicamente. Y, sin embargo, formamos el vagón de cola del tren espacial. Países como India o Brasil (y poco a poco Argentina), situados económicamente en un nivel inferior, nos dan mil vueltas en esta materia. Y no estoy defendiendo una cuestión de orgullo patrio: es que se demuestra que ésta es una inversión rentable. Así de claro lo tienen en Brasil, por ejemplo, que siguen luchando contra viento y marea (y, en concreto, contra los Estados Unidos) por tener un programa espacial propio, en gran medida para potenciar la industria y la tecnología nacional. Y si a los Estados Unidos les duele tanto que Brasil pueda desarrollar tecnología espacial propia, por algo será... (puede que éste sea tema de un futuro artículo).

Esperemos que nuestros dirigentes se den cuenta pronto de esta realidad. Parece que en los últimos años, aunque tímidamente, empiezan a hacerlo. Se habla (aunque los hechos no lo demuestren con tanta claridad) de la necesidad de una mayor inversión en I+D. Y, aunque nuestra participación en la ESA sigue por debajo de lo que nos correspondería, lo cierto es que también ha aumentado ligeramente en los últimos tiempos. Puede ser un motivo para la esperanza, pero si no aceleramos un poco más, puede que de nuevo dejemos pasar el tren de la ciencia y la tecnología. (Foto: INTA)

16 diciembre 2004

¿Perdemos el Hubble?

El 25 de abril de 1990 se abría una nueva ventana hacia el Universo. Ese día iba a cumplirse por fin uno de los sueños de todo astrónomo: poder mirar el cosmos sin que ni una sola partícula de polvo se interpusiera en su visión. Tras décadas de subir a las más altas montañas para situar allí sus telescopios, donde el aire era más claro y la atmósfera más fina, ahora por fin iban a poder contemplar nuestro Universo libres del impedimento de la atmósfera terrestre. Ni siquiera el transparente aire que respiramos se interpondría ya en sus contemplaciones del infinito. El 25 de abril de 1990, el transbordador espacial norteamericano Discovery ponía en órbita el telescopio espacial Hubble.

No era éste, pese a todo, el primer telescopio en ser enviado a la órbita terrestre. Ya por entonces existían telescopios espaciales del ultravioleta, infrarrojo o rayos X, bandas de dificultosa o imposible recepción desde la superficie terrestre. Con ellos había podido detectarse en 1971, por ejemplo, el primer agujero negro: Cygnus X-1 había sido descubierto por un satélite de nacionalidad italo-norteamericana lanzado en 1970, primer observatorio de rayos X enviado a la órbita terrestre.

Pero el Hubble era el primer telescopio óptico enviado al espacio. Hasta ahora, las imágenes enviadas por los otros telescopios espaciales habían proporcionado una valiosa información, pero faltaba contemplar con la claridad que permitía la ausencia de atmósfera una imagen del cosmos como la vería el ojo humano. Esas imágenes del Universo “real”, del que podríamos ver a simple vista, pero con una nitidez y resolución sin parangón hasta entonces, eran las que debía proporcionar el Hubble.

Tras el necesario periodo de comprobación y puesta a punto, el día 20 de mayo de 1990 los astrónomos esperaban con impaciencia la llegada de la primera imagen tomada por este revolucionario telescopio espacial. Pero cuando llegó el momento, su decepción no pudo ser mayor: la imagen recibida estaba borrosa, desenfocada. Por más que los técnicos trabajaron intentando corregir el enfoque del telescopio, el resultado no mejoró. Pronto se tuvo que admitir la realidad: el espejo principal del telescopio, de 2,4 metros de diámetro, tenía un defecto de fabricación. Su superficie no era todo lo perfecta que
debería ser para un instrumento de estas características, y la calidad de las imágenes se resentía por ello. Aunque en los meses siguientes se trabajó para mejorar mediante ordenador la calidad de las imágenes recibidas, el resultado fue que no superaban a las tomadas desde telescopios terrestres.

La sombra del más tremendo y costoso fracaso se cernía sobre la NASA. Se habían invertido 1500 millones de dólares de entonces en el proyecto, y los sueños y esperanzas de miles de astrónomos de todo el mundo. Y todo para recibir fotografías borrosas.

Desde luego, era importante descubrir cuál había sido el error que había permitido enviar al espacio un telescopio con un espejo principal defectuoso; pero tanto o más importante era buscar una manera de repararlo, si es que la había. Afortunadamente, el Hubble se había diseñado con la capacidad de poder ser mantenido a través de misiones del transbordador espacial; dichas misiones de mantenimiento tenían como objetivo inicial la recarga de sus depósitos de combustible y la sustitución de posibles equipos averiados, pero ahora esa capacidad abría la puerta a un nuevo campo de acción: la instalación de un dispositivo corrector de la aberración esférica del espejo.

Así, tras el tremendo fracaso inicial, en diciembre de 1993 la tripulación del transbordador Endeavour llevó a cabo una de las misiones espaciales de mayor éxito de la Historia. Trabajando a lo largo de toda una semana, los astronautas del Endeavour consiguieron instalar una serie de dispositivos que solucionaban por fin el problema de visión del telescopio espacial. El éxito de la misión sobrepasó todas las expectativas: el 1 de enero de 1994, el Hubble transmitía a la Tierra su primera fotografía del espacio tras la reparación, con una calidad que dejó boquiabiertos a los científicos. Por fin, casi cuatro años después de su puesta en órbita, el Hubble se convertía en lo que se había esperado de él: un ojo abierto hacia el Universo.

Desde entonces, las imágenes enviadas por este telescopio espacial nos han mostrado un cosmos de una belleza escalofriante. Si para los científicos sus imágenes han sido revolucionarias, al mostrarnos el nacimiento y muerte de estrellas, o la formación de los planetas, por poner sólo unos ejemplos, para el simple ciudadano de a pie nos ha proporcionado la posibilidad de disfrutar de la belleza de la naturaleza como ni siquiera habíamos llegado a imaginar que podía existir. Una belleza a veces casi sobrenatural, pero que forma parte de ese mismo Universo al que pertenecemos.

Recientemente, el Hubble envió una de sus imágenes más extrañas y espectaculares: la escalera hacia el cielo. Lamentablemente, esta nueva imagen, que incluso llegó a saltar a la prensa por la asombrosa geometría que mostraba, puede ser el canto del cisne de este gran telescopio espacial. El 16 de enero de 2004, el Administrador de la NASA, Sean O’Keefe, informaba a los medios que la agencia espacial iba a suspender las misiones de mantenimiento de este telescopio, la próxima de las cuales debía realizarse poco después de la reanudación de las misiones del transbordador espacial. Sin el mantenimiento adecuado y sin los impulsos necesarios para mantener su órbita (que decae lentamente por el rozamiento con las capas altas de la atmósfera), el Hubble estaba condenado a morir en un plazo aproximado de un par de años. Hoy, nueve meses después, ya algunos de los equipos del telescopio espacial han dejado de funcionar, y sus prestaciones se deterioran día a día.

La razón para esta decisión, que impactó tremendamente en la comunidad astronómica internacional, era el reciente accidente del Columbia. Se argumentaba que, por motivos de seguridad, se cancelarían en lo sucesivo todas las misiones del transbordador en el curso de las cuales no fuera posible acoplarse a la Estación Espacial Internacional en caso de emergencia. Se pretendía así que, en caso de repetirse una situación como la vivida durante el despegue el Columbia en enero de 2003, la tripulación tuviera la oportunidad de esperar una misión de rescate en el “refugio” que constituía dicha estación espacial. Recordemos que durante el lanzamiento de aquella misión del Columbia, un trozo de espuma del recubrimiento del depósito central se desprendió impactando contra el ala izquierda del transbordador y rompiendo su escudo térmico, lo que causó la desintegración del vehículo durante la reentrada en la atmósfera, con la muerte de sus siete ocupantes.

Las misiones de mantenimiento del Hubble son incompatibles con un acoplamiento de emergencia a la Estación Espacial Internacional, dada la diferencia de órbitas entre ambos y la capacidad del transbordador norteamericano. Esto hacía que la aplicación de la decisión anterior impidiese continuar manteniendo en servicio al telescopio espacial.

Evidentemente, las vidas humanas valen mucho más que un instrumento científico, por valioso que éste sea, pero el argumento en este caso parece carecer de una base sólida. La decisión de limitar las misiones del transbordador en la forma descrita, sólo protegería a la tripulación en caso de repetirse un accidente como el del Columbia (daño durante el ascenso, detectado y susceptible de causar la pérdida del vehículo durante la reentrada). Sólo ha ocurrido un accidente así en 113 misiones, y las acciones correctoras puestas en marcha tras la investigación deberían evitar que se reprodujera en el futuro, o al menos reducir considerablemente su probabilidad. Dado que es evidente que toda misión espacial conlleva un riesgo, ¿justifica este pequeñísimo riesgo adicional la pérdida de un instrumento como el Hubble? Muchos pensamos que no, y que de hecho, la razón tras la decisión de la NASA es otra.

Es significativo que el anuncio de la cancelación de las misiones de mantenimiento del Hubble se hiciera tan sólo dos días después del anuncio de la nueva política espacial del presidente Bush. En ella se apostaba por un relanzamiento de las misiones espaciales tripuladas, con un retorno a la Luna en el plazo de un par de décadas, y con el objetivo puesto en el envío de un hombre a Marte. Un ambicioso objetivo para el que apenas se preveían aumentos en los presupuestos de la agencia espacial para los próximos ejercicios: se pedía explícitamente que las inversiones necesarias deberían salir de una reestructuración de los programas de la agencia. Es decir, era necesario recortar los gastos en todas las demás actividades para potenciar las relacionadas con la exploración tripulada del espacio. Se pedía reducir la ciencia para aumentar la espectacularidad.

El Hubble puede haber sido la víctima más visible de esta nueva política espacial. El instrumento que nos mostró la belleza del Universo en su mayor esplendor, el que nos mostró cómo nacen las estrellas y los planetas, aquél que nos ha permitido disfrutar de auténticas obras de arte realizadas por la Naturaleza, está condenado a morir en un plazo breve. Esperemos que pronto tenga un sucesor, por el bien de la ciencia.

06 abril 2004

La Política Espacial de Bush

El 14 de enero de 2004, todos los telediarios anunciaban una sorprendente noticia: el Presidente de los EEUU, George Bush, anunciaba los nuevos planes estratégicos para la Agencia Espacial Norteamericana, que pasaban por un retorno a la Luna en los próximos años, y una misión tripulada a Marte poco después.

Debo reconocer que, cuando lo oí, me quedé pasmado. No me cuadraba. ¿Misiones tripuladas a la Luna y otros planetas? ¿Con todo lo que ello supone? ¿Por qué, y para qué...? No encajaba con nada, ni con la trayectoria seguida por la política espacial norteamericana desde los años 70, ni con lo que indicaba la lógica a poco que se supiera de estos temas: que una aventura así tendría un coste económico desmesurado, y que requeriría largos años de desarrollos para llevarse a cabo, lo que prácticamente descartaba cualquier opción que no pasase por un proyecto a largo plazo de carácter internacional.

Dentro de mí se puede decir que había dos sentimientos opuestos: por un lado, me parecía increíble, no podía ser, me rompía todos los esquemas... por otro, como aficionado a todo lo relacionado con la exploración espacial, me parecía excitante. Si esto era verdad, nos esperaba un futuro espectacular. Aunque desde la lógica nunca he sido un defensor de las misiones interplanetarias tripuladas (su relación beneficio/coste es ínfima en relación con las misiones de sondas no tripuladas), debo reconocer que mi parte "irracional" como aficionado a estos temas estaba entusiasmada.

Pero sobre todo me sentía desconcertado. Como no me fío nada de las noticias de ciencia y tecnología tal como las transmiten los medios de comunicación (que me perdonen los periodistas, pero a menudo se les cuelan auténticas burradas, sobre todo en las relacionadas con temas espaciales), lo primero que hice fue acudir a la página web de la NASA para leer exactamente qué estaba pasando. En aquel momento no tenía tiempo de leerme los extensos artículos al respecto, así que me los descargué para leerlos más tarde, tras sacar la conclusión de que la noticia que había oído parecía ser correcta en lo fundamental.

Dos días después, la noticia se complicaba: según decían, como consecuencia de la nueva política espacial planteada por el Presidente, la NASA cancelaba la próxima misión de mantenimiento al telescopio espacial Hubble, lo que en la práctica suponía el fin de dicho telescopio en un plazo breve. Sin más información al respecto, en ese momento no entendía qué tenía que ver una cosa con otra, y desde luego me parecía increíble abandonar un magnífico instrumento que estaba proporcionando fantásticos descubrimientos para la ciencia, y que tenía un coste de fabricación astronómico, sólo por no llevar a cabo una misión de mantenimiento más...

Han pasado varios meses hasta que por fin he tenido tiempo (o lo he sacado) para leer el discurso de Bush y las posteriores notas de prensa editadas por la NASA al respecto, para entender por fin en detalle en qué consistía el plan. Y si al principio estaba extrañado, ahora lo que me he quedado es directamente alucinado... alucinado por lo absurdo de una política que descarta la ciencia para dedicarse al espectáculo.

Me explico: a medida que iba leyendo el contenido del discurso presidencial, me iba quedando atónito. Lo que planteaba era realmente increíble: viajes a la Luna, establecimiento de colonias en el suelo lunar, fábricas lunares que extraerán mineral lunar para fabricar aire y combustibles, misiones tripuladas a Marte y otros planetas, nuevas "naves espaciales" para llevar a cabo estas misiones... ¿Ciencia-ficción hecha realidad? Pero el discurso iba en serio...

Estaba claro que no era un discurso preparado por unos políticos sin conocimientos del tema: su redacción dejaba ver que había estudios técnicos detrás, que indicaban una estrategia con hitos intermedios y fechas objetivo. Ello le infundía credibilidad, al menos en una primera lectura, pero precisamente por eso mi asombro iba en aumento. Y la pregunta que me había rondado desde el principio se acentuaba: ¿qué impulsa a un gobierno a decidirse a invertir la ingente cantidad de dinero que requiere un plan así?

Pero al seguir leyendo, pronto me encontraría la sorprendente respuesta a una parte de esa pregunta: el plan apenas preveía incremento en los presupuestos de la NASA. Durante los próximos 5 años, sólo serían incrementados en un 1,1%. Eso sí, un 13% de los presupuestos actuales serían dedicados al nuevo plan... evidentemente, a costa de quitárselo a otros programas.

Ahora lo veía todo claro, aunque me parecía sencillamente alucinante. En palabras sencillas, el mensaje subliminal a la agencia espacial era claro: dejemos de gastar dinero en cosas que nadie entiende, y usémoslo para plantar nuestra bandera en Marte. Eso sí que es vistoso.

Ahora entendía lo del Hubble. ¿A quién le importan esas imágenes de colorines que nadie entiende? Ah, ¿que hay cientos de astrónomos y astrofísicos en todo el mundo que las utilizan para avanzar en sus conocimientos? Ya... ¿y eso "vende"? ¿Quién se acuerda de que el Hubble existe, y quién sabe para qué vale? En cambio, ir a la Luna, y no digamos nada a Marte... eso sí que da prestigio, y apoyo popular...

¿Cuántos otros proyectos, menos vistosos aún que el Hubble, pero igualmente importantes de cara al avance de la ciencia y la tecnología, habrán sido abandonados para acometer estos sueños de megalómano?

Bueno, tranquilicémonos... No puedo evitarlo, me parece absurdo. Vale, hay decenas de argumentos a favor de las misiones tripuladas... que impulsan el desarrollo tecnológico, que satisfacen el instinto humano de la exploración, etc, etc. Peo hay otras tantas en contra, resumidas en una: ¿cuánto se impulsaría el desarrollo tecnológico, y cuánta serían las aportaciones directas a la ciencia, si el coste del respectivo programa tripulado se invirtiese directamente en estos fines, prescindiendo de la parte "humana" del mismo? Es una discusión que dura años, con defensores y detractores para ambas, aunque yo me inclino claramente por la segunda. Las misiones tripuladas más allá de la órbita terrestre no tienen sentido hoy día, en un contexto de recursos limitados; si los recursos fueran infinitos (o al menos considerablemente mayores), bien, pero en la situación real actual hay inversiones (en materia de investigación espacial, quiero decir) mcuho más "rentables" que las misiones de exploración tripuladas.

Por ello, si el nuevo plan del Presidente Bush estuviese respaldado por un presupuesto ampliado para acometerlo sin impactar en los programas actualmente en curso, no me parecería mal. Bien, podría decirse de nuevo que ya que se invierte más dinero, hay mejores proyectos en los que hacerlo, y estaría de acuerdo, pero en fin, al fin y al cabo no dejaría de ser una mejora con respecto a la situación actual. Pero es que lo que se ha puesto en marcha es justamente lo contrario.

Porque, si lo que se quiere es (por la razón que sea, y ése es otro tema) introducirse en un programa de gran espectacularidad (a pesar de su escaso rendimiento científico y tecnológico), ¿por qué hacerlo a costa de lo que de verdad importa? ¿Por qué dañar los programas científicos y de investigación que realmente dan beneficios a la Humanidad? ¿Por qué obtener el dinero a su costa, y no de otras partidas presupuestarias del gobierno de los EEUU... y seguro que a la mayoría se nos ocurre de dónde?

En fin, no puedo evitarlo, estoy indignado. Es triste que una noticia que debería significar un tremendo entusiasmo para todos los apasionados por la ciencia y la tecnología, termine en esta tremenda decepción en cuanto se escarba un poco en su significado. Y lo más curioso es que apenas se han levantado voces de crítica al respecto... o se han intentado ocultar, o poco eco encuentran ante un plan que causa tanta expectación y entusiasmo a nivel popular y de los medios.

Pero vayamos un poco más allá. Tras una relectura detallada prestando una atención más profunda al aspecto tecnológico del plan, aparecen algunas inconsistencias y aspectos poco claros. Primero, siendo objetivos, ¿qué es lo que realmente deja claro el plan, filtrando la palabrería política?

1. Finalización completa de la Estación Espacial Internacional (ISS). Al menos un compromiso lógico y coherente. Tras las incertidumbres de los últimos años, que amenazaban con abandonar el desarrollo de la ISS dejándola en un estado de desarrollo intermedio frente al plan original, el compromiso de terminarla es firme, con la fecha límite de 2010.
2. Abandono del transbordador espacial en 2010, finalizada su misión como elemento necesario para completar la ISS. Un paso que debía darse tarde o temprano si se quiere evolucionar hacia medios de transporte espacial más eficientes, aspecto en el que el Space Shuttle nunca ha cumplido las expectativas puestas en él.
3. Desarrollo de un nuevo vehículo de transporte espacial, con su primera misión tripulada para 2014.
4. Reiniciar las misiones tripuladas a la Luna entre 2015 (como muy pronto) y 2020 (como muy tarde)

Estos son los compromisos claros. Entre lo que podríamos considerar más bien como intenciones a futuro, sin fecha fija, se encuentran las siguientes:

1. Potenciar la exploración no tripulada de la Luna, Marte y otros cuerpos del Sistema Solar (como las lunas de Júpiter) de cara a posteriores misiones tripuladas a dichos cuerpos.
2. Misión tripulada a Marte, y después a otros planetas.
3. Establecimiento de colonias y factorías en la Luna. Posible utilización de la Luna como primera etapa o punto de partida de las misiones de exploración tripuladas del Sistema Solar.

Centrándonos en los compromisos claros (el primer grupo), podemos decir que los dos primeros, y parte del tercero, son lógicos, no sorprendentes, y poco criticables (personalmente, creo que son un compromiso que era necesario establecer tarde o temprano). Ahora bien, los puntos 3 y 4 empiezan a flaquear...

En cuanto al desarrollo de un nuevo vehículo de transporte espacial, se señala que servirá tanto de apoyo a la ISS (misiones en órbita baja) como para misiones interplanetarias. Lo cual es bastante sorprendente. No sólo el vehículo en sí tendrá requisitos muy diferentes para operar en una u otra misión, sino que su lanzador tendrá que ser por fuerza totalmente distinto según el caso. Teóricamente podría construirse un vehículo capaz de llevar a cabo ambas misiones, aunque no es recomendable: se ha demostrado que en el caso del Space Shuttle, fue precisamente ese requerimiento de llevar a cabo múltiples funciones diferentes lo que impidió optimizarlo para ninguna de ellas, y finalmente su coste de operación y mantenimiento resultó por tanto exhorbitado; y eso que no se le había pedido llevar a cabo misiones interplanetarias... Pero en fin, posible es. ¿Pero qué pasa con el lanzador? Hoy día ni siquiera existe un lanzador capaz de enviar una pequeña cápsula como eran las Apollo a la Luna, así que como para pensar en enviar un vehículo mayor... Habría que diseñar un gigantesco cohete capaz de llevar a cabo esta misión. Y no es que no se pueda, sino que costaría enormes sumas de dinero, y un largo tiempo de desarrollo. Y eso es algo que ni se menciona.

Existe una alternativa: tener un lanzador común, diseñado para misiones orbitales, y usar el ensamblaje de diferentes módulos en órbita terrestre para montar el vehículo necesario para las misiones interplanetarias. En cualquier caso, seguiría sin ser un vehículo común a ambas misiones: aunque pudiera compartir una parte con el vehículo para misiones orbitales (sin estar optimizada dicha parte para ninguna de las dos misiones), el resto de módulos serían de desarrollo exclusivo para la misión interplanetaria. Por tanto, seguimos hablando en el fondo de dos vehículos y/o dos lanzadores diferentes.

En cuanto a ir a la Luna... ¿para qué? Razones científicas no hay. Siempre se puede seguir investigando, por supuesto, pero las misiones Apollo suministraron suficiente información como para no justificar las ingentes inversiones necesarias para profundizar más en lo mismo. Por otra parte, el programa Apollo también demostró (y es algo que hoy nadie discute) su escasa eficiencia desde el punto de vista científico: de las 6 misiones lunares, sólo las dos últimas tuvieron una "rentabilidad científica" digamos que aceptable. De hecho, los científicos se quejaron bastante de este tema. Evidentemente, el programa había tenido una motivación exclusivamente política, y una vez conseguido el objetivo de llegar a la Luna y batir a los rusos en la carrera espacial, los norteamericanos se encontraron con que no sabían muy bien qué hacer allí (es una forma rápida y sencilla de explicarlo, pero muy descriptiva y ajustada a la realidad).

El discurso de Bush apunta hacia la creación de bases y factorías lunares, a la explotación de los recursos naturales de nuestro satélite, para convertirlo en una especie de puerto espacial que sirva de escala o punto de partida a futuras misiones interplanetarias tripuladas. Dicho así, parece la leche (con perdón). Pero analicémoslo más a fondo. ¿Qué significa esto? ¿Que se construirán en la Luna y se lanzarán desde allí los vehículos espaciales destinados a dichas misiones interplanetarias? Bien, tendría sentido: la gravedad lunar es un sexto de la terrestre, y el lanzamiento de misiones desde su superficie sería tremendamente más económico que desde nuestro planeta. Pero para ello, el vehículo debería ser construido allí a partir de materias primas lunares: si hubiera que enviar los componentes o la materia prima desde la Tierra, no ganaríamos nada (sea antes o después, habría que vencer la gravedad terrestre igual, para la misma masa, por lo que el coste sería igual; mayor, en realidad, como veremos luego). Pero para conseguir esto, sería necesaria una infraestructura increíble sobre la superficie lunar: industria minera, industria manufacturera de materias primas, fábricas de alta tecnología, plantas de ensamblaje, plataformas de lanzamiento... Bien, quizás dentro de 200 años, y con toda la Humanidad volcada en el esfuerzo...

Desechamos, pues, la construcción en la Luna de vehículos espaciales a partir de recursos propios en un plazo medianamente razonable. ¿Y usarlo como escala para vehículos que partieran de la Tierra? Eso, a priori, sería peor: sin extendernos sobre los detalles, el vehículo debería vencer las siguientes etapas según saliera directamente de la Tierra a una misión interplanetaria o hiciera una etapa intermedia en la Luna:

- Misión directa: Las fuerzas a vencer (en realidad se contabiliza en términos de "incremento de velocidad" necesario, pero es equivalente) serían: escape de la gravedad terrestre, e incremento de velocidad para entrar en órbita de transferencia interplanetaria.
- Con escala en la Luna: escape de la gravedad terrestre, frenado para descenso lunar, escape de la gravedad lunar, e incremento de velocidad para entrar en órbita de transferencia interplanetaria.

La primera y la última son iguales en ambos casos, por lo que en realidad el hacer una escala en la Luna no aportaría nada, antes al contrario. Sólo se me ocurre una opción: que se utilizase la escala lunar como una escala de reabastecimiento a partir de propulsantes fabricados a partir de materia prima selenita (como en el caso del vehículo, si el propulsante se hubiera tenido que enviar antes desde la Tierra, la ganancia sería nula). En este caso, se podría lanzar el vehículo desde la Tierra con el propulsante justo para llegar a la Luna, aligerándolo y así abaratando el lanzamiento; una vez en la Luna, se cargaría con el propulsante necesario para el resto del viaje, despegando después desde la superficie lunar con mucho menos esfuerzo que desde la Tierra. Del suelo lunar puede extraerse hidrógeno y oxígeno (componentes del propulsante criogénico) con relativa facilidad. Pero habría que hacer números para ver si la ganancia global compensaría el gasto por hacer la etapa lunar (de acuerdo al estudio anterior); puede que sí (no me apetece calcularlo ahora; quizás con el tiempo...), pero dudo que la ganancia fuese lo suficientemente significativa como para justificar el montaje de una factoría de producción de propulsante lunar, con todos los equipos asociados (depósitos, bombas, etc) para el reabastecimiento de las naves. Y desde luego, montar una infraestructura así tampoco sería cosa de unos cuantos años... sin considerar el coste de enviar a la Luna desde la Tierra todo el material necesario para levantar dicha infraestructura lunar.

Es decir, después de pensarlo un poco, resulta que las razones esgrimidas para volver a la Luna no tienen ningún sentido. Si de verdad se quisiera ir a Marte, lo de la Luna no sería más que una cara distracción del objetivo principal.

Los más optimistas podrían decir que en realidad se trata de planes a muy largo plazo, movidos por una actitud filantrópica que suponga el inicio de acciones de cara al beneficio futuro de la Humanidad: crear poco a poco una infraestructura lunar que permita ese fantástico futuro en el que la Humanidad se expanda por el Universo a bordo de magníficas naves espaciales, en busca de nuevos mundos que colonizar...

Disculpad que no me lo crea. Y es que, sin necesidad de ser malpensado sobre los verdaderos objetivos de Bush, esto no tiene sentido. Si de verdad se quisiera ir por ese camino, por las mega-acciones a muy largo plazo, habría que empezar por otro lado: por el desarrollo tecnológico que permita abaratar el lanzamiento de grandes cargas al espacio para convertirlo de verdad en algo tan habitual como volar en avión. Justamente el camino por el que se estaba moviendo la NASA (con grandes recortes presupuestarios) y que ahora simplemente se obvia para lanzarse directamente a la piscina sin el equipo adecuado.

Si de verdad se tuviera una visión de futuro como la comentada, el esfuerzo iría por el potenciamiento de la investigación y desarrollo en nuevos motores cohete (iónicos, electrostáticos o nucleares, que aún están en su infancia, o incluso otros nuevos que no hayamos imaginado aún), en nuevos lanzadores reutilizables, en nuevas tecnologías de materiales... Es decir, en ciencia y tecnología básicas que permitan de verdad acometer ese tipo de aventuras en el futuro. Justo lo que se está recortando.

Resumiendo, ¿cuáles son entonces los motivos reales para esos planes concretos de volver a la Luna? No lo sé. Aquí hay múltiple terreno para la especulación. Pero desde luego no son motivos científicos ni técnicos. ¿Orgullo patrio? ¿No quedarse apartados, ahora que los chinos se plantean en serio también ir a la Luna? ¿Discurso populista, simplemente? No me parecen motivos serios, pero en política todo es posible. Tampoco hay que negar que un programa así siempre genera beneficios globales; que los beneficios científicos y tecnológicos pudieran ser mayores con la misma inversión por otro camino, no significa que por éste no vaya a haber también beneficios. Y la motivación a nivel popular, y el interés por la ciencia y la tecnología que esto pueda crear en la sociedad, con un aumento de vocaciones que impulsen al país, es algo difícil de medir. Puede que políticamente sea una inversión rentable.

Eso sí, si se va a la Luna, no será con la intención apuntada en el discurso. El comentario sin compromisos sobre la misión tripulada a Marte pierde toda su credibilidad tras el análisis detallado anterior. Y la creación de bases y factorías en la Luna... en fin...

¿Con qué nos quedamos, entonces, del anuncio de Bush? En la parte positiva, con el compromiso de finalizar la ISS y de desarrollar un sustituto para el veterano Space Shuttle. En la negativa, con la cancelación de múltiples programas de investigación y desarrollo en la NASA para poder acometer todos estos planes sin apenas incremento en el presupuesto de la agencia. Y en la parte neutra, extraña, desconcertante, con el anuncio de misiones tripuladas a la Luna sin un motivo ni propósito claro. Nada más. El resto es palabrería.

Permaneceremos atentos a cómo evoluciona el tema, no obstante. En su anuncio, el Presidente solicitaba de la NASA la presentación de un informe detallado (una especie de "estudio de viabilidad") sobre cómo llevar a cabo de forma práctica las directrices fijadas. Dicho informe debía estar listo en un plazo de 4 meses, lo que significa que se publicará a mediados del próximo mes de mayo. Estaremos pendientes a ver si este informe arroja algo más de luz sobre este desconcertante tema.