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09 junio 2012

De satélites espía, Hubbles y regalos…

Supongo que ya sabéis lo del regalo del Pentágono a la NASA, ¿no? Bueno, para los que aún no se hayan enterado, los militares han ofrecido a la agencia espacial un par de telescopios espaciales del tamaño del Hubble que tenían por ahí arrinconados en un almacén. Total, a ellos ya no les hacen falta y a lo mejor esos científicos de la NASA se entretienen descubriendo alguna estrella o algo…

Bueno, no entraré en muchos detalles sobre el regalo y demás, porque seguramente ya los habéis leído por ahí, pero sí aprovecharé para hablar un poco sobre los satélites espía y sus posibles capacidades.

Pues sí, ya sabéis que estos dos telescopios que les sobran al ejército se fabricaron en los 80 como posibles repuestos para una flotilla de 15 satélites espía, los KH-11, equipados con telescopios de 2,4 metros de diámetro (idénticos en tamaño al del Hubble), aunque con un campo de visión más amplio. La existencia y principales características de estos satélites militares hace ya años que dejó de ser un secreto, lo que, conociendo la forma habitual de actuar en estos ámbitos, nos hace deducir que sus características ya no son vanguardistas, y que han dejado de tener valor estratégico. Es decir, no es que estos satélites ya no sean útiles (de hecho siguen en servicio), sino que su tecnología ya es casi de dominio público y no tiene mucho sentido mantenerla en secreto. 

Pero las grandes potencias rara vez se quedan estancadas en materia militar y de inteligencia, de modo que no es descabellado suponer que, si estos satélites ya son prácticamente públicos, es muy probable que ya existan otros realmente secretos de nueva generación, con mejores prestaciones. Habitualmente, cuando se desclasifica una información secreta (no está muy claro si la relativa a los KH-11 está desclasificada oficialmente, pero lo está “de facto”) es porque ya se la considera obsoleta, así que no creo que nos equivoquemos si pensamos que existen satélites espía en servicio con telescopios muy superiores al del Hubble.

¿Alguien se siente sorprendido o incluso ofendido por algo así? La verdad es que creo que ya estamos curados de espanto, pero sí, es realmente penoso que lo que para la ciencia de vanguardia es un instrumento de incalculable valor y que proporciona la posibilidad de realizar avances extraordinarios, sea para los militares un artilugio ya obsoleto que hace tiempo que fue superado por otros mejores. ¿Alguien pensaba que el avance de la ciencia era lo más importante? Si alguien lo hacía, va siendo hora de despertar.

Es posible que para los militares un telescopio de tipo Hubble haya sido superado hace años. Evidentemente, no tenemos datos al respecto, sólo rumores y especulaciones, pero hace ya tiempo que los expertos estimaban que los servicios de inteligencia militar tenían satélites con una resolución capaz de leer placas de matrícula desde el espacio. Y a esto no llegan telescopios tipo Hubble.

Sin embargo, esa capacidad sí estaría en los límites de un telescopio del tamaño del James Webb, el denominado a menudo como sucesor del Hubble. Con su enorme espejo de 6,5 metros de diámetro, un telescopio de este tipo sí podría alcanzar resoluciones teóricas de unos pocos centímetros desde sus órbitas habituales (la capacidad del Hubble sería unas 10 veces inferior, del orden de 15 cm), es decir, al límite de esa capacidad de leer matrículas desde la órbita terrestre, como aventuraban los expertos.

¿Tienen ya los Estados Unidos satélites espía del tipo James Webb en órbita? Es muy posible. El Hubble fue un desarrollo civil de los satélites KH-11, y es probable que el JWST esté siguiendo el mismo camino y haya sido precedido por uno o varios “hermanos” militares. Es más, según me comentan personas introducidas en el círculo de quienes están desarrollando este nuevo telescopio, existen rumores en ese círculo de que el contratista del espejo del JWST ya habría fabricado otro similar con anterioridad. Sí, vale, todo son rumores, pero todo encaja.

Si los rumores son ciertos y los Estados Unidos tienen ya operativa una nueva generación de satélites espía de “categoría James Webb”, no me parece nada aventurado suponer que una nueva generación aún más potente esté ocupando ya las mesas de diseño de quienes trabajan en estos proyectos secretos. Si telescopios tipo James Webb van a operar en breve en el ámbito civil, casi seguro que los militares ya van un paso por delante. Siempre ha sido así. Siempre ha habido clases… (Foto: NASA)

18 enero 2010

De blogs abandonados, entrevistas y guerra de las galaxias

Sí, ya lo sé: tengo el blog abandonado. Mea culpa. Las causas son variadas, y es difícil concretar en una. Podría decir que últimamente el panorama astronáutico está algo flojo y me cuesta encontrar noticias sobre astronáutica que me parezcan suficientemente atractivas como para comentarlas en el blog, y sería cierto; pero también es verdad que en otras ocasiones en que ha ocurrido algo parecido, he aprovechado para hablar sobre historia o tecnología, sobre temas más intemporales. La verdad es que a esta falta de noticias “jugosas” se le ha unido una temporada de saturación por mi parte: mucho trabajo dentro y fuera del trabajo, muchas tareas a las que atender en mi ya escaso tiempo libre, etc. Y a todo ello se le han unido últimamente otros intereses, otras aficiones, que han recortado aún más el poco tiempo que podría haberle dedicado al blog. Pero bueno, pese a todo, que conste que mi intención es no dejarlo agonizar por completo. Aunque sea a un ritmo algo más bajo que el habitual (que nunca ha sido demasiado elevado), pretendo seguir escribiendo sobre astronáutica en este blog. No penséis que os vais a librar de mí tan fácilmente…

Bueno, y ahora al grano. Aparte de las explicaciones y disculpas implícitas en el párrafo anterior, vengo a dejaros un par de apuntes rápidos que eviten la agonía total de este blog, aunque en el fondo no pasen de ser un par de enlaces:

1. Lo primero es comentaros que aquellos masoquistas entre vosotros que queráis escucharme hablando sobre temas varios relacionados con el espacio, podéis hacerlo con una entrevista que me han hecho los chicos de “Remove before flight” para su podcast. Si sólo os interesa la entrevista (angelitos…) podéis sufrirla a partir del minuto 5:53 aquí. Pero aviso que este podcast recién nacido (dos episodios hasta ahora) puede resultaros de interés seguirlo a los que seáis aficionados a la aviación y/o el vuelo virtual, terrenos ambos en los que estos muchachos son unos verdaderos expertos (aunque ellos prefieren calificarse como “aerotrastornados”).

2. Lo segundo es recomendaros el mejor reportaje que he leído en muchos meses sobre temas de astronáutica: el que Dwayne Day y Robert Kennedy III han escrito para la revista Air&Space del Smithsonian sobre el proyecto ruso que debía dar respuesta a la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) de Ronald Reagan, más conocida como “Guerra de las Galaxias”: el proyecto Polyus. Un magnífico reportaje sobre un proyecto de alto secreto que aún guarda muchos interrogantes y al que más de uno atribuye buena parte de la responsabilidad en la crisis económica que ayudó a la caída de la Unión Soviética. Muy recomendable leerlo, si os manejáis en inglés.

Y nada más por el momento. Sólo decir que sigo ahí y que, pese al abandono del blog, me sigue gustando esto de los cacharros que viajan por el espacio y escribir sobre ello, así que seguiré dando la murga en cuanto vuelva a tener tiempo para ello… o en cuanto suceda algo que me llame especialmente la atención. ¡Saludos!

10 febrero 2009

Aires de cambio en la política espacial militar norteamericana

Obama parece incansable en su tarea de darle la vuelta a buena parte de las políticas adoptadas por su predecesor G.W. Bush. Aunque centrado en intentar arreglar el desastre económico en que se ha convertido el país y que está arrastrando a buena parte del mundo, aún le queda tiempo para plantear, por ejemplo, lo que podría ser una nueva política de defensa en el área espacial. Una política donde la diplomacia intentaría ganar peso frente a la amenaza, que ha sido la directriz oficial de dicha política desde mediados de 2006.

Efectivamente, como ya os conté por aquí, el 31 de agosto de 2006 la Administración Bush aprobaba su nueva política espacial (aunque no se haría pública hasta octubre del mismo año), que venía a sustituir a la vigente hasta entonces, de 1996. El documento, de sólo 10 páginas, trataba en términos globales y generalistas sobre todos los aspectos de la actividad espacial, pero era la parte relativa a la militarización del espacio la que realmente suponía una novedad y la que más polémica levantó. En esta parte, de forma resumida podemos decir que los Estados Unidos anunciaban su disposición a actuar militarmente en el espacio de forma preventiva frente a posibles adversarios, al mismo tiempo que anunciaban su negativa a participar en cualquier tipo de tratado de limitación de armas en el espacio que les pudiera afectar. Este punto en concreto se vería refrendado en varias ocasiones a lo largo de los siguientes años, cuando reiteradamente se rechazaron propuestas internacionales de limitación de proliferación de armas en el espacio. Para más información, os remito al artículo que escribí al respecto en octubre de 2006.

Pues bien, estos dos puntos concretos son los que Obama ha rechazado frontalmente, aunque aún sin compromisos concretos, al hacer referencia a la necesidad de estudiarlo más en profundidad. En concreto, el nuevo presidente ha anunciado su predisposición a firmar algún tipo de acuerdo internacional que limite el uso de armas en el espacio. Se trata de un claro cambio frente a la actitud de prepotencia espacial de su predecesor que ha merecido los aplausos de un buen número de observadores en su país, así como, curiosamente, de algunos altos cargos militares, que a priori podrían considerarse más alineados con la política de Bush.

La Casa Blanca hizo el anuncio poco después de la investidura de Obama como presidente, aunque por “razones de agenda” yo no he podido escribir sobre ello hasta ahora. No obstante, el anuncio ya advertía que sería necesario un tiempo para estudiar en detalle cómo llevar a cabo de forma efectiva esta nueva política. Y es que hay que reconocer que la limitación de armas en el espacio es un tema espinoso.

El principal problema al que se enfrenta cualquier tratado de limitación armamentística es el de la verificación. De poco sirve firmar un papel prometiendo retirar determinadas armas si no hay forma de verificar después que esto se haya llevado a cabo. No se trata únicamente de que uno de los firmantes decida actuar deshonestamente… es que cualquiera de los dos, o ambos, puede tener el temor (real o infundado) a que el otro esté siendo deshonesto, y actúe en consecuencia saltándose el tratado como prevención. Sin verificación, un acuerdo de este tipo es papel mojado.
Pero si la verificación es un asunto complejo en cualquier caso, lo es especialmente cuando hablamos del espacio. Y no sólo porque a ver quién es el guapo que manda un inspector de la ONU a la órbita terrestre a echarles el alto y pedirles la documentación a los satélites sospechosos que vea pasar por allí… es que, en el fondo, cualquier satélite de aspecto inocente puede ser un arma en potencia.

En efecto, salvo que se encuentren formas imaginativas de resolver el problema, nada impediría a un país determinado fabricar un satélite bélico “disfrazado” de satélite civil, y enviarlo al espacio donde permanecería en estado de latencia hasta que fueran necesarios sus servicios. En ese caso, bastaría modificar su órbita para acercarlo a su objetivo, y una vez en sus inmediaciones hacerlo estallar, lanzando metralla en todas las direcciones y destruyendo dicho objetivo. Evitar que satélites así puedan fabricarse y lanzarse es complicado, salvo que dichos inspectores de la ONU supervisasen la fabricación y lanzamiento de todos los satélites del mundo, lo cual, evidentemente, no es operativo.

Éste ha sido el principal argumento utilizado por la Administración Bush cada vez que alguien ha planteado la necesidad de firmar un acuerdo de este tipo. Se argumentaba que firmarlo impediría a los Estados Unidos desarrollar armas espaciales, mientras que otros países podrían seguir haciéndolo subrepticiamente, según hemos comentado anteriormente. Por supuesto, se trataba de la visión “ombliguista” y simplista que suponía que los Estados Unidos serían completamente honestos tras la firma de un tratado de este tipo, mientras que el resto de firmantes serían unos deshonestos traidores… Pero en fin, es cierto que el riesgo es real.

Por supuesto, no era ésta la única razón que tenía la Administración Bush para negarse a la firma de un tratado de este tipo: la principal es que ellos se veían como los principales perdedores en un acuerdo así, al poseer en la actualidad la supremacía en esta área. Por supuesto, ésta es también sin duda la principal razón por la cual tanto Rusia como China han insistido en los últimos años en la necesidad de firmar este tratado, al saberse actualmente en inferioridad de condiciones.

Efectivamente, Estados Unidos tenía sus razones para negarse, tanto por los problemas de verificación, como, sobre todo, por considerar que una limitación de armas en el espacio le haría perder su hegemonía actual. Pero está claro que dicha negativa lo único que hacía era alentar a sus enemigos a reforzarse militarmente en esa área para contrarrestar dicha hegemonía norteamericana. Los recientes ensayos de armas antisatélite por parte china y norteamericana parece claro que son parte del tira-y-afloja que viene teniendo lugar en los últimos años alrededor de este tema.

En mi opinión, a pesar de su innegable complejidad intrínseca, un tratado internacional contra las armas antisatélite tendría efectos beneficiosos a nivel global. Aunque no podamos confiar en que dicho tratado termine realmente con dichas armas, al menos limitaría su utilización a situaciones extremas, ya que ningún país querría quedar en evidencia rompiendo unilateralmente el tratado, salvo que se estuviera ya prácticamente en estado de guerra abierta. En el fondo, es lo mismo que pasa con las armas químicas y biológicas: su utilización está prohibida por acuerdos internacionales, pero son muchos los países que mantienen un completo arsenal de compuestos susceptibles de ser incorporados a obuses o misiles en caso necesario; los Estados Unidos son unos de los que guardan importantes arsenales de este tipo de productos prohibidos. Y sin embargo, los tratados han conseguido que este tipo de armas no se utilicen hasta ahora. Creo que algo similar podría esperarse de un tratado de limitación de armas en el espacio: seguirá habiéndolas, pero todos se lo pensarán dos veces antes de utilizarlas.

En cualquier caso, el anuncio ya dejaba claro que el proceso sería lento, y se habla incluso de finales de año para que salga alguna propuesta concreta por parte de los Estados Unidos. Antes, Obama deberá estudiar en profundidad el tema con sus asesores militares, algo que probablemente ocurrirá en septiembre. Mientras tanto, bastante tiene con intentar salir del barrizal de la crisis… ¿o son arenas movedizas?

20 enero 2009

Un satélite espía a la deriva

En la entrada anterior os mostraba una fotografía curiosa, aunque no demasiado atractiva, todo hay que decirlo, de la flota de satélites geoestacionarios Astra en la posición 19,2º Este. Pues bien, su autor, el astrónomo aficionado británico John Locker se disponía a repetir la toma tras el reciente lanzamiento del sexto Astra, para captar así los 6 satélites actuales frente a los 5 de la imagen anterior, cuando se encontró con una grata sorpresa.

Como podéis ver en esta animación (por alguna razón no funciona si intento incrustarla en Blogger), uno de los satélites… ¡se mueve! Veréis cómo uno de los puntitos empieza desdoblándose hasta convertirse en dos puntitos separados, uno inmóvil y el otro moviéndose hacia arriba en esta fotografía… ¿Pero no eran satélites geoestacionarios? ¿No debían estarse todos quietos?

Pues no en este caso, porque lo que ha captado John no es el sexto Astra (que ignoro por qué no se distingue en la foto), sino el satélite espía norteamericano DSP-23, que había quedado a la deriva meses atrás por avería.

El DSP-23 era un satélite geoestacionario diseñado para vigilar los lanzamientos de misiles desde cualquier parte del mundo. Estados Unidos dispone de una flota de satélites de este tipo (se cree que son 6, aunque los datos exactos se desconocen, debido a la naturaleza secreta de las operaciones) distribuidos a lo largo de la órbita geoestacionaria para tener una cobertura mundial completa. Pues bien, aunque no ha sido confirmado por el gobierno norteamericano (debido de nuevo al secretismo que rodea todo esto), se cree en base a observaciones de aficionados que el satélite quedó fuera de control hacia septiembre del pasado año, aunque el hecho no fue descubierto hacia noviembre. Debido a algún fallo de naturaleza desconocida, sus transmisiones cesaron y comenzó un lento movimiento de deriva hacia el este a lo largo de la órbita geoestacionaria. La razón de este movimiento sería una pérdida de control del satélite, que habría quedado a merced de las perturbaciones naturales de su órbita (efectos de la irregularidad del campo gravitatorio terrestre, efectos gravitatorios del Sol y la Luna, viento solar…).

El DSP-23 se ha convertido así en un peligro para todos los satélites que pueblan la congestionada órbita geoestacionaria. Los Estados Unidos no han hecho pública la información sobre localización y rumbo del satélite errante en aras de la seguridad de la amplia flota de satélites geoestacionarios en activo, aunque algunas fuentes apuntan a que podría estarse informando de forma privada a aquellos operadores que tengan sus aparatos en riesgo inminente de colisión, recomendándoles una maniobra evasiva al paso del satélite espía. En cualquier caso, una vez más, esto no está confirmado.

En fin, lo curioso de todo esto es que sean aficionados como John Locker los que lo saquen a la luz, a través de sus observaciones del cielo. Ya sabéis, si tenéis un telescopio, podéis jugar a los detectives del espacio buscando satélites espía. Eso sí, yo me mosquearía si publicase haber visto algo raro, y después me encontrara una furgoneta con los cristales tintados aparcada de forma permanente frente a mi casa… ;-) (Imagen: USAF)

28 agosto 2008

Los militares y la Luna

En 1958, la estrategia militar era muy diferente a la de hoy en día. Por aquel entonces, la utilización de armas nucleares parecía lo normal en caso de estallar una guerra entre las dos grandes potencias, Estados Unidos y la URSS, y se asumía como lógico que, en ese caso, lo ideal era llevar a cabo un ataque por sorpresa y masivo que dejase al enemigo sin capacidad de respuesta, o al menos reducir ésta a su más mínima expresión.

Era una época en la que en los Estados Unidos la televisión emitía programas que instruían a la población sobre las precauciones a tomar en caso de ataque nuclear. En las viviendas unifamiliares empezaron a proliferar los refugios antiatómicos, y fue en este contexto cuando los temibles rusos comunistas pusieron el primer satélite artificial de la Tierra en órbita.

Ya he expresado en varias ocasiones (en diferentes artículos en revistas, y próximamente también en la biografía de Von Braun, para la que ya falta poco) el tremendo impacto que el lanzamiento del Sputnik tuvo sobre la sociedad estadounidense, pero voy a centrarme ahora en una parte más concreta, que fue el estamento militar. Por supuesto, gran parte de los temores se centraban en lo que podrían hacer los soviéticos desde un punto de vista bélico con esa tecnología a su alcance, y por ello las miras de los militares se volvieron con gran interés hacia el espacio; no sólo hacia la órbita terrestre, sino también hacia el siguiente objetivo natural, la Luna.

A uno y otro lado del telón de acero se pensaba en la posibilidad de establecer estaciones espaciales repletas de misiles nucleares, capaces de lanzar un ataque por sorpresa sobre territorio enemigo desde el espacio. El propio Von Braun propuso una estación de este tipo poco después de llegar a los Estados Unidos desde Alemania, cuando aún los sueños espaciales no pasaban de ser eso, sueños, con la esperanza de animar a los militares a invertir en el espacio. Y también el premier soviético Nikita Khrushchev soñó durante años con una estación militar similar. Pero con lo que también se soñaba en ambos lados, sobre todo a finales de los años 50, era con bases militares en la Luna.

Ya sé que no os digo nada nuevo con todo esto, pero quizás lo más curioso sea ver cómo se justificaba internamente en el estamento militar una infraestructura de este tipo. Hoy en día, establecer bases en la Luna para llenarlas de misiles nucleares con la intención de dispararlos hacia la Tierra parece absurdo, si lo mismo lo podemos hacer de forma más que efectiva desde nuestro propio planeta (ya sea desde tierra firme, desde aviones o desde submarinos). Pero en 1958 las cosas se veían de forma muy distinta.

El 28 de enero de 1958, apenas 4 meses después del lanzamiento del Sputnik, el Subdirector de Investigación y Desarrollo de la Fuerza Aérea, General Homer Boushey, declaraba lo siguiente: “Se ha dicho que aquel que controle la Luna controlará la Tierra. Nuestros estrategas deben evaluar cuidadosamente esta aseveración, y, si es cierta (y yo por mi parte creo que lo es), entonces los Estados Unidos deben controlar la Luna”. No era algo realmente nuevo; más o menos los mismos argumentos habían sido utilizados por diferentes miembros del partido demócrata para criticar al presidente republicano Eisenhower por haberse dejado adelantar por los rusos en la recién iniciada carrera espacial. Lo curioso es cómo Boushey argumentaba estas declaraciones.

Primero, observemos que se habla de “controlar la Luna”. Es decir, se parte de la premisa de que el que país que llegue hasta allí, tomará posesión de nuestro satélite. No se plantea qué pasaría si poco después de una hipotética llegada de los norteamericanos llegasen también los rusos a reclamar su parcela lunar… Pero bueno, volvamos al relato; según Boushey, una de las utilidades militares de la Luna proviene del hecho de que presente siempre una misma cara dirigida hacia la Tierra. Ello permitiría ubicar en esta “cara vista” telescopios capaces de espiar de forma ininterrumpida sobre territorio enemigo, mientras que en la “cara oculta” podrían llevarse a cabo actividades militares bajo el secreto más absoluto. Claro, no pensaba Boushey que mucho antes de que los Estados Unidos pudieran montar una infraestructura de esas características sobre la superficie de nuestro satélite, ya tendrían sus enemigos capacidades más que sobradas para poner satélites en órbita lunar capaces de observar la “cara oculta”. Y tampoco parecía darse cuenta de que un satélite espía en órbita terrestre tendría fácilmente más resolución, y sería mucho más económico, que un telescopio en la Luna. Pero bueno, era 1958, y al fin y al cabo hablamos de lo que pensaban los militares, no técnicos o científicos…

Pero mucho más interesante es el argumento sobre la utilización de la Luna como una gigantesca base repleta de misiles nucleares. Según exponía Boushey, un misil lanzado desde la Luna tardaría dos días en llegar a la Tierra; lo mismo tardaría uno lanzado desde la Tierra hacia la Luna. De modo que si la URSS realizaba un ataque nuclear masivo contra los Estados Unidos destruyendo la totalidad de su arsenal atómico, dos días después todos los misiles estacionados en la Luna caerían sobre territorio ruso. Si, para evitar esto, los rusos lanzaban primero un ataque contra la Luna, debido a los dos días que tardarían en llegar, el elemento sorpresa estaría perdido; los Estados Unidos detectarían fácilmente el ataque, y podrían contestar con sus propios misiles continentales, o incluso disparando los de la Luna antes de que llegase hasta ellos la oleada enemiga.

No parece importar que la Tierra se convirtiera en un campo de batalla nuclear a nivel global: aquello era 1958, y el arma atómica era el arma por excelencia, el juguete preferido de los militares. Ya se sabe, las guerras son las guerras, y la devastación no es más que un daño colateral en la consecución de los objetivos militares… Poco importaba que pocos años atrás Mahatma Gandhi ya hubiera advertido aquello de “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. Al fin y al cabo, ¿quién iba a escuchar a un indio vestido con harapos?

Hoy las cosas han cambiado un poco. La guerra nuclear total ha sido descartada de los manuales militares como estrategia apropiada en caso de conflicto, aunque siga existiendo arsenal nuclear suficiente en el mundo para acabar varias veces con la vida en nuestro planeta. Pero, sobre todo, ha cambiado la tecnología. En 1958, los misiles nucleares eran enormes artefactos que precisaban de muchas horas de preparación previa a su lanzamiento y de complejas infraestructuras de apoyo. Hoy, cualquier avión, barco o submarino puede llevar unos cuantos. Aunque se desatase un ataque preventivo masivo de una potencia nuclear sobre otra, anulando la capacidad de represalia desde silos terrestres, aún quedarían bastantes decenas de cabezas nucleares desplegadas en submarinos desde los que poder contraatacar. Esto empezó a resultar evidente pocos años después del lanzamiento del Sputnik, cuando el rápido desarrollo de las tecnologías de misiles y satélites dejaron completamente obsoletas las ideas de bases militares sobre la Luna. Así, en la década de los 60 la Luna pasó a convertirse en un objetivo únicamente político, olvidada ya en los sueños megalomaníacos de los militares. Las miras de estos se volvieron entonces hacia la órbita terrestre: satélites espía, armas antisatélite, estaciones militares, naves espaciales de combate, bombarderos orbitales, satélites antimisiles, satélites antisatélite… todo esto y mucho más ha ido pasando desde entonces por las mesas de los altos mandos militares de las grandes potencias. Y muchas de esas ideas siguen en vigor hoy en día. Pero ésa es otra historia…

15 febrero 2008

Fuegos artificiales en el espacio

Se avecinan unos bonitos fuegos artificiales sobre nuestras cabezas en los próximos días: según acaba de revelar el Dpto. de Defensa norteamericano, en breve podremos ser testigos (es un decir) del misilazo que le van a pegar a uno de sus satélites espía, averiado y a punto de reentrar en la atmósfera terrestre.

Se trata del USA193, un satélite espía lanzado en diciembre de 2006, y que falló casi desde el momento de su lanzamiento. Fuera de control, su órbita se ha ido deteriorando hasta amenazar con reentrar en la atmósfera terrestre en las próximas semanas. Lógicamente, se desconoce casi todo sobre el satélite, dada su naturaleza militar, aunque se especula con que pueda tratarse de un aparato de observación por radar, con la posibilidad de que pueda estar equipado con un generador termoeléctrico de radioisótopos (RTG) para alimentar sus equipos.

No es la primera vez que un cacharro espacial cae sobre nuestras cabezas, ni será la última. Tampoco es la primera vez que existe algún riesgo para la población, sea por el peligro de residuos tóxicos, o porque simplemente te aplaste algún trozo de hierro caído del cielo. Pero sí es la primera vez que se pone este riesgo como excusa para lanzarle un misilazo al objeto en cuestión. Lo cual da qué pensar...

Como digo, ésta ha sido la excusa del gobierno norteamericano para justificar la acción: el riesgo de que ciertos componentes tóxicos del satélite puedan caer sobre áreas habitadas. Se hace referencia a la hidracina, propulsante habitual del sistema de control de actitud en la mayoría de los satélites y sondas espaciales; en este caso particular, debido a la avería del satélite nada más alcanzar su órbita, los depósitos estarían aún llenos y el riesgo de contaminación sería mayor que en el caso de satélites que reentran al final de su vida útil. Pero también hay quien piensa que podría existir riesgo de contaminación radiactiva, en el caso de estar equipado el satélite con un RTG.


Lo cierto es que ni una cosa ni otra parecen justificación suficiente para el misilazo, siendo muchos los que pensamos que lo que se busca más bien es proteger la confidencialidad del satélite y sus equipos, evitando que alguno de sus secretos pueda quedar al descubierto si fragmentos de cierta importancia cayeran en manos ajenas a los Estados Unidos. También hay quien especula con la posibilidad de que se esté aprovechando para hacer una demostración ante China, después de que este país realizara un ensayo de arma antisatélite hace casi exactamente un año. Pudiera ser, aunque no creo que nadie necesite de estas demostraciones para saber que Estados Unidos posee capacidad antisatélite (por éste y otros medios), la cual ya fue ensayada con éxito tanto a comienzos de los años 60 como después de nuevo en los 80 (como mínimo, claro, esto es sólo lo que conocemos).

En cualquier caso, éstas parecen razones más poderosas para esta decisión sin precedentes que la supuesta protección a la población mundial. Aunque siempre podemos darles el beneficio de la duda...

Y es que, en el fondo, el riesgo para la población es ínfimo. Por una parte, es cierto que la hidracina es tóxica, pero tampoco hay que exagerar... El contenido del depósito podría llegar intacto, dentro del depósito, o vertirse en un entorno de unos metros, si revienta el depósito al impactar, o esparcido sobre una zona más amplia, si revienta durante la reentrada, o incluso vaporizado en la atmósfera, si se desintegra durante dicha reentrada. En cualquier caso, sin ser, por supuesto, algo deseable, no parece que fuera a significar casi nada en comparación con otros tipos de accidentes con elementos tóxicos que suceden casi a diario; un simple camión lleno de ácido que se accidente y derrame su carga ya representa un impacto medioambiental mucho mayor, por no hablar de los frecuentes vertidos de fuel en el mar (simplemente por limpieza de tanques, por ejemplo).


En cuanto a un posible RTG (cuya existencia no es más que una hipótesis), tampoco representaría un riesgo mucho mayor: si bien es cierto que todo lo que suene a radiactivo causa una gran alarma social, el nivel de radiactividad de estos elementos es muy bajo, así como la cantidad de elemento radiactivo transportado, por lo que de nuevo tampoco sería un enorme problema (en la práctica, el único problema sería que alguien lo ingiriera… que no parece muy probable).

A todo ello debemos sumarle que la probabilidad de que algún fragmento caiga sobre zonas habitadas es bajísima, simplemente porque la mayor parte de la superficie terrestre es mar, o territorio deshabitado. En resumen, que no sé si el argumento de la seguridad cuela o no, pero desde luego, causa cierta desconfianza.

Sobre todo, porque no se ha hecho nunca antes, aunque hayamos tenido amenazas similares o peores. Por ejemplo, el Skylab: una estación espacial completa, reentrando de forma descontrolada en la atmósfera terrestre en 1979; todo lo que se hizo fue vigilar su trayectoria, y cruzar los dedos (al final cayó parte sobre el mar y parte sobre territorio australiano). Y no, no lo comparéis con la Mir: aunque ésta era mayor, su reentrada sí se llevó a cabo de forma controlada, asegurando su caída sobre el mar de forma voluntaria, y no aleatoria.

También la estación espacial rusa Salyut 7 cayó de forma poco controlada en 1991. Es decir, se intentó controlar su reentrada, pero con poco éxito, cayendo sus restos sobre territorio argentino; algunos trozos se recogieron entre las calles de la ciudad Capitán Bermúdez, a 400 km de Buenos Aires. No es la primera vez que ocurre por aquella zona, y aunque menos confirmados, existen bastantes testimonios de avistamientos de reentradas de objetos no identificados sobre Argentina, Chile y Uruguay. También se tiene constancia de que en 1997 cayeron restos de una sonda rusa con material radiactivo sobre el desierto de Atacama, al norte de Chile, aunque no fueron encontrados.

En 1997, Lottie Williams, de Tulsa, Oklahoma, recibió un impacto en un hombro de un trozo de chatarra de origen probablemente espacial; se cree que pertenecía a la segunda etapa de un lanzador Delta II. En 2007, los restos de otro satélite cayeron en Somalia, al parecer matando a un camello. Reentradas o explosiones durante el lanzamiento de satélites militares, tanto rusos como norteamericanos, equipados con RTGs, también ha habido varias, con la subsiguiente liberación del material radiactivo. Y, por supuesto, tenemos los restos del Columbia, esparcidos por seis estados, con un trozo impactando sobre el parabrisas de un coche que circulaba por la carretera.

Reentradas descontroladas ocurren cada dos por tres. Y, si bien es cierto que no podemos decir que la seguridad esté asegurada, en absoluto, la verdad es que la probabilidad de que ocurra algo grave es muy escasa. Y hasta ahora, estas reentradas nunca han movido a los gobiernos involucrados (Estados Unidos y Rusia) a llevar a cabo una demostración de tecnología bélica como la que estamos a punto de presenciar. Por otra parte, la destrucción del satélite no evitará su reentrada, ni la controlará. Simplemente, lo reducirá a fragmentos, evitando que lleguen a la superficie trozos de gran tamaño.

Naturalmente, esto evitará que un trozo de 50 kg te caiga en la cabeza, pero aumentará las posibilidades de que te caiga un trozo de 1 kg. Que si te da directamente, te mata igual. Claro que no es esa la excusa (sería muy fácil de rebatir, aparte de la poca probabilidad de impacto directo), sino la de los residuos tóxicos. El misilazo tampoco los hará desaparecer, pero sí los esparcirá en la atmósfera a gran altura, disipándolos. Pero, como decía al comienzo, puede que esto ocurra incluso por si solo, si el depósito se desintegra durante la reentrada. En el peor de los casos, si el depósito llegase más o menos intacto, lo más probable es que tuviéramos unos 400 kg de hidracina esparcidos por el mar o por el suelo de algún lugar remoto; que no es bueno, pero tampoco es para tanto, desde mi punto de vista.

En fin, mientras llega “el gran momento”, podeis aprovechar para contemplar al satélite agonizante, ya que actualmente es visible a simple vista, con magnitud 1 (aproximadamente, lo cual es bastante brillante). En Heavens Above tenéis toda la información necesaria para verlo desde vuestra población (horas de paso, hacia dónde debes mirar, etc), además de una sección dedicada especialmente a este satélite, con su posición actual, el ritmo de decaída de la órbita previsto, etc. Dentro de unos días (3 ó 4 son los que se estiman para que esté en el punto óptimo de tiro), tendremos el espectáculo de fuegos artificiales. Al parecer, la decisión no ha partido del Departamento de Defensa (donde incluso parece que no todo el mundo está de acuerdo), sino desde la Casa Blanca. ¿Para proteger al mundo? No sé… permitidme que lo dude.

12 noviembre 2007

La CIA y el programa espacial norteamericano

Confirmado: la decisión de lanzar el primer satélite artificial norteamericano (que se esperaba sería el primer satélite artificial de la Historia) surgió como consecuencia de recomendaciones de la CIA.

Lo revela el historiador espacial norteamericano Dwayne Day, tras la desclasificación de una serie de documentos de los años 50 a petición suya, en base al Acta de Libertad de Información (FOIA). Las nuevas informaciones que han salido a la luz vienen a confirmar que fue la CIA la primera en recomendar la puesta en marcha de un programa de satélites artificiales, con el objetivo último de utilizarlos como instrumentos de observación y espionaje sobre territorio enemigo. Pero también, en una primera instancia, con el objetivo inmediato de establecer la libertad de sobrevuelo desde el espacio, con el lanzamiento de un satélite artificial científico, puramente civil.

La revelación no es novedosa cien por cien, en el sentido de que ya se sabía hace tiempo que la administración Eisenhower manejaba estos mismos razonamientos como respaldo al programa Vanguard. Pero se ignoraba que fuera la propia Agencia Central de Inteligencia la que estuviera directamente detrás de estas ideas. Los informes también revelan que fue Richard Bissell, un famoso funcionario de la agencia, responsable del programa de aviones espía U-2, de los satélites espía de la serie Corona, e involucrado en el golpe de estado de Guatemala y el fiasco de Bahía de Cochinos, la persona que estuvo detrás de estas recomendaciones.

Según parece, fue en el otoño de 1954 cuando la CIA desarrolló el concepto de “libertad en el espacio”, referido al derecho de sobrevolar el territorio de una nación extranjera desde más allá de la atmósfera. Por aquel entonces, en plena Guerra Fría con la Unión Soviética, los Estados Unidos buscaban un medio con el que poder observar el territorio de su mayor enemigo desde el aire. El reconocimiento aéreo siempre ha sido reconocido como una herramienta de gran utilidad desde el nacimiento de la aviación, pero también desde entonces, el espacio aéreo de una determinada nación se considera soberanía de esa nación, y su intrusión no autorizada puede entenderse como un acto hostil, que da derecho a abatir al avión intruso. La alternativa en marcha por aquel entonces era desarrollar un avión de gran altitud, capaz de volar por encima de los 20.000 metros, donde los cazas enemigos no podrían alcanzarle. Bajo este concepto se desarrollaría el famoso avión espía U-2.

Pero a comienzos de los años 50, otras ideas que no tenían nada que ver con el espionaje y lo militar empezaban a extenderse por la sociedad norteamericana. En los primeros años 50, la llegada del hombre al espacio empezaba a parecer algo más que ciencia-ficción, gracias en buena medida a la campaña de divulgación popular emprendida por Wernher von Braun en la revista Collier’s. Conceptos como el del satélite artificial aparecían así como algo más cercano y factible de lo que cualquiera hubiera podido pensar apenas unos pocos años atrás, y los responsables de los servicios de inteligencia norteamericanos no permanecieron impasibles ante el potencial que se les vislumbraba.

Así, mientras se ponían en marcha proyectos como el del avión espía U-2, no resultaba complicado imaginar la posibilidad de ir más allá, y salir de la atmósfera terrestre para llevar a cabo esas mismas funciones desde un satélite artificial. Un satélite espía.

Ahora bien… ¿cuál sería la legalidad internacional de una acción como esa? Estaba claro que invadir el espacio aéreo de un país extranjero era un acto ilegal, pero… ¿dónde terminaba ese espacio aéreo? Hasta ahora, nunca había existido motivo para preguntárselo, pero una vez que diera comienzo la era espacial, habría que establecer algún límite, pues era claro que no podía prolongarse la vertical hasta el infinito, al igual que no se hacía con la territorialidad de las aguas marinas. Ese límite bien podría ser el límite atmosférico, aquel en el cual los aviones dejaban de sustentarse aerodinámicamente, allí donde se podía considerar que daba comienzo el espacio. Pero por el momento, todo esto no era más que teoría.

Pensando en el momento en el que su país pudiera realmente desarrollar ingenios espaciales de observación, la CIA decidió que sería bueno llevar a cabo alguna acción de apariencia completamente inocente y ajena a la política y los ejércitos, que sirviera para reivindicar la naturaleza internacional del espacio exterior, y posibilitar así el uso posterior de dicho espacio para llevar a cabo tareas de espionaje con total impunidad. Bissell y su equipo pensaron que sería bueno lanzar un satélite civil científico que sirviera para introducirse en este nuevo territorio virgen que era el espacio. El satélite por fuerza sobrevolaría un gran número de países en su recorrido orbital, con lo que la aceptación internacional de dicho satélite supondría la aceptación tácita del derecho de sobrevuelo desde el espacio. De esta forma, quedaría abierto el camino a futuras misiones de observación militar.

Hasta ahora sabíamos que esta idea estaba en la mente de Eisenhower cuando aprobó el proyecto Vanguard, lo que no sabíamos era que hubiera procedido de la CIA, ni que hubiera sido la primera recomendación al Presidente para lanzar el satélite. Hasta ahora se creía que la primera recomendación de este tipo había procedido de un comité de asesores científicos civiles de la Casa Blanca en 1955. Este “Panel de Capacidades Tecnológicas” había recomendado el “Programa de Satélite Científico” para ser llevado a cabo durante el Año Geofísico Internacional (IGY), argumentando, entre otros, su utilidad para establecer el derecho de sobrevuelo desde el espacio. Este comité científico asesor había sido establecido en 1954 para dar recomendaciones de cara a evitar un ataque nuclear por sorpresa con aviones o cohetes, por parte de la URSS; y entre sus análisis, aparecía el concepto de satélite espía. Poner en marcha un satélite científico con la excusa del IGY serviría para abrir camino a dicho satélite.

Esto es lo que sabíamos hasta ahora. Lo que no sabíamos es que la idea no había partido del comité científico, sino que había nacido pocos meses atrás en un despacho de Langley, desde donde llegaría hasta Washington y al comité asesor. No es que la historia cambie en su esencia, pero no deja de ser curioso.

Finalmente, ya sabemos lo que ocurrió: mientras esto acontecía en los Estados Unidos, en la URSS Korolev presionaba a los altos cargos políticos y militares para que le autorizasen a poner en órbita un satélite con su cohete R-7, sin conseguir que nadie le tomase en serio. Mientras en los Estados Unidos la administración ya apreciaba la utilidad militar del espacio, en la URSS el espacio sólo atraía a los científicos de la Academia Soviética de las Ciencias y a soñadores como Korolev, consiguiendo nada más que el desprecio y las amenazas por parte de los militares que controlaban el programa de cohetes. Sin embargo, el tesón de Korolev consiguió lograr la autorización con desgana de parte del propio Khrushchev, y el 4 de octubre de 1957 el Sputnik surcaba los cielos emitiendo su burlón bip-bip. (Existen dudas sobre si el documento de autorización del lanzamiento del Sputnik contemplaba también el inicio de un programa de desarrollo de satélites espía; se sospecha que sí, aunque dicho documento sigue estando clasificado. No obstante, esto habría ocurrido en 1956, dos años después del primer informe norteamericano al respecto).

Los Estados Unidos se sintieron conmocionados por el acontecimiento, aunque hay quien dice que en ciertos círculos próximos a la Casa Blanca la pesadumbre se encontraba mezclada con una cierta satisfacción. Al fin y al cabo, habían sido los soviéticos los primeros en sobrevolar territorio norteamericano con un ingenio espacial; ahora nadie podría oponerse a que los Estados Unidos hicieran lo propio.

A comienzos de 1958, apenas unos meses después del lanzamiento del Sputnik, la Casa Blanca daba autorización a la CIA para iniciar el programa Corona de satélites espía, cuyo primer elemento se lanzaba en junio de 1959. Habría que esperar hasta 1962 para que la Unión Soviética tuviera operativo un programa semejante, el Zenit. Pero todo eso ya es otra historia...

25 julio 2007

Espionaje de salón


Ya no hace falta fichar por la CIA, el FSB (sucesor del KGB) o el Mossad para poder contemplar las nuevas armas de los países potencialmente hostiles en imágenes de satélite: basta con tener un ordenador con acceso a Internet, y entrar en Google Earth.

Como lo oís: la última generación de submarinos nucleares chinos armados con misiles balísticos ha sido revelada al mundo vía Google Earth. En una de las fotografías que componen el mosaico de imágenes de este servicio de Google, tomada por el satélite comercial Quickbird, podemos contemplar con apreciable claridad las formas de este flamante sumergible de la armada china, oficialmente inexistente hasta la fecha. Basta con que introduzcamos las coordenadas 38º 49' 4,40" N y 121º 29' 39,82" E, y ahí lo tenemos, en todo su esplendor.

Es de suponer que estas imágenes sólo han revelado el submarino a la opinión pública, y que los principales servicios de inteligencia internacionales ya disponían hace algún tiempo de sus propias imágenes de alta resolución tomadas por sus satélites espía. Y también es de suponer que el asunto no es un tema de seguridad nacional para los chinos, pues en esos casos se suelen tomar las precauciones necesarias para evitar que objetivos secretos caigan bajo las cámaras de unos satélites cuyas órbitas y momentos de sobrevuelo son perfectamente conocidos. Pero la cosa no deja de tener su gracia, y muestra cómo ha cambiado el mundo y el acceso a la información en los últimos años.

Por ejemplo, no puedo evitar pensar cómo la forma en que durante décadas se ha contado la historia de la exploración espacial podría haber sido muy distinta de haber existido Google Earth a finales de los años 70. En aquella época, los Estados Unidos sabían, a través de sus satélites espía, que la URSS preparaba un gran lanzador (el N1) para competir con ellos en la llegada a la Luna. Pero no les convenía revelar lo que sabían (nunca conviene que el enemigo sepa lo que sabes de él, ni los medios que tienes para saber lo que sabes), de modo que nunca se reveló. Dado que los soviéticos también lo ocultaron para no tener que reconocer su derrota, durante décadas la opinión pública creyó que los rusos nunca habían intentado llegar a la Luna. ¡Qué distinto habría sido si todos los aficionados hubieran podido contemplar al N1 y/o sus plataformas de lanzamiento en Baikonur a través de Google Earth!

En cualquier caso, la revelación del submarino chino justifica el recelo con el que varios países miran a este magnífico servicio de Google. El gobierno indio ya protestó hace algún tiempo por lo que consideraban un peligro para su seguridad nacional. Por otra parte, no son del todo escasas las imágenes de Google Earth censuradas para evitar que muestren ciertas instalaciones militares o de alguna otra delicada índole: unas veces más claramente, y otras de forma más imperceptible, es relativamente frecuente encontrar en Google Earth pequeños recuadros grisáceos “planos”, donde un fragmento de la imagen ha sido sustituido por una simple mancha de color neutro que en un primer vistazo se camufla con el entorno (y no me refiero a zonas para las que se carece de imagen, no: hablo de casos claros de censuras de contornos muy definidos). Supongo que estas censuras se realizan a instancias de los diferentes gobiernos de las naciones afectadas, y en ocasiones podemos ver casos en nuestro propio territorio, aunque acabo de comprobar que estas censuras cambian con el paso del tiempo: por ejemplo, la Base Aérea de Gando, en Gran Canaria, podía contemplarse totalmente censurada (con sus límites bien definidos, en una operación clara de maquillaje que dejaba al margen el adyacente aeropuerto civil) cuando lo miré por curiosidad hace un par de años, en las coordenadas 27°55'57"N 15°23'14"W del mencionado servicio del todopoderoso buscador de Internet. Curiosamente, hoy dicha censura no existe para esta base aérea; ¿se intentaba ocultar algo en especial en aquella fotografía que ya no está presente en la actual? Lo ignoro, pero demuestra que Google Earth preocupa a los gobiernos. Seguro que con paciencia encontráis más ejemplos de estas censuras; si alguno conoce algún caso, os invito a comentarlo aquí.

En cualquier caso, y volviendo al tema inicial del submarino chino, la conclusión es que ya no hace falta arriesgarse a ir a la cárcel por jugar a los espías, como Roberto Flórez García; basta con rebuscar con paciencia en Google Earth. No nos pagarán por los secretos que revelemos, pero, al menos, es bastante más seguro…

NOTA: Ya sé que ésta noticia no puede calificarse como muy espacial en sentido estricto, pero al fin y al cabo se basa en imágenes tomadas por un satélite. No olvidemos que uno de los principales usos de la actividad espacial es dar servicio a la sociedad, y Google Earth es un ejemplo claro. Y qué leches, la noticia tenía su gracia…

19 enero 2007

China, nueva potencia militar en el espacio

Parece que se confirma lo que hasta ahora sólo eran rumores o sospechas: China tiene capacidades antisatélite.

Efectivamente, según agencias de inteligencia norteamericanas, el pasado 11 de enero China destruyó un satélite meteorológico propio que se había quedado obsoleto, en una prueba con éxito de un sistema antisatélite por energía cinética (es decir, por impacto directo, sin explosivo) lanzado por un misil balístico. Esto ocurre sólo algunos meses después de que se hicieran públicos rumores sin confirmar de que China podría haber lanzado un rayo láser terrestre contra un satélite norteamericano que sobrevolaba su territorio, como comentábamos en un artículo reciente. En aquella ocasión, siempre según rumores sin confirmar, el láser pudo cegar temporal o definitivamente los sistemas de observación del satélite espía norteamericano.

También apuntábamos en el citado artículo que estos rumores sobre posible actividad “hostil” China en el espacio podían haber influido en la edición de la nueva política espacial estadounidense, extremadamente agresiva desde un punto de vista militar en sus enunciados. Pues bien, eso que en aquel momento era sólo una hipótesis mía, ahora es también la tesis defendida por la prestigiosa revista Aviation Week; cito literalmente, “la creciente capacidad militar de China en el espacio es una de las principales razones por las que la Administración Bush formuló el año pasado la primera nueva Política Espacial Nacional en diez años”. Vaya, pues no es por nada, pero parece que me anticipé por unos meses a los reconocidos expertos… Aunque, la verdad, bastaba con leer aquí y allá, e ir uniendo hilos…

Pues nada, poco más que decir. Evidentemente, no es buena noticia la creciente militarización del espacio, pero, reconozcámoslo, es lógico. Si Estados Unidos y Rusia tienen armas antisatélite, es lógico que las nuevas potencias espaciales que vayan surgiendo quieran también tener las suyas. Así que no vale quejarse… Si quiere evitarse, fírmese un tratado de desmilitarización del espacio. ¡Ah, vaya, no, si no puede ser! Si precisamente la nueva política espacial norteamericana se opone expresamente a participar en cualquier tratado en ese sentido. Vaya por Dios… (Imagen: NDU)

23 octubre 2006

La guerra preventiva llega al espacio

El gobierno norteamericano acaba de desclasificar la nueva política espacial de la Administración Bush, un documento de fecha 31 de agosto de 2006 que reemplaza al anterior, de 1996.

A lo largo de las 10 páginas del documento desclasificado, la nueva política reitera básicamente lo ya conocido, en los términos generalistas que son de esperar en un documento de este tipo: compromiso para continuar las actividades de exploración tripulada y no tripulada del espacio, favorecer la cooperación internacional en este ámbito, o favorecer la introducción de la industria privada en la actividad espacial. Nada nuevo bajo el sol. Lo que quizás hace de este documento algo digno de mención es la defensa sin complejos del derecho de los Estados Unidos a llevar el concepto de “guerra preventiva” al ámbito espacial.

En este sentido, el documento expone literalmente que “los Estados Unidos consideran las capacidades espaciales (…) vitales para sus intereses nacionales”, lo cual les llevará a “disuadir o impedir a otros que puedan obstaculizar estos derechos, o que desarrollen capacidades con esa intención”, incluyendo “denegar, si es necesario, a los adversarios, el uso de capacidades espaciales hostiles a los intereses nacionales de los Estados Unidos”. En otras palabras, si un país considerado hostil desarrolla una capacidad espacial que pueda ser considerada “amenazante” (y este concepto puede ser muy amplio), los Estados Unidos se reservan el derecho a actuar como consideren oportuno para aniquilar esa capacidad.

Lógicamente, en línea con estas declaraciones, se reservan el derecho a militarizar el espacio como crean conveniente. Así, declaran explícitamente que “las propuestas de acuerdos de reducción armamentística u [otras] restricciones, no deben obstaculizar los derechos de los Estados Unidos para conducir investigación, desarrollo, ensayos y operaciones u otras actividades en el espacio en nombre de los intereses nacionales de los Estados Unidos”. Es decir, en lenguaje del pueblo, que se pasan los posibles acuerdos de limitación armamentística por donde les parezca oportuno, y se reservan el derecho a militarizar el espacio aunque en el futuro se pudiera decidir prohibirlo mediante acuerdos internacionales.

Todo esto queda claro en uno de los objetivos a continuación explicitados para la nueva política espacial: “Permitir las operaciones libres de obstáculos de los Estados Unidos en el espacio para defender nuestros intereses allí”. O sea, asegurarse la libertad a hacer lo que les plazca en el espacio. Otras frases similares refuerzan estos mensajes a lo largo del documento.

Realmente, esto no es nuevo. La militarización del espacio es algo que ha estado dentro de los objetivos de las grandes potencias desde el lanzamiento del Sputnik en 1957. Quizás la famosa Iniciativa de Defensa Estratégica (más conocida como “Guerra de las Galaxias”) lanzada por el Presidente Reagan sea lo más conocido a nivel popular, pero lo cierto es que armas en el espacio las ha habido y las hay, aunque, lógicamente, se sabe poco sobre ellas. Tampoco es de esperar que sean grandes armas apocalípticas a día de hoy (los requisitos técnicos parecen hacerlo bastante complicado por el momento), pero los satélites antisatélite son una realidad hace tiempo.

¿Qué es, entonces, lo nuevo de estas declaraciones oficiales norteamericanas? Pues, por un lado, su voluntad de quedar al margen de cualquier acuerdo internacional de limitación de armas en el espacio, y, por otro lado, su arrogación del derecho a atacar los desarrollos espaciales de cualquier país que pueda ser considerado hostil.

Esto último es lo más peligroso, al anunciar claramente el concepto de “guerra preventiva” espacial. Y ya sabemos que bajo ese concepto se pueden esconder guerras simplemente económicas. Con lo cual, bajo la excusa de impedir que un país del “eje del mal” desarrolle actividades espaciales que puedan ser una amenaza, en la práctica puede servir para impedir que ese país simplemente acceda al espacio, con cualesquiera fines. De esta forma se le restringe su desarrollo y, quizás también, se evite la aparición de un nuevo competidor en el mercado espacial. Creo que sobran más comentarios.