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12 abril 2011

Gagarin: 50 años de un mito

Hace 3 años y medio, publicaba en este mismo blog una pequeña reflexión sobre los 50 años de era espacial, en el 50º aniversario del lanzamiento del Sputnik. No sé a vosotros, pero a mí me parece que fue ayer cuando lo escribí. Y hoy ya conmemoramos los 50 años del vuelo de Gagarin...

Tres años y medio… En tres años y medio, la humanidad pasó de poner en órbita un pequeño artefacto de 80 kg de peso que prácticamente se limitaba a emitir un pitido para su seguimiento desde tierra, a enviar al espacio al primer ser humano dentro de la primera nave espacial. En tres años y medio hubo que repotenciar el misil R-7 que puso en órbita el Sputnik para que fuera capaz de levantar el sobrepeso impuesto por la misión tripulada; en tres años y medio hubo que diseñar un vehículo capaz de mantener con vida a un ser humano en su interior protegiéndolo de los casi desconocidos peligros del espacio exterior; en esos tres años y medio hubo que investigar la forma de devolver a la Tierra un objeto lanzado al espacio sin que se desintegrase sometido a las enormes temperaturas provocadas por el rozamiento con la atmósfera durante la reentrada; tres años y medio en los que, además de todo eso, hubo que realizar vuelos de prueba previos con animales que garantizasen tanto la seguridad del vehículo como la posibilidad de sobrevivir a la ingravidez y al medio espacial en general.

Hoy tenemos potentes ordenadores en los que diseñamos en tres dimensiones con programas CAD, desde los que mandamos las piezas a fabricar de forma automática con sistemas CAM, con los que calculamos la resistencia de las piezas con programas FEM, o con los que simulamos el comportamiento aerodinámico con sistemas CFD. A finales de los 50, los ingenieros dibujaban a mano en tablero y resolvían sus ecuaciones con una regla de cálculo, para que luego fresadores y torneros fabricasen las piezas casi de forma artesanal. Y hoy, si alguien nos dice que tenemos tres años y medio para desarrollar un nuevo avión, algo que ya tenemos totalmente dominado y en lo que no hay misterios, le decimos que está loco… Curioso, ¿no?

Bien, lo reconozco: hay algo de demagogia en mi párrafo anterior, y las razones para las que la situación sea hoy así son múltiples y complejas. Pero el hecho es el que es, y no deja de ser llamativo… y, sobre todo, nos hace mirar con una tremenda admiración los enormes logros que se alcanzaron en aquellos años dorados de la carrera espacial.

Pero hablemos de Gagarin, que es lo que toca

Un poco de historia

La puesta en órbita del Sputnik el 4 de octubre de 1957 había asombrado al mundo y había supuesto un impacto casi indescriptible en los Estados Unidos, que hasta entonces se habían considerado claramente a la vanguardia de la ciencia y la tecnología a nivel mundial, y que despreciaban a la Unión Soviética como un país eminentemente agrícola y atrasado. La hazaña no sólo disparó las alarmas en los Estados Unidos, que a nivel militar descubrían con este lanzamiento que los rusos habían desarrollado misiles capaces de alcanzar su territorio con armas atómicas, y a nivel político veían humillado su prestigio internacional; al mismo tiempo, la tremenda repercusión que tuvo la hazaña hizo ver a los líderes rusos el espacio exterior como el perfecto escenario para su política, en el que ganar reconocimiento a nivel mundial.

El tortazo en plena cara que supuso el Sputnik para los norteamericanos les hizo reaccionar rápidamente potenciando su programa de misiles con el doble objetivo de no quedarse atrás militarmente, y de utilizarlo en paralelo en el escaparate espacial para no perder su posición de liderazgo mundial frente a los odiados comunistas. Pero iba a costar tiempo y trabajo recuperar el terreno perdido frente a los rusos; habría que esforzarse para rehacerse de esos años que los soviéticos habían empleado en desarrollar un cohete de largo alcance mientras los norteamericanos se limitaban a poco más que repetir los avances de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial…

En cualquier caso, los Estados Unidos se tomaron la puesta en órbita del Sputnik y los sucesivos éxitos soviéticos en el espacio (la perra Laika fue puesta en órbita sólo un mes después que el Sputnik, volviendo a asombrar al mundo) como un reto al que había que dar respuesta cuanto antes. Nacía así la carrera espacial, en la que el espacio se convertiría en una especie de ring de boxeo virtual en el que las dos superpotencias se medirían mutuamente en pleno auge de la Guerra Fría.

Impulsados ambos rivales por la “necesidad” de mostrar al contrario y al resto del mundo su superioridad, el siguiente paso lógico en el espacio estaba claro: había que mandar un hombre allá arriba. Poco después del lanzamiento del Sputnik, en julio de 1958, el gobierno de los Estados Unidos autorizaba la creación de la NASA para liderar su naciente programa espacial, con el objetivo prioritario de poner un hombre en el espacio a la mayor brevedad posible. Al otro lado del telón de acero, aunque con mucho mayor secretismo de cara al exterior, se había dado luz verde al programa tripulado en mayo del mismo año.

No me extenderé, porque no viene del todo al caso en la celebración de este aniversario (y más que nada porque el artículo se alargaría excesivamente), sobre los desarrollos que tendrían lugar de forma acelerada en estos años para poder cumplir esos objetivos a la mayor brevedad posible. Simplemente comentaré que en paralelo al desarrollo de la primera nave espacial rusa, cuyo primer prototipo era lanzado al espacio en mayo de 1960, se procedía a la selección de los primeros aspirantes a cosmonautas entre un grupo de pilotos militares presentados voluntarios para una misión experimental desconocida. El 25 de febrero se designaban los 20 primeros miembros del recién nacido cuerpo de cosmonautas de la Unión Soviética, tras un largo y durísimo periodo de selección en el que los aspirantes habían sido sometidos a pruebas de todo tipo, tanto físicas como de aptitudes o psicológicas. Estos hombres iban a enfrentarse a lo desconocido; debían ser, al mismo tiempo, competentes técnicos y pilotos capaces de enfrentarse a posibles imprevistos utilizando la más moderna tecnología… y resistentes conejillos de indias capaces de enfrentarse a un entorno hostil y desconocido.

A lo largo de 1960, mientras los veinte seleccionados comenzaban su entrenamiento para la misión, tenían lugar tres vuelos de prueba con la nave Vostok, dos de ellos con perros a bordo, gracias a los cuales se fue perfeccionando el sistema de cara al próximo vuelo tripulado. En paralelo, en los Estados Unidos se seguía un proceso muy similar en todo al ruso, excepto en una cosa: la menor potencia de los cohetes disponibles, que impedirían inicialmente llevar a cabo un vuelo orbital. No obstante, se pensaba que sería suficiente con enviar un hombre al espacio en trayectoria parabólica, realizando “un salto al espacio”, para poderse declarar ganadores en esta carrera por ser los primeros en adentrarse en el cosmos.

Pero todos los esfuerzos norteamericanos fueron vanos: en marzo de 1961 dos nuevos ensayos orbitales de la nave Vostok con perros a bordo terminaban con un completo éxito, despejando el camino hacia la misión tripulada rusa. El 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin era lanzado al espacio en una nave Vostok impulsada por un misil R-7 sobrepotenciado. Tras entrar en órbita y dar una vuelta completa a la Tierra, aterrizaba sano y salvo tras un viaje de 1 hora y 48 minutos. Una vez más, la Unión Soviética había hecho historia en el espacio. Y una vez más, los Estados Unidos se hundían en la humillación… aunque esta vez ya no les pillaba por sorpresa.

¿Por qué Gagarin?

¿Qué hizo que fuera Yuri Gagarin, y no cualquier otro de los 20 miembros iniciales del cuerpo de cosmonautas, el que recibiera el honor de entrar en la historia como primer hombre en el espacio? Por una parte, su valía: a lo largo de su periodo de entrenamiento, los distintos integrantes del grupo iban siendo evaluados, asignándoseles calificaciones según iban superando las distintas pruebas físicas, de conocimientos técnicos, psicológicas y de todo tipo. En este proceso, Gagarin quedó situado entre los primeros clasificados. Pero, entre un grupo de élite como era éste, tras el duro filtro que había supuesto la selección inicial, este parámetro no podía resultar definitivo. La importancia histórica de la misión que iba a tener lugar aconsejaba tener en cuenta también otros criterios… incluso políticos.

Gagarin no sólo era uno de los mejores: además, tenía una personalidad cordial, tenía don de gentes, era simpático y hasta encantador. Daba buena imagen ante la cámara y, para colmo, procedía de familia proletaria. Yuri Gagarin no sólo contaba con su valía: representaba el ruso modelo. Quien llevase a cabo esta misión histórica iba a ser un representante de la Unión Soviética a nivel mundial: la elección no podía ser otra.

Mucho más que una misión orbital…

La misión de Gagarin supuso la entrada de la humanidad en el espacio y la apertura de una nueva frontera hacia lo inexplorado. Hoy, acostumbrados a las misiones espaciales tripuladas y a ver astronautas flotando sonrientes en el interior de una estación espacial, no nos resulta fácil entender lo que supuso en su día esta aventura hacia lo desconocido. Aunque se habían hecho experimentos previos con animales, aún quedaban muchas dudas en el aire: sí, parecía que era posible para un ser vivo sobrevivir en estado de ingravidez, pero… ¿se verían afectadas las funciones cerebrales, por ejemplo? Algunos científicos tenían sus dudas, ¿qué pasaría si el astronauta enloquecía en el medio espacial, o sufría cualquier otra alteración mental, como euforia, depresión, o cualquier cosa que pudiera afectar a su propia seguridad? Las dudas abarcaban todos los campos; por ejemplo, aunque para esta primera misión, dada su corta duración, no sería necesario, ¿sería capaz el hombre de ingerir bebida y alimentos en ingravidez? ¿Podrían los líquidos y sólidos bajar hasta el estómago sin la ayuda de la gravedad? ¿O quizás estas simples operaciones pudieran incluso representar un serio peligro de ahogo en esas condiciones? Resulta fácil decir que fue una misión hacia lo desconocido… pero es que lo fue, en sentido literal.

Pero, más allá de sus implicaciones directas, la misión de Yuri Gagarin tuvo implicaciones históricas que fueron mucho más allá de lo evidente, más allá de representar la entrada del hombre en el espacio. Hoy sabemos que fue la misión de Gagarin lo que llevó a los Estados Unidos a autoimponerse el reto de poner a un hombre en la Luna en menos de una década. Si el primer hombre en el espacio hubiese sido el norteamericano Alan Shepard en lugar del ruso Yuri Gagarin, probablemente hoy aún estaríamos soñando con la primera misión tripulada a nuestro satélite, como lo hacemos con la misión a Marte.

Todos sabemos que la llegada del hombre a la Luna no fue la consecuencia de criterios científicos, sino políticos. Sólo la situación de tensa rivalidad existente entre las dos superpotencias durante la Guerra Fría, y la necesidad de los Estados Unidos de desquitarse de las humillaciones sufridas una vez tras otra ante los soviéticos en materia espacial, sería lo que condujese a la misión lunar. Y la derrota sufrida con el vuelo de Gagarin fue la gota que colmó el vaso norteamericano y que desencadenó todo el proceso.

Una semana después de la misión de Gagarin, cuando los Estados Unidos aún no habían conseguido poner a su astronauta en el espacio ni siquiera en la prevista misión suborbital, el presidente Kennedy preguntaba desesperado a sus consejeros: “¿Tenemos alguna posibilidad de batir a los soviéticos poniendo un laboratorio en el espacio, o con un viaje alrededor de la Luna, o con un cohete que aterrice en la Luna, o con un cohete que haga ida y vuelta a la Luna con un hombre? ¿Hay algún otro programa espacial que prometa resultados espectaculares y en el que podamos ganar?”. La respuesta fue clara: la situación tecnológica norteamericana en materia espacial era de desventaja, y no se podían esperar triunfos a corto plazo. La única posibilidad de vencer a los rusos era plantearse un gran reto a medio plazo en el que se pusiera toda la carne en el asador; si toda la nación se comprometía a ello como un objetivo prioritario, decía la respuesta al presidente, los Estados Unidos tendrían “una excelente oportunidad de batir a los soviéticos con el primer aterrizaje de una tripulación sobre la Luna”, lo cual podría suceder en un plazo inferior a 10 años. Un mes más tarde, poco después de que el norteamericano Alan Shepard aliviase un poco el sentimiento de humillación nacional con su salto suborbital al espacio, Kennedy intervenía en el Congreso con su famoso discurso en el que pedía a la nación comprometerse con el objetivo de poner a un hombre sobre la superficie de la Luna antes de que terminase la década. “Ningún otro proyecto espacial en este periodo será más impresionante para la Humanidad, o más importante para la exploración a largo plazo del espacio; y ninguno será tan difícil o costoso de cumplir”.

Y se cumplió. Finalmente, los Estados Unidos lograron salvar su honor ganando la carrera espacial. Pero fueron el Sputnik y Gagarin quienes les motivaron para conseguirlo. De eso hoy hacen 50 años…

11 abril 2011

Gagarin - vídeo conmemorativo

Os dejo aquí un enlace a un corto documental de 12 minutos realizado para Euronews en colaboración con la ESA en conmemoración del cincuentenario de la misión de Gagarin. Con colaboraciones de Alexei Leonov, Elena Gagarina (hija de Gagarin), Yuri Usachov, Valeriy Lubinskiy y Pavel Vinogradov. En español.

http://multimedia.esa.int/Videos/2011/04/ESA-Euronews-First-man-in-space/(lang)/es


Hablando de vídeos... mañana me entrevistan para el telediario de la 2, a las 20:00, con ocasión también de este aniversario. A ver si no me acelero hablando, que me suele pasar en estos casos... ;-)

26 enero 2011

¿Te gustan las maquetas espaciales? A la CIA también

Hoy no es ningún secreto que, durante la carrera espacial para poner al hombre sobre la Luna, los Estados Unidos tenían información de los avances rusos en la materia a través de los informes de la CIA y las imágenes de satélites espía. Aunque nunca se reveló a la opinión pública, que hasta los años 80 permaneció ignorante de la participación soviética en esta carrera lunar, en las altas esferas de la administración norteamericana se tenía una información bastante precisa del desarrollo del programa lunar ruso.

Pero al parecer, las fotos de los satélites espía no se consideraban lo suficientemente buenas o claras como para dar una buena visión de los secretos soviéticos a sus superiores. O a lo mejor es que en la CIA se pensaba (no entro a valorar si con acierto o no) que a los altos cargos de la administración había que tratarlos como a niños… El caso es que decidieron hacer maquetas para una mayor claridad. En el caso de la base de lanzamiento del cohete gigante N-1 que debía enviar a los cosmonautas rusos a la superficie lunar, se sabe a través de información desclasificada que la CIA llegó a realizar tres maquetas con un alto grado de detalle. Una de ellas se conserva hoy en día en el museo de una base militar británica, aunque no se tienen noticias claras de cómo llegó allí. Como comenta Dwayne Day, el historiador espacial norteamericano cuya fotografía de la maqueta ilustra este artículo, lo verdaderamente asombroso es que siga en tan buen estado más de 40 años después… (Foto: Dwayne A. Day)

18 enero 2010

De blogs abandonados, entrevistas y guerra de las galaxias

Sí, ya lo sé: tengo el blog abandonado. Mea culpa. Las causas son variadas, y es difícil concretar en una. Podría decir que últimamente el panorama astronáutico está algo flojo y me cuesta encontrar noticias sobre astronáutica que me parezcan suficientemente atractivas como para comentarlas en el blog, y sería cierto; pero también es verdad que en otras ocasiones en que ha ocurrido algo parecido, he aprovechado para hablar sobre historia o tecnología, sobre temas más intemporales. La verdad es que a esta falta de noticias “jugosas” se le ha unido una temporada de saturación por mi parte: mucho trabajo dentro y fuera del trabajo, muchas tareas a las que atender en mi ya escaso tiempo libre, etc. Y a todo ello se le han unido últimamente otros intereses, otras aficiones, que han recortado aún más el poco tiempo que podría haberle dedicado al blog. Pero bueno, pese a todo, que conste que mi intención es no dejarlo agonizar por completo. Aunque sea a un ritmo algo más bajo que el habitual (que nunca ha sido demasiado elevado), pretendo seguir escribiendo sobre astronáutica en este blog. No penséis que os vais a librar de mí tan fácilmente…

Bueno, y ahora al grano. Aparte de las explicaciones y disculpas implícitas en el párrafo anterior, vengo a dejaros un par de apuntes rápidos que eviten la agonía total de este blog, aunque en el fondo no pasen de ser un par de enlaces:

1. Lo primero es comentaros que aquellos masoquistas entre vosotros que queráis escucharme hablando sobre temas varios relacionados con el espacio, podéis hacerlo con una entrevista que me han hecho los chicos de “Remove before flight” para su podcast. Si sólo os interesa la entrevista (angelitos…) podéis sufrirla a partir del minuto 5:53 aquí. Pero aviso que este podcast recién nacido (dos episodios hasta ahora) puede resultaros de interés seguirlo a los que seáis aficionados a la aviación y/o el vuelo virtual, terrenos ambos en los que estos muchachos son unos verdaderos expertos (aunque ellos prefieren calificarse como “aerotrastornados”).

2. Lo segundo es recomendaros el mejor reportaje que he leído en muchos meses sobre temas de astronáutica: el que Dwayne Day y Robert Kennedy III han escrito para la revista Air&Space del Smithsonian sobre el proyecto ruso que debía dar respuesta a la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) de Ronald Reagan, más conocida como “Guerra de las Galaxias”: el proyecto Polyus. Un magnífico reportaje sobre un proyecto de alto secreto que aún guarda muchos interrogantes y al que más de uno atribuye buena parte de la responsabilidad en la crisis económica que ayudó a la caída de la Unión Soviética. Muy recomendable leerlo, si os manejáis en inglés.

Y nada más por el momento. Sólo decir que sigo ahí y que, pese al abandono del blog, me sigue gustando esto de los cacharros que viajan por el espacio y escribir sobre ello, así que seguiré dando la murga en cuanto vuelva a tener tiempo para ello… o en cuanto suceda algo que me llame especialmente la atención. ¡Saludos!

29 julio 2009

¿Quieres relanzar el programa espacial? Desmantela la NASA

Tras volver de las tan esperadas (y siempre tan cortas) vacaciones, la lectura atrasada de temas astronáuticos se me acumula. Y entre estas lecturas (muchas relacionadas con el 40º aniversario del Apollo 11), ha habido un comentario que me ha hecho gracia, y es lo que os traigo aquí, aunque no tenga la más mínima relevancia.

En una entrevista realizada con motivo del aniversario a Charles Murray y Catherine Bly Cox, autores de un libro sobre el programa Apollo, el entrevistador les preguntó lo siguiente:

Entrevistador: ¿Qué consejo le daríais a los hombres y mujeres que trabajan en la actualidad en la nave Orión, los vehículos lanzadores Ares y el módulo lunar Altair?

Charles Murray: (…) No me atrevería a darles ningún consejo. Pero si el Presidente Obama quiere saber cómo relanzar de nuevo del programa espacial, tengo un consejo para él: desmantele la NASA. Derribe todos los centros. Identifique a un par de cientos de personas del Marshall obsesionados con los cohetes, y manténgalos. Elija a cuarenta y cinco del Langley y el Lewis, la mitad de ellos locos del espacio, y la otra mitad gente a la que sus supervisores se quieran quitar de en medio. Déles una misión y un montón de dinero, y retírese. Y luego, cuando el Presidente Obama me diga que estoy loco, le señalaré que acabo de describir la forma en la que se formó el Space Task Group en 1958. Once años después estábamos en la Luna.

¿Por qué una entrada para esta chorrada? No lo sé… supongo que por un lado me ha hecho gracia lo de desmantelar la NASA y volver a empezar con un grupito de entusiastas, frente al enorme monstruo repleto de burocracia que hoy en día dirige el programa espacial norteamericano. Pero supongo que, sobre todo, me ha gustado porque estas frases describen perfectamente el espíritu con el que nació ese programa espacial. Y aunque personalmente no lo viví (no podía, ni geográfica ni temporalmente), no puedo evitar sentir nostalgia.

Aquellos fueron años dorados para los enamorados de la exploración del espacio. Sí, parece un tópico, pero es que es cierto. Siempre he pensado, cuando se describe cómo millares de personas se involucraron hasta las cejas en el programa espacial, tremendamente motivados, trabajando día y noche en jornadas maratonianas durante años, que en realidad para muchos de ellos aquel trabajo era una pasión, que trabajar en la NASA en aquellos años debía ser como la culminación de un sueño. Pero por otra parte, también a veces pensaba si no estaría dejándome llevar por un romanticismo excesivo, si no estaría viéndolo todo con el velo romántico con el que se suele mirar al pasado. Pues bien, en esta misma entrevista se responde a esta pregunta. Cuando uno de los autores del libro preguntó a Bill Tindall, una de las personas que había trabajado en el proyecto Apollo, acerca de cómo podían sobrellevar aquel extenuante ritmo de trabajo, la respuesta fue tremendamente reveladora: “No estábamos trabajando: estábamos jugando”. Mis sospechas se confirman: les entusiasmaba lo que hacían. Y cuando te entusiasma lo que haces, deja de ser un trabajo para convertirse en algo más parecido a un hobby. Debió ser como un sueño vivir aquello.

En fin, no me enrollo más, que para una entrada irrelevante ya he escrito bastante. Simplemente señalar, volviendo al comentario sobre desmantelar la NASA, que si algún lector aún no conoce la historia a la que hace referencia el comentario, la de ese grupito de hombres del Marshall y del Langley (ambos centros de la NASA), entre otros, que levantaron todo el programa espacial norteamericano de la nada, le recomiendo que lea Wernher von Braun: entre el águila y la esvástica. No sólo porque lo he escrito yo y así lo promociono (que también :-), sino porque es quizás el único libro en castellano que describe en profundidad aquella historia, entre muchas otras. ¿Y qué mejor lectura para un aficionado al espacio en una noche de verano bajo las estrellas? (Foto: NASA)

21 julio 2009

40 años después

"Éste es un pequeño paso para un hombre, pero un salto gigante para la Humanidad". Con estas palabras pronunciadas el día 20 de julio de 1969, el primer ser humano ponía su pie en la Luna. Este año celebramos el 40º aniversario de aquel gran hito histórico, y sin embargo, nada a nuestro alrededor parece reflejar el gran salto que, según Neil Armstrong, aquella primera misión lunar debía suponer para nuestra vida en la Tierra.

No quiero decir con esto que no se hayan producido grandes avances desde entonces, o que incluso muchos de estos avances no hayan estado en parte influidos por la actividad espacial. Pero lo cierto es que si preguntamos a los que nos rodean qué es lo que valoran como mayores saltos para la humanidad desde 1969 hasta hoy, estoy seguro de que la mayoría destacará los avances de la informática y las telecomunicaciones, pero muy pocos hablarán de la actividad espacial.


La situación es paradójica, no sólo porque, por ejemplo, esos grandes avances en las comunicaciones se los debamos en buena medida a las aplicaciones espaciales, sino porque si preguntamos a esa gente de la calle si valoran como importante la aportación de la exploración espacial a la Humanidad, la mayoría nos contestarán que sí, aunque habremos tenido que recordarles que existe para que reparen en ello. Lo que quiero decir es que, por norma general (y siempre hay excepciones), la sociedad valora positivamente la actividad espacial, considerándola de una forma vaga como algo "importante para la ciencia" aunque casi nunca se sepa muy bien cómo o para qué... pero al mismo tiempo es una actividad que pasa completamente desapercibida en nuestra vida cotidiana.

El hecho es que en nuestros actos más cotidianos utilizamos de forma casi constante las aportaciones del área espacial: cuando hablamos por teléfono con otro continente, cuando vemos la final de la NBA, al escuchar el pronóstico del tiempo para mañana o simplemente al entrar en Google Maps para ver cómo llegar a nuestro destino. Pero en todos estos casos nos pasa lo mismo que cuando encendemos la luz al entrar en casa: que nunca se nos ocurre pensar en cómo se produce la electricidad que lo hace posible.

Sí, la actividad espacial es algo cotidiano hoy en día, especialmente en su vertiente más prosaica, la de los satélites artificiales terrestres. Pero precisamente por esa cotidianeidad, ha perdido todo el encanto y el poder de atracción que tuviera en sus orígenes. Los satélites que orbitan la Tierra son hoy día tan excitantes como los petroleros que surcan los océanos: sólo saltan a las noticias cuando chocan. Y si pensamos en la vertiente humana, la situación no es muy diferente: ver a los astronautas flotando en la Estación Espacial Internacional es una imagen tan repetitiva y carente de interés, que muy pocos notarían la diferencia si algún día en su lugar nos ponen imágenes de archivo de hace 30 años en el Skylab o la Mir. Cuarenta años después de pisar la Luna y de repetir, al menos en apariencia, las mismas actividades en el espacio, algunos hasta dudan si alguna vez lo hicimos de verdad.

Sin embargo, nunca se ha hecho tanta ciencia como hoy en el espacio. Las sondas espaciales están explorando los más lejanos confines de nuestro Sistema Solar, aumentando nuestro conocimiento del mismo hasta cotas insospechadas hace unas décadas. Y las flotas de satélites científicos en órbita terrestre nos están permitiendo conocer tanto nuestro planeta como el Universo a nivel de espacio profundo de un modo que habría resultado imposible de no existir la actividad espacial.

Pero la sociedad en general permanece ajena a todo esto. Hoy, la exploración espacial tiene tanto atractivo para el ciudadano común como la microbiología: se valoran como importantes sin saber casi lo que son ni para qué sirven, y sin despertar mayor interés. Y, sinceramente, dudo que la repetición de los viajes a la Luna que se plantea la NASA para dentro de algo más de una década, Obama mediante, cambien mucho la situación. Quizás sea muy pesimista, pero hasta dudo que una misión tripulada a Marte tuviera hoy el impacto social y mediático que tuvo la llegada a la Luna, una vez que la presencia humana en el espacio se considera algo habitual y que recibimos desde hace años imágenes de la superficie marciana tomadas por robots. Aceptémoslo: en estos 40 años, la actividad espacial se ha hecho tan cotidiana que ha llegado a parecer aburrida. En el fondo, quizás sea la consecuencia lógica y natural de su madurez. (Foto: NASA)

NOTA: Este artículo de opinión fue publicado por la revista Astronomía en su número de Julio-Agosto de 2009 (nº 121-122) dentro de la sección de opinión "La Tribuna".

17 marzo 2009

Tiger Teams

Continuando con la serie de las contribuciones del sector espacial a la ingeniería que comenzamos con el artículo sobre ingeniería concurrente, hoy hablaremos de los "Tiger Teams", un curioso término cuyo significado en ingeniería es muy diferente al que tenía en su origen.

Probablemente el término “tiger team” sea poco conocido para los ajenos a la aeronáutica, ya que parece que es en esta industria donde más se ha asentado. Y como decía, lo ha hecho con un significado muy diferente al que tenía en su origen, pero que es justamente el que quería comentar hoy, por ser el significado que nació con la actividad espacial. En realidad, el término es muy anterior al programa espacial, y tiene un origen militar totalmente ajeno a la industria: los tiger teams eran (son) esos equipos tan popularizados por el cine de expertos en infiltración, encargados de encontrar los puntos débiles en el acceso a edificios o a información. Es decir, esos que contrata el propio gobierno para que se infiltren en una de sus organizaciones de alta seguridad, o en sus ordenadores más secretos, para encontrar fallos en la seguridad que pueda utilizar el enemigo. En ese contexto, el nombre tiene su sentido, por el sigilo y el camuflaje con el que suelen actuar estos felinos cuando acechan a sus presas.


El caso es que, de alguna forma, este concepto de tiger team que nació en el ámbito militar y de la seguridad, pasó en algún momento a la industria con un significado muy diferente. Cuando hablamos de tiger teams en el contexto industrial, especialmente aeronáutico, nos referimos a equipos multidisciplinares de expertos encargados de solventar un problema complicado; habitualmente son personas ajenas al proyecto en crisis, para poder aportar así ideas "sin contaminar", y con una enorme experiencia en sus áreas respectivas. En aeronáutica es frecuente encontrarlos en campañas de ahorro de peso.

Pues bien, este concepto más ingenieril de los tiger teams también se originó con el programa espacial, o en paralelo con él. Uno de los primeros tiger teams de este estilo fue creado en el contexto del primer programa espacial tripulado norteamericano, el Mercury, para el desarrollo de la cápsula. Los problemas en el desarrollo del primer vehículo espacial tripulado eran múltiples, y el proyecto no hacía más que ir de retraso en retraso, con la amenaza siempre presente de que los rusos se les adelantasen con el envío del primer hombre al espacio (como así fue, finalmente). Por ello, en el transcurso del proyecto se decidió crear un tiger team con expertos de diversas procedencias que dieran salida a los múltiples problemas de escudo térmico, soporte vital, guiado, etc, que tenía el vehículo. Este tipo de tiger teams se convertirían desde entonces en algo relativamente habitual en el programa espacial norteamericano, y quizás su actuación más famosa tuvo lugar durante el accidente del Apollo 13, cuando el tiger team creado para salvar a los tres hombres que se debatían entre la vida y la muerte a medio camino entre la Tierra y la Luna tuvo el tremendo éxito que todos conocemos, con ideas de lo más imaginativas, ideando nuevos procedimientos sobre la marcha, o utilizando los escasos recursos de a bordo para rediseñar equipos de filtrado de CO2, entre otros muchos logros. Aquel tiger team estuvo liderado por el inolvidable Gene Kranz, el que pronunció con motivo de este accidente aquella famosa frase: "El fallo no es una opción".

Desde entonces, los tiger teams han formado parte más o menos habitual de los proyectos aeroespaciales a nivel mundial, y es posible que también en otras áreas de la industria (si alguno de vosotros los conoce en otro ámbito, sería bueno que lo compartiera). Aunque desde luego, creo que pocas veces su trabajo habrá sido tan crítico como lo fue durante la misión del Apollo 13...

08 marzo 2009

Ingeniería concurrente

Todos aquellos que trabajéis en algo relacionado con proyectos de ingeniería, seguro que habéis oído hablar más de una vez de la ingeniería concurrente, y es muy probable que sea ésta la filosofía de trabajo en vuestra empresa. Y el término se ha hecho tan famoso que probablemente muchos de los que sois ajenos a este mundillo también lo habréis escuchado en alguna ocasión. Hoy vamos a hablar sobre ello, sobre qué es la ingeniería concurrente y cómo nació en el contexto de los orígenes de la actividad espacial.

Seguro que este último comentario ya le habrá hecho elevar las cejas a más de uno, porque parece como si eso de la ingeniería concurrente fuera un invento muy reciente. Bueno, la verdad es que hablar en la actualidad de ingeniería concurrente no es ninguna novedad, pero hace 10 ó 15 años parecía que era la panacea, el invento del siglo, eso de lo que todo el mundo hablaba y todo el mundo quería implantar, sin saber muy bien cómo concienciar al personal de que era bueno y necesario...

Pero bueno, antes de seguir, expliquemos en qué consiste esto de la ingeniería concurrente.


En realidad es muy sencillo, al menos en teoría: se trata de que todas las áreas, todas las disciplinas, trabajen de forma paralela y simultánea en un determinado proyecto. Como contraste está el trabajo secuencial: los ingenieros de diseño hacen su diseño, que luego pasa a los ingenieros de producción, que deciden cómo fabricarlo, luego a los diseñadores de utillaje, que diseñan las herramientas necesarias para dicha fabricación y montaje, luego a los planificadores de la producción… En fin, uno detrás de otro, de forma secuencial.

La ingeniería concurrente pretende aumentar la calidad y reducir costes y plazos realizando un trabajo simultáneo, aunque ello requiera un mayor esfuerzo por parte de cada uno de los involucrados, y un cambio de mentalidad. Porque no sólo hay que ponerse de acuerdo entre todos desde el principio para que el producto sea lo más eficiente posible desde el punto de vista de todas las áreas, sino que cada una de las áreas debe ocuparse de ir transmitiendo la información necesaria a las demás para que puedan ir trabajando; y esta información fluye mientras el proceso de diseño está “vivo”, lo que obliga a compromisos de congelar ciertos parámetros en determinados momentos porque su cambio afectaría a los demás, etc. No, no es nada fácil, especialmente cuando estás acostumbrado a trabajar “a tu aire” y, como dice el refrán, “el que venga detrás que arree”.

Por ello, cuando hace unos años empezó a ponerse de moda esto de la ingeniería concurrente, los cambios de mentalidad no fueron sencillos. Por supuesto, era mucho más cómodo que cada uno hiciera su trabajo a su gusto sin interferencias, y cuando lo acababa, pasárselo al siguiente para que hiciera su parte. Al fin y al cabo, así se había hecho toda la vida, ¿no? Y vete tú a decirle, ingeniero de pacotilla dedicado al diseño que no tocas piezas sino sólo papeles, a un bregado ingeniero de producción con las suelas de los zapatos incrustadas de virutas metálicas y la ropa manchada de taladrina, que venga a tu mesa a decirte cómo vais a fabricar eso que aún ni siquiera se ha diseñado... "¡Tú haz tus dibujitos, que ya nos encargaremos nosotros después de hacer lo que tengamos que hacer para sacar una pieza decente!" De todo esto no hace tanto, ¿verdad? Estoy seguro de que os suena a más de uno.

Hoy, en cambio, los proyectos comienzan prácticamente con todos los actores sentados a una misma mesa e intercambiando opiniones sobre la mejor forma de empezar desde una hoja de papel en blanco. Y luego, mientras los diseñadores empiezan a pelearse con sus pantallas de CAD, los de producción ya están empezando a preparar sus utillajes, los de compras van encargando los materiales, y los de calidad empiezan a preparar los planes de inspección, por ejemplo. Pero, ¿cómo, si ni siquiera hay aún un dibujo de la pieza? Hubiera parecido magia hace unos años, pero todo el mundo trabaja en paralelo... y el proyecto se hace en la mitad o la tercera parte del tiempo que se hacía hace una o dos décadas.

¿Quién inventó esto? ¿La aeronáutica, esa industria tan avanzada? Qué va, hace tiempo que los de automoción nos superaron en estos temas de organización industrial. ¿Fueron los de los coches, entonces, esos que tanto han revolucionado la gestión industrial en los últimos tiempos? Frío, frío... ¿Los japoneses? ¿Los coreanos...?

Pues no: la ingeniería concurrente nació en los Estados Unidos en plena Guerra Fría, entre los años 50 y 60, en el seno de la Fuerza Aérea y del Ejército norteamericanos. En concreto, nació en el seno de los grupos de ingenieros de desarrollo de misiles que intentaban recuperar el terreno perdido frente a los soviéticos, tras la impactante puesta en órbita del primer satélite artificial de la historia: el Sputnik.

La sorpresiva victoria de los rusos con el lanzamiento de este satélite demostraba a los norteamericanos que aquellos habían desarrollado un misil con capacidad intercontinental, mientras que los desarrollos patrios se limitaban por entonces a misiles de corto alcance, y el que debía ser su primer misil balístico intercontinental, el Atlas de la Fuerza Aérea, se encontraba aún en pañales.

El Sputnik provocó una enorme conmoción en muchos ámbitos de la política y la sociedad norteamericanas (los interesados podéis leer un amplio reportaje que escribí sobre el tema aquí), pero centrándonos en el asunto que abría esta entrada, creó un enorme sentimiento de urgencia en el campo del desarrollo de misiles en los Estados Unidos.

Y éste fue el origen, entre otros, del nacimiento de la ingeniería concurrente: había que acortar los plazos de desarrollo de misiles de una forma drástica, y una de las formas de conseguirlo era evitar el trabajo secuencial en ingeniería. Había que trabajar en equipo, suministrando cada fase previa a la siguiente los datos básicos mínimos para que pudieran ir iniciando sus trabajos mientras la fase anterior seguía avanzando en el suyo. Con el tiempo y las ayudas tecnológicas (la informática y el CAD ayudaron muchísimo), el concepto se ha ido perfeccionando, pero la ingeniería concurrente nació con el desarrollo de los primeros misiles balísticos durante la Guerra Fría. Que es casi lo mismo que decir que nació con el programa espacial, al ser éste consecuencia directa de aquellos.

Bueno, y aquí debería finalizar esta entrada. Pero lo cierto es que no tengo la certeza de que toda esta historia que os he contado sea cierta. No, no es que haya querido contaros un cuento chino o que tenga motivos para tener dudas, y lo cierto es que la historia “suena creíble”… pero es que no consigo recordar cómo, cuándo o dónde supe todo esto, y eso hace que no me sienta cómodo. Es una historia que he contado numerosas veces a lo largo de los años cuando he dado cursillos a personal inexperto en mi empresa, sin plantearme nunca su origen, pero ahora, llegado el momento de escribir sobre ello, me ha surgido la duda, porque no recuerdo la fuente. He buscado por todas partes y no he conseguido encontrar nada que confirme o refute lo que os acabo de contar. Así que, sin saber cómo lo supe, no pongo la mano en el fuego por esta historia, que por otra parte es de lo más atractiva. Si alguno de vosotros tiene información sobre la veracidad o no de estos orígenes de la ingeniería concurrente, estaría encantado de que nos lo contase por aquí. ¡Saludos!

20 noviembre 2008

La Crisis de los Misiles de Cuba

Ya sé que no es un tema de astronáutica, pero tiene cierta relación cercana, ya que en aquella época el desarrollo de misiles y el de cohetes espaciales iban íntimamente unidos. En cualquier caso, creo que el análisis de aquella crisis es un tema apasionante, y por eso escribí un artículo hace algún tiempo que publiqué en Historia 16, incluyendo algunas recientes revelaciones que nos hacen estremecernos aún más al demostrarse lo cerca que estuvimos de una guerra nuclear en 1962.

En fin, no me enrollo más, esto era sólo para informaros de que he colgado dicho artículo en mi web principal, podéis encontrarlo aquí, si os interesa.

25 septiembre 2008

¿Mentiras espaciales? No eran exclusivas de los soviéticos

Uno ya tiene una edad en la que empieza a no sorprenderse de casi nada. Con el tiempo te vas dando cuenta de que nada es blanco ni negro, que nada es totalmente bueno o totalmente malo, y que no todo es lo que parece. Sin embargo, no deja de ser triste encontrarse con hechos como el que voy a relataros aquí.

En el contexto de la historia espacial, siempre se ha puesto a la época soviética como un ejemplo de cómo no deben hacerse las cosas en materia de transparencia informativa. Efectivamente, durante décadas los rusos no sólo ocultaron buena parte de lo que ocurría en su programa espacial (y en muchas otras áreas, por supuesto), sino que a menudo mintieron descaradamente e incluso llegaron a falsificar documentación, como los famosos retoques de fotografías para eliminar a personajes que con el paso del tiempo se habían convertido en personas “non gratas” (lo que daría pie a numerosas leyendas sobre cosmonautas muertos en misiones secretas, demostrando que a menudo lo que se consigue con el secretismo es mucho peor que lo que se pretendía evitar).

Frente a esto, la NASA y los Estados Unidos aparecían como un ejemplo de honestidad y transparencia. Por supuesto, la parte militar siempre ha estado “clasificada” y nunca se ha dado información sobre ello (bueno, ahora, cinco décadas después, empiezan a desclasificarse documentos sobre algunas de las primeras misiones), pero esto parecía lógico, y de todas formas no es lo mismo ocultar algo que mentir sobre ello.

Pues bien, no es así. La NASA también miente cuando le interesa. Y por razones no muy diferentes a las que originaban muchas de las mentiras soviéticas. ¿Recordáis todas esas misiones rusas que se declaraban como “un éxito”, que transcurrían “sin novedad”, y que con el paso de los años se demostró que habían estado repletas de fallos en ocasiones de suma gravedad? Parecía que eso nunca ocurriría con la NASA, ¿verdad? Inocentes…

No me refiero a ocultar algún dato o a intentar suavizar algún problema. Uno puede entender que ciertos incidentes menores ocurridos durante las misiones no se cuenten a la opinión pública; al fin y al cabo, a nadie le agrada exponer los trapos sucios. También se puede entender que se intenten minimizar los problemas de cara al exterior con una sonrisa mientras por dentro se sufren sudores para solucionarlos. Esto se entiende. Pero hablamos de algo mucho más grave, desde mi punto de vista.

No es la primera vez que la NASA miente. Seguro que lo ha hecho muchas veces, pero en el contexto que comentaba arriba, muchas “mentirijillas” pueden considerarse “pasables”. Mintieron, por ejemplo, cuando en 1997 quisieron quitar importancia al grave incendio que tuvo lugar en el interior de la Mir comunicando que su duración había sido de 90 segundos. Cuando el astronauta norteamericano que lo sufrió a bordo volvió a la Tierra y se sintió indignado ante esta mentira, explicando a la prensa que el fuego se mantuvo sin posibilidad de ser extinguido durante 15 minutos, la NASA se justificó diciendo que seguramente alguien había añadido por error un punto entre el 1 y el 5, convirtiendo los 15 minutos en 1,5, es decir, 90 segundos. En fin, se les vio el plumero, pero al menos nunca ocultaron que el fuego había existido.

Pero lo que voy a contaros ahora me parece bastante serio, y para mi supone un importante descrédito para la política informativa de la agencia norteamericana. Se trata del intento de ocultar el grave problema ocurrido durante el aterrizaje de la misión STS-37 del transbordador espacial, el 11 de abril de 1991, habiéndose llegado a tergiversar documentos oficiales para encubrirlo.

Me refiero al informe de la misión, el “Mission Report” que se edita para cada una de las misiones del transbordador espacial. Este informe recoge los principales eventos de la misión, incluidos pequeños problemas, con una extensión que en este caso concreto es de 33 páginas. Se trata de un documento que la NASA ofrece como de acceso público, en lo que parece una fantástica muestra de transparencia informativa, al tratarse de un documento puramente técnico. El problema es que esta transparencia se convierte en una estafa cuando se demuestra que el documento miente flagrantemente.

No creo estarme pasando al decir esto, teniendo en cuenta que en la página 3 del documento (página 8 del pdf disponible a través del servidor de documentos técnicos de la NASA) dice, refiriéndose al aterrizaje, que éste “fue normal en todos los aspectos”. No sabía que ahora se consideraba normal aterrizar fuera de pista porque al piloto le había resultado imposible llegar a alcanzarla.

El informe no habla en ningún otro lugar de los problemas sufridos durante la fase de aproximación y aterrizaje. A esta fase, que generó momentos de gran tensión tanto en tierra como a bordo del Atlantis, el informe le dedica un único párrafo de 5 líneas en la página 3, con las horas de toma de contacto con tierra y el comentario de que “fue normal en todos los aspectos”. Señores, esto para mi es una flagrante mentira, y que luego me ofrezcan este documento técnico magnánimamente como prueba de transparencia, me parece una tomadura de pelo. ¿Qué credibilidad le doy a toda esta información suministrada “abiertamente” por la NASA a partir de ahora?

No me extenderé mucho sobre los problemas de la misión STS-37 durante su aproximación y aterrizaje a la Base Aérea de Edwards, porque requerirían un artículo específico (está hecho, y saldrá en el número de octubre de Espacio), pero os diré brevemente que, debido a una combinación de fuertes vientos en la zona de aterrizaje, mala comunicación entre el control de la misión y la tripulación, y algún pequeño fallo humano adicional del piloto, la tripulación del Atlantis se encontró en la fase final de la aproximación con su aparato cayendo a tierra sin posibilidad alguna de alcanzar la pista de aterrizaje. La toma de contacto con el suelo se produjo 1600 pies antes de la cabecera de pista (casi 500 metros), y no terminó en catástrofe gracias a que se producía sobre la perfectamente llana extensión de un lago seco. De haberse producido este mismo problema en la pista pavimentada del Centro Espacial Kennedy, en Florida, es muy posible que la misión hubiera terminado en desastre. Todo esto lo sabemos gracias a que lo ha revelado el que fuera entrenador de vuelo de los astronautas para la fase de aterrizaje en aquella época, Daniel Deger. También la revista Aviation Week mencionó muy brevemente el problema tras la finalización de la misión, a través de unas breves declaraciones del comandante a su corresponsal, pero sin dar ningún tipo de detalle. Por parte de la NASA, no parece que nunca haya habido información oficial del incidente. No puedo asegurarlo al 100%, ya que en 1991 Internet no era lo que es hoy día, y para comprobar exhaustivamente la prensa de aquella fecha tendría que meterme en alguna hemeroteca norteamericana (cosa que, lógicamente, no me resulta muy práctico); pero el hecho de que no aparezca reflejado en ninguna publicación posterior, en ninguna recopilación de accidentes o incidentes, y que sea tan desconocido para la mayoría de los aficionados, me hace pensar que, efectivamente, la NASA nunca informó de ello. Desde luego, lo que sí puedo asegurar es que, a día de hoy, no he podido encontrar ningún documento público de la NASA sobre aquella misión (y hay bastantes) que refleje el incidente.

Para los lectores más “frikis”, os comentaré que hay algunas pequeñas discrepancias entre lo publicado en su día por Aviation Week y las declaraciones más recientes de Daniel Deger al respecto de la misión STS-37. Son datos que no he podido incluir en el artículo de Espacio por razones de extensión, pero que comentaré aquí para los interesados: según Aviation Week, la toma de contacto con el suelo se realizó a 600 pies de la cabecera de pista, mientras que según Deger fue a 1600 pies; puesto en contacto con Deger para comentarlo, él me confirma que 1600 pies es la cifra correcta, y por su vehemencia me inclino a pensar que lo de Aviation Week pudo ser una errata. Otra discrepancia está en la velocidad de toma de tierra, que para la revista fue de 167 nudos y para Deger de 157 (siempre muy por debajo del mínimo establecido, en cualquier caso); personalmente, no sabría por quién decantarme en este dato.

Ha habido algún otro caso similar, aunque ha podido corregirse sin llegar a estos extremos. Sabemos de al menos otra misión (STS-31) que sufrió serios problemas para alcanzar la pista, y que sólo lo consiguió después de que el piloto “estirase” al máximo la senda de planeo a costa de disminuir su velocidad por debajo de los límites marcados por los procedimientos. Tampoco esto había sido revelado oficialmente por la NASA, pero uno puede entender que un caso así no salga a la luz, y hasta que se pueda considerar como un aterrizaje más o menos “normal” (el piloto no diría lo mismo, pero bueno, al menos se consiguió salvar la situación y se aterrizó en la pista sin mayor problema). Pero un aterrizaje 500 metros antes de la cabecera de pista, como el del Atlantis en la misión STS-37, no es normal por mucho que intenten convencerme de ello. ¿Que afortunadamente el suelo era como un espejo y no pasó nada? Pues sí, menos mal. Pero no creo que eso le convenza a nadie de que el aterrizaje ha sido normal; vamos, ni borracho…

Como decía al comienzo de esta entrada, es muy triste encontrarse con algo así. No ya por el hecho de haberlo intentado ocultar, que puede ser disculpable, sino por presentar los hechos de forma tergiversada en un documento oficial. Lo más triste para mí es que ya nunca me sentiré seguro confiando en un documento oficial de la NASA. Porque estoy convencido de que casos como éste son la excepción… ¿pero cómo saber si el documento que te interesa, el que estás utilizando tras una larga búsqueda para documentarte sobre algún oscuro asunto de la historia de la exploración espacial, es una de estas excepciones?

En los inicios de la exploración espacial, se ponía la transparencia de la NASA, sacando a la luz los problemas de sus misiones, como un ejemplo de buen hacer frente al secretismo soviético. Ello le dio a la NASA una gran credibilidad, y lo que inicialmente podía parecer una debilidad, al ser el mundo entero testigo de sus fracasos, se convirtió en realidad en una gran fortaleza que le proporcionó un gran prestigio. La NASA se dio cuenta de esto, y convirtió la transparencia informativa en su bandera.

Ahora, parece que esta organización ha caído en el mismo grave error que su antiguo rival, intentando ocultar los problemas de cara al exterior para dar una imagen de buen hacer y armonía, aunque sea a costa de falsear el contenido de un documento técnico. Esa transparencia informativa que iniciaron en su día se les ha vuelto en contra cuando han querido empezar a ocultar información; no podían dejar sin publicar un “Mission Report”, porque lo habían hecho siempre, era una de sus muestras de transparencia, y no hacer público uno demostraría que había algo que ocultar. Así que se mantuvo la política de apertura, pero falseando el contenido. Esto es una traición a toda la tradición de la organización, y a toda la opinión pública. Con actuaciones como ésta, toda la credibilidad que ganaron en su día la han perdido.

Pero no es sólo eso. No sólo es que con estas actuaciones la NASA pierda la credibilidad y la honestidad que tradicionalmente se le han atribuido, lo cual ya es suficientemente grave por sí solo. Es que, además, creo que pretender ocultar los problemas es un gran error. Y ellos deberían saberlo más que nadie. Como decía antes, la NASA se engrandeció en los comienzos del programa espacial precisamente cuando la gente pudo ver los problemas, las enormes dificultades que encerraba el vuelo espacial, con sus riesgos y sus fracasos, y cómo se fueron solucionando. Si se quiere de verdad apasionar a la gente con la astronáutica, se conseguirá mucho mejor presentando ésta como lo que es, una actividad tremendamente compleja y repleta de riesgos que se van sorteando con esfuerzo, y no como un camino de rosas que se recorre de forma rutinaria y sin incidentes, que es lo que parece que se quiere hacer ver desde la década de los 80-90. Para mí, esto es un error. Y si además se lleva al extremo comentado aquí de caer en la deshonestidad, rozando la falsedad documental, se convierte en un grave error que podría echar por tierra todo el prestigio y la credibilidad conseguidos a lo largo de los 50 años de vida de la organización. Sin embargo, por suerte pare ellos (triste suerte), el interés por la actividad espacial es tan escaso hoy en día que al final estas revelaciones terminan pasando totalmente desapercibidas. (Imagen: Disney)

28 agosto 2008

Los militares y la Luna

En 1958, la estrategia militar era muy diferente a la de hoy en día. Por aquel entonces, la utilización de armas nucleares parecía lo normal en caso de estallar una guerra entre las dos grandes potencias, Estados Unidos y la URSS, y se asumía como lógico que, en ese caso, lo ideal era llevar a cabo un ataque por sorpresa y masivo que dejase al enemigo sin capacidad de respuesta, o al menos reducir ésta a su más mínima expresión.

Era una época en la que en los Estados Unidos la televisión emitía programas que instruían a la población sobre las precauciones a tomar en caso de ataque nuclear. En las viviendas unifamiliares empezaron a proliferar los refugios antiatómicos, y fue en este contexto cuando los temibles rusos comunistas pusieron el primer satélite artificial de la Tierra en órbita.

Ya he expresado en varias ocasiones (en diferentes artículos en revistas, y próximamente también en la biografía de Von Braun, para la que ya falta poco) el tremendo impacto que el lanzamiento del Sputnik tuvo sobre la sociedad estadounidense, pero voy a centrarme ahora en una parte más concreta, que fue el estamento militar. Por supuesto, gran parte de los temores se centraban en lo que podrían hacer los soviéticos desde un punto de vista bélico con esa tecnología a su alcance, y por ello las miras de los militares se volvieron con gran interés hacia el espacio; no sólo hacia la órbita terrestre, sino también hacia el siguiente objetivo natural, la Luna.

A uno y otro lado del telón de acero se pensaba en la posibilidad de establecer estaciones espaciales repletas de misiles nucleares, capaces de lanzar un ataque por sorpresa sobre territorio enemigo desde el espacio. El propio Von Braun propuso una estación de este tipo poco después de llegar a los Estados Unidos desde Alemania, cuando aún los sueños espaciales no pasaban de ser eso, sueños, con la esperanza de animar a los militares a invertir en el espacio. Y también el premier soviético Nikita Khrushchev soñó durante años con una estación militar similar. Pero con lo que también se soñaba en ambos lados, sobre todo a finales de los años 50, era con bases militares en la Luna.

Ya sé que no os digo nada nuevo con todo esto, pero quizás lo más curioso sea ver cómo se justificaba internamente en el estamento militar una infraestructura de este tipo. Hoy en día, establecer bases en la Luna para llenarlas de misiles nucleares con la intención de dispararlos hacia la Tierra parece absurdo, si lo mismo lo podemos hacer de forma más que efectiva desde nuestro propio planeta (ya sea desde tierra firme, desde aviones o desde submarinos). Pero en 1958 las cosas se veían de forma muy distinta.

El 28 de enero de 1958, apenas 4 meses después del lanzamiento del Sputnik, el Subdirector de Investigación y Desarrollo de la Fuerza Aérea, General Homer Boushey, declaraba lo siguiente: “Se ha dicho que aquel que controle la Luna controlará la Tierra. Nuestros estrategas deben evaluar cuidadosamente esta aseveración, y, si es cierta (y yo por mi parte creo que lo es), entonces los Estados Unidos deben controlar la Luna”. No era algo realmente nuevo; más o menos los mismos argumentos habían sido utilizados por diferentes miembros del partido demócrata para criticar al presidente republicano Eisenhower por haberse dejado adelantar por los rusos en la recién iniciada carrera espacial. Lo curioso es cómo Boushey argumentaba estas declaraciones.

Primero, observemos que se habla de “controlar la Luna”. Es decir, se parte de la premisa de que el que país que llegue hasta allí, tomará posesión de nuestro satélite. No se plantea qué pasaría si poco después de una hipotética llegada de los norteamericanos llegasen también los rusos a reclamar su parcela lunar… Pero bueno, volvamos al relato; según Boushey, una de las utilidades militares de la Luna proviene del hecho de que presente siempre una misma cara dirigida hacia la Tierra. Ello permitiría ubicar en esta “cara vista” telescopios capaces de espiar de forma ininterrumpida sobre territorio enemigo, mientras que en la “cara oculta” podrían llevarse a cabo actividades militares bajo el secreto más absoluto. Claro, no pensaba Boushey que mucho antes de que los Estados Unidos pudieran montar una infraestructura de esas características sobre la superficie de nuestro satélite, ya tendrían sus enemigos capacidades más que sobradas para poner satélites en órbita lunar capaces de observar la “cara oculta”. Y tampoco parecía darse cuenta de que un satélite espía en órbita terrestre tendría fácilmente más resolución, y sería mucho más económico, que un telescopio en la Luna. Pero bueno, era 1958, y al fin y al cabo hablamos de lo que pensaban los militares, no técnicos o científicos…

Pero mucho más interesante es el argumento sobre la utilización de la Luna como una gigantesca base repleta de misiles nucleares. Según exponía Boushey, un misil lanzado desde la Luna tardaría dos días en llegar a la Tierra; lo mismo tardaría uno lanzado desde la Tierra hacia la Luna. De modo que si la URSS realizaba un ataque nuclear masivo contra los Estados Unidos destruyendo la totalidad de su arsenal atómico, dos días después todos los misiles estacionados en la Luna caerían sobre territorio ruso. Si, para evitar esto, los rusos lanzaban primero un ataque contra la Luna, debido a los dos días que tardarían en llegar, el elemento sorpresa estaría perdido; los Estados Unidos detectarían fácilmente el ataque, y podrían contestar con sus propios misiles continentales, o incluso disparando los de la Luna antes de que llegase hasta ellos la oleada enemiga.

No parece importar que la Tierra se convirtiera en un campo de batalla nuclear a nivel global: aquello era 1958, y el arma atómica era el arma por excelencia, el juguete preferido de los militares. Ya se sabe, las guerras son las guerras, y la devastación no es más que un daño colateral en la consecución de los objetivos militares… Poco importaba que pocos años atrás Mahatma Gandhi ya hubiera advertido aquello de “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. Al fin y al cabo, ¿quién iba a escuchar a un indio vestido con harapos?

Hoy las cosas han cambiado un poco. La guerra nuclear total ha sido descartada de los manuales militares como estrategia apropiada en caso de conflicto, aunque siga existiendo arsenal nuclear suficiente en el mundo para acabar varias veces con la vida en nuestro planeta. Pero, sobre todo, ha cambiado la tecnología. En 1958, los misiles nucleares eran enormes artefactos que precisaban de muchas horas de preparación previa a su lanzamiento y de complejas infraestructuras de apoyo. Hoy, cualquier avión, barco o submarino puede llevar unos cuantos. Aunque se desatase un ataque preventivo masivo de una potencia nuclear sobre otra, anulando la capacidad de represalia desde silos terrestres, aún quedarían bastantes decenas de cabezas nucleares desplegadas en submarinos desde los que poder contraatacar. Esto empezó a resultar evidente pocos años después del lanzamiento del Sputnik, cuando el rápido desarrollo de las tecnologías de misiles y satélites dejaron completamente obsoletas las ideas de bases militares sobre la Luna. Así, en la década de los 60 la Luna pasó a convertirse en un objetivo únicamente político, olvidada ya en los sueños megalomaníacos de los militares. Las miras de estos se volvieron entonces hacia la órbita terrestre: satélites espía, armas antisatélite, estaciones militares, naves espaciales de combate, bombarderos orbitales, satélites antimisiles, satélites antisatélite… todo esto y mucho más ha ido pasando desde entonces por las mesas de los altos mandos militares de las grandes potencias. Y muchas de esas ideas siguen en vigor hoy en día. Pero ésa es otra historia…

29 julio 2008

URGENTE: Documental La Carrera Espacial ¡AHORA!

"La Carrera Espacial", el magnífico docudrama del que creo haber hablado aquí en alguna ocasión, está siendo emitido EN ESTE MISMO INSTANTE en La 2 de RTVE. Hora de emisión: de 17:00 a 18:00.

Se trata de una serie documental dramatizada sobre los años de la Carrera Espacial, desde los inicios de Von Braun en Alemania con la V-2, hasta la llegada del hombre a la Luna. La serie, de 4 capítulos de unos 50 minutos de duración cada uno, refleja fielmente este periodo histórico a través de actores que interpretan a las principales figuras históricas a ambos lados del telón de acero. El programa presenta no sólo la parte más conocida de la actividad norteamericana en el espacio durante aquellos años, sino también la no tan conocida actividad que tenía lugar de forma paralela al otro lado del telón de acero, en la Unión Soviética.

Como ya he dicho, la serie es de una gran calidad y fidelidad histórica, además de ser tremendamente amena y agradable de ver a poco que te interese el tema. Aunque contiene algún que otro pequeño error, estos son despreciables, sin importancia, y totalmente disculpables en un producto de este estilo. Se trata de una coproducción de la BBC con el Canal 1 de Rusia, y ya fue emitida en España en este mismo canal, La 2, hace un año (también en verano, y también por las tardes). Yo la había visto más o menos un año antes de su emisión en España en versión original en inglés, que los interesados podréis encontrar en la web. Esto es lo único que se le puede reprochar a la versión emitida por RTVE: que el doblaje no es fiel en cuanto al respeto a los acentos. En la versión original, se distingue perfectamente el acento ruso y el alemán cuando hablan los respectivos actores; en España, el doblaje es neutro en todos los casos, aunque bien es cierto que esto es a lo que estamos acostumbrados en cualquier película. Otro pequeño defecto de esta emisión es su conversión al formato 4:3, no respetándose el 16:9 original. Por lo demás, ya digo que es altamente recomendable.

Hoy se está emitiendo el primer episodio, y en los próximos días irán emitiéndose los 3 restantes, hasta el viernes. Siempre por La 2 a las 17:00. Si no podéis verlo, intentad grabarlo; merece la pena.

30 abril 2008

El accidente de la Soyuz TMA-11 fue culpa de las mujeres

Parece que el machismo en Rusia sigue estando a la orden del día. Aunque la verdad es que no sólo pasa en Rusia... no hay más que recordar las "perlas" que ha soltado recientemente Berlusconi sobre la composición del nuevo gobierno español (con más mujeres que hombres), o algunas que también hemos oído y leído por estos mismos pagos al respecto...

Pero sí, volviendo al principio, parece que Anatoly Perminov, director de la agencia espacial rusa (Roskosmos) necesita unas cuantas clases de diplomacia cuando se trata de hablar de mujeres en el espacio. Bueno, y quizás también necesita un poco de cultura científica para dejar de creer en absurdas supersticiones. O a lo mejor simplemente necesita un par de leches, a ver si espabila (perdón, que uno se va calentando...)

El caso es que, no contento con haber decidido recientemente eliminar el número 13 en la contabilidad de las misiones Soyuz TMA, no sea "que pase algo" (con lo que pasaremos de la Soyuz TMA-12 a la 14 directamente), ahora se nos despacha con que quizás el hecho de que hubiera dos mujeres a bordo de la última nave Soyuz que volvió a la Tierra podría haber sido la razón de los serios problemas experimentados durante la reentrada. Y el tío se queda tan serio...

Como sabéis, el pasado sábado día 19 tenía lugar el retorno a la Tierra de la misión Soyuz TMA-11 procedente de la Estación Espacial Internacional. A bordo viajaban el cosmonauta ruso Yuri Malenchenko, la norteamericana Peggy Whitson (primera mujer comandante de una tripulación a bordo de la ISS), y la astronauta surcoreana So-Yeon Yi. Es decir, dos mujeres y un hombre (algo que parece que a Perminov le chirría bastante). Y la vuelta de esta nave a la Tierra fue de lo más accidentada, perdiéndose contacto por radio desde los inicios de la reentrada, descendiendo en una trayectoria balística (no la habitual) que sometió a sus ocupantes a tremendas aceleraciones, y aterrizando a más de 400 km del lugar previsto, sin que el control de la misión conociera el estado ni el paradero de la nave hasta 30 minutos después del aterrizaje. Un descenso repleto de fallos gravísimos, en lo que pudo haber sido una repetición del accidente de la Soyuz 5 en 1969 (en el que su único ocupante casi muere incinerado), y que está siendo investigado con seria preocupación. No me enrollo más, porque en el próximo número de Espacio (junio) dedico un artículo completo al análisis de este grave incidente.

Pues bien, en una rueda de prensa sobre estos problemas, alguien le preguntó a Perminov (también el periodista se las trae…) si pensaba que el problema podría estar relacionado con una superstición rusa que dice que tener mujeres a bordo de un barco da mala suerte. Y nuestro hombre, tan tranquilo y convencido responde que “como usted sabe, en Rusia estas cosas son de mal augurio, pero gracias a Dios, todo salió bien. Por supuesto, en el futuro intentaremos que el número de mujeres no supere al de hombres”. Al escuchar esto, otro periodista entró al trapo acusándole de sexismo, a lo que Perminov respondió que “Esto no es discriminación. Simplemente digo que cuando hay mayoría de mujeres, a veces surgen algunos comportamientos no autorizados o bien ocurren otras cosas”. No explicó a qué se estaba refiriendo.

En fin, creo que no merece más comentarios por mi parte. Hacedlos vosotros mismos.

Como decía al principio, el sexismo sigue existiendo en buena parte del mundo. Pero lo cierto es que tanto la sociedad rusa como su programa espacial siempre han sido tremendamente sexistas, a pesar de que la propaganda soviética haya querido dar imagen siempre de lo contrario. Es cierto, la primera mujer en el espacio fue una rusa, Valentina Tereshkova, en una época en la que en los Estados Unidos nadie se planteaba incluir a mujeres en tareas de estas características. Pero lo cierto es que Tereshkova voló por decreto, por decisión política para, precisamente, hacer propaganda de cara al exterior sobre lo democrático que era el régimen comunista, “incluso para las mujeres”. Y lo hizo con el desagrado de todos los responsables del programa espacial soviético, empezando por Korolev. La muestra es que pasarían nada menos que 19 años hasta que otra mujer rusa subiera al espacio, Svetlana Savitskaya, en agosto de 1982. Y de nuevo se trató más bien de propaganda, para adelantarse a los norteamericanos ante la próxima puesta en órbita de la primera mujer por su parte, Sally Ride, en junio de 1983. Savitskaya volvió al espacio en julio de 1984, de nuevo para batir a los americanos con el primer paseo espacial femenino, 3 meses antes de que Kathryn Sullivan pudiese anotarse el tanto para los Estados Unidos. Elena Kondakova sería la terrcera y última mujer rusa en el espacio, formando parte de una tripulación a bordo de la Mir entre 1994 y 1995. Desde entonces, las mujeres han ido logrando un espacio cada vez mayor (aunque aún menor que los hombres) en el programa espacial norteamericano, pero ninguna más ha subido al espacio por parte rusa. A día de hoy, no hay mujeres en el cuerpo de cosmonautas ruso. Significativo, ¿no? (Foto: Roskosmos)

ACTUALIZACIÓN: Como me señala Pepe en los comentarios, sí hay a día de hoy una mujer en el cuerpo de cosmonautas ruso: se trata de Yelena Serova, seleccionada en octubre de 2006 y que aún puede considerarse "aspirante" al encontrarse en proceso de entrenamiento. Gracias a Pepe por la corrección.

20 marzo 2008

El legado de Arthur C. Clarke

Ayer, 19 de marzo de 2008, murió a los 90 años el famoso escritor británico de ciencia ficción Arthur C. Clarke. La mayoría lo conocimos por su famoso libro “2001, una odisea del espacio”, aunque seguramente somos muchos más los que vimos la (rara) película de Stanley Kubrick basada en esta obra. Lo que ya no sabe tanta gente es que, además de escritor, Clarke era físico y matemático, además de un gran aficionado a la astronomía y a la astronáutica; que fue presidente de la Sociedad Interplanetaria Británica (BIS), la más antigua asociación dedicada al fomento de la astronáutica; y, sobre, todo, y ésta es la principal razón por la que le recordamos aquí, que fue el primero en establecer la utilidad de la órbita geoestacionaria para ubicar en ella satélites de comunicaciones que pudieran dar cobertura global a nuestro planeta. Quizás lo más asombroso es que esto lo propuso en fecha tan temprana como 1945, cuando hablar de viajes al espacio exterior no era aún más que ciencia-ficción.

No me extenderé más, simplemente quería recordar aquí esta no tan conocida aportación de este genial escritor a la ciencia y la tecnología del siglo XX y venideros. Naturalmente, si no hubiese escrito Clarke su artículo sobre “Repetidores extraterrestres” en 1945, no hubiese tardado algún otro científico en darse cuenta de la utilidad de la órbita geoestacionaria con estos fines, con lo que en realidad la historia hubiese transcurrido por el mismo camino con o sin Clarke. Pero, aunque se tratase de un descubrimiento evidente tarde o temprano, no podemos negarle a Clarke el honor de haber sido el primero en darse cuenta de ello. Vaya con él, pues, nuestro reconocimiento.

17 marzo 2008

Un Buran en Alemania: la odisea del Buran

Triste historia la del Buran. Ya sabéis, esa “copia” rusa del transbordador espacial norteamericano, que realizó una sola misión de pruebas con un completo éxito en 1988, para terminar aplastado en 2002 al derrumbarse el hangar que lo alojaba en Baikonur. Hoy, todo lo que queda de aquel impresionante proyecto es el prototipo de ensayos estructurales, convertido en una atracción turística en el Parque Gorki de Moscú. Otro prototipo similar, también para ensayos estáticos, se oxida actualmente a la intemperie en algún remoto lugar de Baikonur. Y el prototipo de ensayos en vuelo, equipado con turborreactores que le permitían despegar de forma autónoma, para luego apagarlos a una determinada altura y hacer las pruebas de planeo representativas del aterrizaje al final de la misión, estaba hasta ahora abandonado a su suerte en el puerto de Manama, capital del pequeño estado de Bahrein, en el Golfo Pérsico.


¿Qué hacía un Buran en Bahrein, aparte de oxidarse? Pues en realidad ésta no fue más que la última etapa de un viaje comercial que terminó mal: el vehículo había dejado Rusia en 1999, cuando una empresa australiana lo compró para convertirlo en una atracción turística durante los Juegos Olímpicos de Sydney, en 2000. Pero la iniciativa fue un fracaso: la ausencia de visitantes llevó a la compañía que lo explotaba a la quiebra, de modo que, ante la incapacidad para cumplir los pagos acordados, el vehículo pasó a pertenecer de nuevo a su anterior dueño, la compañía espacial rusa NPO Molniya.

Pero NPO Molniya no tenía dinero ni interés en devolver el Buran a Rusia; se decidió buscar un comprador, y el ejemplar llegó a ser ofrecido en subasta en Los Angeles. Sin embargo, nadie estaba interesado en pagar los 6 millones de dólares que se solicitaban como precio de partida, de modo que el prototipo fue arrinconado a la intemperie a las afueras de Sydney, expuesto a la corrosión y los actos vandálicos, con el polvo y los graffittis haciéndose dueños del vehículo.


En 2002 apareció un comprador, SSWT, una empresa de Singapur que había decidido enviarlo al pequeño reino de Bahrein para participar en el Festival de Verano de su capital, Manama. Finalizado éste, planeaban trasladarlo a Tailandia para seguir explotándolo como atracción turística, pero de nuevo los problemas económicos lo impidieron: NPO Molniya denunció a la empresa singapurense SSWT por impago, y el vehículo quedó anclado en Bahrein mientras se discutía en los tribunales. Así, este Buran volvió a quedar olvidado a la intemperie en un almacén de chatarra en 2002.

Entretanto, el Technik Museum Speyer, sito en la ciudad alemana de Espira (o Speyer, en alemán), a unos 100 km al sur de Frankfurt, llevaba tiempo interesado en adquirir algún ejemplar del Buran para exhibirlo en sus instalaciones. Después de que sus pesquisas dieran con estos restos perdidos en Bahrein, los responsables del museo se pusieron en contacto con NPO Molniya para cerrar su compra una vez se solucionara con éxito el pleito abierto contra SSWT. Pleito que se cerró a finales de 2006 con un veredicto a favor de la empresa rusa.

Pero esto no fue el final de esta larga odisea. Mientras se debatía en los tribunales, SSWT había cerrado un acuerdo con los organizadores de la Exposición Aeronáutica Internacional de Malaysia 2007 para exhibir allí este prototipo del transbordador ruso. Y esto condujo a otro pleito contra NPO Molniya que volvió a dejar al vehículo en tierra de nadie, en el almacén de chatarra, durante más tiempo.

Finalmente, y después de una larga serie de más de 20 pleitos, parece que la historia se ha solucionado a favor de NPO Molniya y el Technik Museum Speyer, de modo que el pasado 4 de marzo este ajado prototipo del Buran zarpó de Manama a bordo de un barco rumbo al puerto holandés de Rotterdam, donde se espera que llegue a finales de mes. Desde allí será transportado mediante barcazas fluviales por ríos y canales hasta su destino final.

La operación no ha estado exenta de tensión, pues, mientras era izado para cargarlo en el barco, uno de los cables se soltó, estando el vehículo a punto de golpear contra el muelle. Afortunadamente, quedó suspendido precariamente a escasa distancia del suelo, pudiendo solucionarse el incidente sin mayores daños.


Como decía al principio, es triste que un representante de la tecnología astronáutica más avanzada como el Buran termine así, olvidado y abandonado por el país en el que fue creado. En otros lugares del mundo, el Buran luciría con todo su esplendor desde hace décadas en los más prestigiosos museos aeronáuticos; pero parece que Rusia aún no valora estos ejemplares de su tecnología como lo hacemos en occidente.

El Buran fue diseñado como respuesta de réplica al transbordador espacial norteamericano, en un intento de evitar que sus máximos rivales pudieran conseguir algún tipo de ventaja militar o estratégica sobre los ingenios espaciales rusos. De hecho, los responsables gubernamentales rechazaron propuestas alternativas de las oficinas de diseño rusas, bajo el criterio de que, cualesquiera que fuesen las posibilidades del Space Shuttle desde un punto de vista militar, los soviéticos debían igualarlas. Aún así, y a pesar de su innegable parecido físico, el Buran presentaba importantes diferencias con respecto a su contrapartida norteamericana, como podían ser su mayor capacidad de carga, su utilización de motores aceleradores de propulsante líquido en lugar de sólido (una opción que también se había elegido inicialmente para el Shuttle, pero que fue posteriormente descartada para abaratar costes de desarrollo), su posibilidad de funcionamiento de forma totalmente automática (el vuelo de pruebas, realizado a la perfección desde el lanzamiento hasta el aterrizaje pasando por la fase orbital, fue realizado sin tripulación), o la capacidad de utilización por separado de su vehículo portador (el supercohete Energiya), entre otros. Lamentablemente, la caída de la Unión Soviética y la subsiguiente crisis económica dieron al traste con el programa. El fin de la Guerra Fría y la evidencia de que el Shuttle norteamericano no representaba una amenaza importante desde el punto de vista estratégico y militar, terminaron por dar la puntilla al que sin duda ha sido el vehículo espacial ruso tecnológicamente más avanzado.

En cuanto al supercohete Energiya, también fue abandonado, al abandonarse los planes de construcción de grandes infraestructuras militares en órbita, para las que su gran capacidad de carga lo convertían en un interesante lanzador. No obstante, parte de él podemos verlo en activo hoy día: los lanzadores Zenit utilizados por el sistema SeaLaunch, por ejemplo, eran la base de los aceleradores de propulsante líquido del gigantesco cohete ruso. También los motores de estos aceleradores laterales, los RD-170, han dado lugar a algunos de los mejores motores cohete de propulsante líquido del mundo, siendo utilizados, por ejemplo, por el Atlas V norteamericano (versión RD-180), por el propio Zenit (RD-171) o por el futuro lanzador Angara (RD-191). En cuanto a los motores principales del Energiya, los RD-0120, aunque creados a imagen y semejanza de los SSME del Space Shuttle, resultaron finalmente superiores a estos, un reflejo del incontestable liderazgo ruso en materia de motores cohete. Sin embargo, la falta de un vehículo apto para equipar motores de esta magnitud, ha impedido su utilización práctica desde que se canceló el proyecto.

Como decía al principio, una triste historia la del Buran. Afortunadamente, tras esta iniciativa alemana, parece que al menos algún recordatorio suyo quedará preservado para la posteridad.

(Fotos: NPO Molniya y Technik Museum Speyer)

05 febrero 2008

Que no: que todavía NO es el aniversario de la NASA

Pues eso, que se enteren todos los periodistas españoles: aún no ha sido el 50º aniversario de la NASA. Leches, ya…

Es que ya se cansa uno de leerlo y oírlo por todas partes: en artículos de prensa, en radio, en televisión... Que sí, que el aniversario es este año, pero no ahora, leches, que no, que ahora lo que celebramos es el 50º aniversario del lanzamiento del Explorer, primer satélite norteamericano. Al que, por cierto, aunque sea erróneamente reconvertido en aniversario de la NASA, se le está dando casi más publicidad en nuestro país que al 50º aniversario del Sputnik, el pasado octubre.

Pues eso, que no: que la creación de la NASA fue aprobada por el Congreso norteamericano el día 29 de julio de 1958. Y su entrada en funcionamiento tendría lugar formalmente el 1 de octubre del mismo año. Así que ya sabéis, periodistas varios: todavía faltan entre 6 y 9 meses, dependiendo de la fecha que más os guste para celebrarlo (a mí me parece más lógica la segunda). Claro que dudo que me estéis leyendo alguno…

01 febrero 2008

Trágica semana de gloria

Esta ha sido una curiosa semana en cuanto a aniversarios espaciales. Una semana gloriosa, al cumplirse el jueves 31 el 50º aniversario del lanzamiento del primer satélite norteamericano, el Explorer. Pero, sobre todo, una semana trágica, por conmemorarse también en tan corto espacio de tiempo los tres accidentes mortales del programa espacial tripulado norteamericano:

El domingo 27 se cumplían 31 años del incendio del Apollo 1, con la muerte de tres astronautas.

El lunes 28 hacía 21 años que el Challenger explotaba durante su ascenso matando a toda su tripulación de siete personas.

Y, finalmente, el viernes 1 de febrero hemos conmemorado el 5º aniversario de la desintegración del Columbia durante la reentrada, con otras siete víctimas.

El primer éxito norteamericano en el espacio, junto a sus tres peores tragedias, en un breve lapso de 6 días. Las dos caras de la exploración espacial, más a las claras que nunca. (Fotos: NASA)

Para más información...

31 enero 2008

Korolev: el gran desconocido

Esta es una historia triste: la de Sergei Korolev y sus familiares más íntimos. La de un hombre que lo dio todo por llevar a su país a lo más alto, sin recibir nunca el reconocimiento público por ello. Algo que, probablemente, quien más lo sufrió fue su familia.

Su hija, Natalia Koroleva, está hoy en Huntsville, Alabama, sede del Centro Marshall de la NASA en el que trabajó durante años Wernher von Braun, para conmemorar el 50º aniversario del lanzamiento del primer satélite norteamericano, el Explorer, el 31 de enero de 1958. Y allí ha hecho unas declaraciones que realmente te llegan a lo más hondo:

He venido para que conozcáis su nombre”, ha dicho a la prensa, refiriéndose a su padre. Y es que, aunque famoso para los aficionados a la astronáutica, el nombre de Sergei Korolev es un perfecto desconocido para la inmensa mayoría de la población mundial. Una situación que presenta un tremendo contraste con el caso de Wernher von Braun, uno de los personajes más famosos del siglo XX, y consecuencia del opresivo régimen político existente en la URSS durante aquella época.

Cuando el 4 de octubre de 1957 se lanzó el Sputnik, fruto del genio y el empeño de Korolev, su hija Natalia tenía 22 años. El acontecimiento tuvo un impacto indescriptible a nivel mundial, pero la persona que lo había llevado a cabo, y que llevaría sobre sus hombros todo el peso del programa espacial soviético en los años venideros, se mantenía en secreto. El gobierno ruso tenía la paranoia de que si lo hacían público, podría ser secuestrado por agentes extranjeros. Por otra parte, el régimen comunista despreciaba al individuo: los éxitos eran un logro común del gobierno y del país, las personas que estaban detrás de ellos no importaban nada.

Sólo mi madre, mi abuela y yo sabíamos que mi padre era el Diseñador Jefe [como se le nombraba públicamente, sin nunca revelar su nombre o su foto]. Recuerdo cómo algunos de mis amigos se preguntaban quién habría sido la persona que había conseguido este importante logro. Y yo tenía que permanecer en silencio. No podía decirles que era mi padre”.

Como decía al comienzo, quizás lo más duro lo sufrió su familia. Al fin y al cabo, Korolev perseguía su sueño, trabajaba haciendo realidad la pasión de su vida, y aunque no se le pagase con el reconocimiento público, esto era probablemente suficiente para él. Pero su familia tenía que sufrir su ausencia durante las largas jornadas de trabajo y durante las largas temporadas que pasaba lejos de su casa, fuera en Baikonur, en Kapustin Yar, o en cualquier otro lugar de la geografía rusa, para llevar adelante su trabajo. Para su familia, el único consuelo podría haber sido el orgullo público de tener entre ellos al gran diseñador jefe. Pero hasta eso se les negó. Tenían que soportar todos los aspectos negativos del trabajo de su padre y marido mientras se mordían la lengua al cruzarse con sus vecinos.

El nombre y la fotografía de Korolev serían finalmente hechos públicos por el gobierno tras su muerte en 1966. Pero ya era demasiado tarde para que se hiciera famoso. “Los escolares rusos conocen el nombre de Gagarin –cuenta Natalia Koroleva-. Pero no siempre el de mi padre”.

12 noviembre 2007

La CIA y el programa espacial norteamericano

Confirmado: la decisión de lanzar el primer satélite artificial norteamericano (que se esperaba sería el primer satélite artificial de la Historia) surgió como consecuencia de recomendaciones de la CIA.

Lo revela el historiador espacial norteamericano Dwayne Day, tras la desclasificación de una serie de documentos de los años 50 a petición suya, en base al Acta de Libertad de Información (FOIA). Las nuevas informaciones que han salido a la luz vienen a confirmar que fue la CIA la primera en recomendar la puesta en marcha de un programa de satélites artificiales, con el objetivo último de utilizarlos como instrumentos de observación y espionaje sobre territorio enemigo. Pero también, en una primera instancia, con el objetivo inmediato de establecer la libertad de sobrevuelo desde el espacio, con el lanzamiento de un satélite artificial científico, puramente civil.

La revelación no es novedosa cien por cien, en el sentido de que ya se sabía hace tiempo que la administración Eisenhower manejaba estos mismos razonamientos como respaldo al programa Vanguard. Pero se ignoraba que fuera la propia Agencia Central de Inteligencia la que estuviera directamente detrás de estas ideas. Los informes también revelan que fue Richard Bissell, un famoso funcionario de la agencia, responsable del programa de aviones espía U-2, de los satélites espía de la serie Corona, e involucrado en el golpe de estado de Guatemala y el fiasco de Bahía de Cochinos, la persona que estuvo detrás de estas recomendaciones.

Según parece, fue en el otoño de 1954 cuando la CIA desarrolló el concepto de “libertad en el espacio”, referido al derecho de sobrevolar el territorio de una nación extranjera desde más allá de la atmósfera. Por aquel entonces, en plena Guerra Fría con la Unión Soviética, los Estados Unidos buscaban un medio con el que poder observar el territorio de su mayor enemigo desde el aire. El reconocimiento aéreo siempre ha sido reconocido como una herramienta de gran utilidad desde el nacimiento de la aviación, pero también desde entonces, el espacio aéreo de una determinada nación se considera soberanía de esa nación, y su intrusión no autorizada puede entenderse como un acto hostil, que da derecho a abatir al avión intruso. La alternativa en marcha por aquel entonces era desarrollar un avión de gran altitud, capaz de volar por encima de los 20.000 metros, donde los cazas enemigos no podrían alcanzarle. Bajo este concepto se desarrollaría el famoso avión espía U-2.

Pero a comienzos de los años 50, otras ideas que no tenían nada que ver con el espionaje y lo militar empezaban a extenderse por la sociedad norteamericana. En los primeros años 50, la llegada del hombre al espacio empezaba a parecer algo más que ciencia-ficción, gracias en buena medida a la campaña de divulgación popular emprendida por Wernher von Braun en la revista Collier’s. Conceptos como el del satélite artificial aparecían así como algo más cercano y factible de lo que cualquiera hubiera podido pensar apenas unos pocos años atrás, y los responsables de los servicios de inteligencia norteamericanos no permanecieron impasibles ante el potencial que se les vislumbraba.

Así, mientras se ponían en marcha proyectos como el del avión espía U-2, no resultaba complicado imaginar la posibilidad de ir más allá, y salir de la atmósfera terrestre para llevar a cabo esas mismas funciones desde un satélite artificial. Un satélite espía.

Ahora bien… ¿cuál sería la legalidad internacional de una acción como esa? Estaba claro que invadir el espacio aéreo de un país extranjero era un acto ilegal, pero… ¿dónde terminaba ese espacio aéreo? Hasta ahora, nunca había existido motivo para preguntárselo, pero una vez que diera comienzo la era espacial, habría que establecer algún límite, pues era claro que no podía prolongarse la vertical hasta el infinito, al igual que no se hacía con la territorialidad de las aguas marinas. Ese límite bien podría ser el límite atmosférico, aquel en el cual los aviones dejaban de sustentarse aerodinámicamente, allí donde se podía considerar que daba comienzo el espacio. Pero por el momento, todo esto no era más que teoría.

Pensando en el momento en el que su país pudiera realmente desarrollar ingenios espaciales de observación, la CIA decidió que sería bueno llevar a cabo alguna acción de apariencia completamente inocente y ajena a la política y los ejércitos, que sirviera para reivindicar la naturaleza internacional del espacio exterior, y posibilitar así el uso posterior de dicho espacio para llevar a cabo tareas de espionaje con total impunidad. Bissell y su equipo pensaron que sería bueno lanzar un satélite civil científico que sirviera para introducirse en este nuevo territorio virgen que era el espacio. El satélite por fuerza sobrevolaría un gran número de países en su recorrido orbital, con lo que la aceptación internacional de dicho satélite supondría la aceptación tácita del derecho de sobrevuelo desde el espacio. De esta forma, quedaría abierto el camino a futuras misiones de observación militar.

Hasta ahora sabíamos que esta idea estaba en la mente de Eisenhower cuando aprobó el proyecto Vanguard, lo que no sabíamos era que hubiera procedido de la CIA, ni que hubiera sido la primera recomendación al Presidente para lanzar el satélite. Hasta ahora se creía que la primera recomendación de este tipo había procedido de un comité de asesores científicos civiles de la Casa Blanca en 1955. Este “Panel de Capacidades Tecnológicas” había recomendado el “Programa de Satélite Científico” para ser llevado a cabo durante el Año Geofísico Internacional (IGY), argumentando, entre otros, su utilidad para establecer el derecho de sobrevuelo desde el espacio. Este comité científico asesor había sido establecido en 1954 para dar recomendaciones de cara a evitar un ataque nuclear por sorpresa con aviones o cohetes, por parte de la URSS; y entre sus análisis, aparecía el concepto de satélite espía. Poner en marcha un satélite científico con la excusa del IGY serviría para abrir camino a dicho satélite.

Esto es lo que sabíamos hasta ahora. Lo que no sabíamos es que la idea no había partido del comité científico, sino que había nacido pocos meses atrás en un despacho de Langley, desde donde llegaría hasta Washington y al comité asesor. No es que la historia cambie en su esencia, pero no deja de ser curioso.

Finalmente, ya sabemos lo que ocurrió: mientras esto acontecía en los Estados Unidos, en la URSS Korolev presionaba a los altos cargos políticos y militares para que le autorizasen a poner en órbita un satélite con su cohete R-7, sin conseguir que nadie le tomase en serio. Mientras en los Estados Unidos la administración ya apreciaba la utilidad militar del espacio, en la URSS el espacio sólo atraía a los científicos de la Academia Soviética de las Ciencias y a soñadores como Korolev, consiguiendo nada más que el desprecio y las amenazas por parte de los militares que controlaban el programa de cohetes. Sin embargo, el tesón de Korolev consiguió lograr la autorización con desgana de parte del propio Khrushchev, y el 4 de octubre de 1957 el Sputnik surcaba los cielos emitiendo su burlón bip-bip. (Existen dudas sobre si el documento de autorización del lanzamiento del Sputnik contemplaba también el inicio de un programa de desarrollo de satélites espía; se sospecha que sí, aunque dicho documento sigue estando clasificado. No obstante, esto habría ocurrido en 1956, dos años después del primer informe norteamericano al respecto).

Los Estados Unidos se sintieron conmocionados por el acontecimiento, aunque hay quien dice que en ciertos círculos próximos a la Casa Blanca la pesadumbre se encontraba mezclada con una cierta satisfacción. Al fin y al cabo, habían sido los soviéticos los primeros en sobrevolar territorio norteamericano con un ingenio espacial; ahora nadie podría oponerse a que los Estados Unidos hicieran lo propio.

A comienzos de 1958, apenas unos meses después del lanzamiento del Sputnik, la Casa Blanca daba autorización a la CIA para iniciar el programa Corona de satélites espía, cuyo primer elemento se lanzaba en junio de 1959. Habría que esperar hasta 1962 para que la Unión Soviética tuviera operativo un programa semejante, el Zenit. Pero todo eso ya es otra historia...