30 enero 2008

Reentradas atmosféricas

Navegando por Internet, he caído por Neofronteras, donde se hacían eco de una noticia de New Scientist sobre un experimento para lanzar un avión de papel desde la ISS y recuperarlo intacto en la Tierra.

Desde luego, la idea es curiosa, pero lo que me ha motivado para escribir esta entrada es el primer comentario, de un tal “radek”, que reproduzco parcialmente aquí:

¿Sería muy antieconómico que los vehículos espaciales, antes de reingresar a la atmósfera, “frenen” y reingresen en una simple caída libre? (o al menos no a 30000 km/h)

Es decir, radek propone realizar un frenado completo del objeto en órbita, para que así caiga en vertical sobre la superficie terrestre. ¿Es una buena idea?

Veamos: frenar totalmente al vehículo en su órbita supone parar una masa que se mueve a unos 7,7 km/s (o 27.700 km/h), si tomamos como referencia la órbita de la ISS (400 km de altura). Imaginemos que queremos hacerlo con el Shuttle, es decir, que queremos frenar un cacharro de 80 toneladas en vacío (supongamos unas 90 toneladas en órbita) que se mueve a 27.700 km/h… Bueno, no lo imaginemos, esto es fácil de calcular (sí, me he animado a hacer los numerillos, sin que sirva de precedente): el frenado total supondría un gasto de unas 220 toneladas de propulsante (por si a algún tecnófilo le apetece hacer el calculillo por su cuenta, el frenado se conseguiría con el funcionamiento de los dos motores OMS, de 26,7 KN de empuje cada uno, y alimentados por un propulsante con un impulso específico de 316 s; suponiendo una masa de 90 toneladas para el Shuttle, ya tenéis todos los datos). Por el contrario, en una reentrada normal, el Shuttle se limita a hacer un frenado de unos 130 m/s (470 km/h) para salir de su órbita, lo que requiere unas 3,7 toneladas de propulsante. A partir de ahí, su órbita empieza a decaer suavemente, y las leves trazas de la atmósfera a esa altura empiezan a actuar frenándolo más y disminuyendo aún más su altura, en un proceso que se alimenta a sí mismo.

Hablamos, por tanto, de 220 toneladas de propulsante frente a 3,7. Una diferencia de más de 216.000 kg entre una opción y la otra no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que ese sería un peso extra a lanzar desde la Tierra. Al precio que está el kilo de masa puesta en órbita, podéis imaginaros los millones que esto supone…

Pero es que eso no es todo. No se trata solamente de que una reentrada como la planteada por radek sea un despilfarro energético (y económico), es que además tampoco presenta ventajas de otro tipo; todo lo contrario.

En este caso he intentado hacer números también, para analizar el perfil de velocidades durante una reentrada en caída libre, de donde podría sacar también tiempos y hasta temperaturas (al menos en cuanto a energía disipada). Pero confieso que al cabo de un rato (no más de 10 minutos, la verdad, uno es así de vago) he desistido: la ecuación que reproduce una reentrada de este tipo, la que nos da la variación de la altura y la velocidad con el tiempo, es una ecuación diferencial de las que quitan las ganas de seguir (tened en cuenta que la gravedad cambia con la altura, así como la densidad atmosférica, de la cual depende la fuerza aerodinámica de frenado). Sí, una de esas ecuaciones diferenciales no lineales tan chulas a las que uno estaba acostumbrado a enfrentarse hace años, y que hoy parece increíble que pudieran formar parte del día a día de una persona humana… En fin, que ante el bonito chorizo que salía, he perdido las ganas. Si alguien se siente en forma para acometer el cálculo, se agradecerán los resultados.

Pero bueno, aunque sea sin números, lo veremos en términos cualitativos. Empecemos por la aceleración (o deceleración): ¿será mayor o menor en una caída libre que en una reentrada sustentadora? En una reentrada sustentadora comenzamos el descenso con un ángulo relativamente pequeño, y con una velocidad muy alta, próxima a la velocidad orbital. Esto supone que hay que reducir una velocidad muy alta, pero a lo largo de mucho espacio (la trayectoria es mucho más larga). En una caída libre, inicialmente el objeto parte con velocidad cero, luego se va acelerando mientras cae casi en el vacío, para luego comenzar a frenarse a medida que va aumentando la densidad atmosférica. Aquí es donde vendría bien resolver la ecuación diferencial comentada, para ver a qué altura llega a su máxima velocidad, y cuál es ésta, pero no tenemos ese número (salvo que algún amable y ocioso lector nos lo ofrezca). Pero lo que sí está claro es que para cuando haya alcanzado ese máximo de velocidad, le quedará ya poco recorrido de descenso. Evidentemente, esa velocidad será inferior a la velocidad orbital, pero habrá que frenarla en un espacio no mayor de 100 km (es una cifra intuitiva, pero no creo que esté muy alejada de la realidad; probablemente sea incluso menor). En cambio, en la reentrada sustentadora el frenado se realiza a lo largo de miles de kilómetros.

Sin números, no sabríamos en qué caso es mayor la deceleración. Pero afortunadamente tenemos otra fuente de información: la historia. Y es que las primeras misiones espaciales (Mercury y Vostok) hacían una reentrada parabólica, no muy diferente a la caída libre vertical descrita aquí. Y las misiones siguientes optaron por una reentrada sustentadora (siguiendo una trayectoria más tendida, con un ligero planeo en la atmósfera). Pasar de una a otra supuso reducir las aceleraciones de la reentrada de unas 9-11 g a unas 3-4 g. En el caso del Shuttle, gracias a su buena aerodinámica, la reentrada es mucho más sustentadora, mucho más tendida, y las aceleraciones se reducen a alrededor de 2 g. No está mal, ¿verdad?

Por lo tanto, queda claro: si eres un astronauta, preferirás una reentrada sustentadora frente a caer como una piedra. Si eres el que pone el dinero, también. Pero, ¿y qué pasa con el calentamiento durante la reentrada?

El calentamiento equivale a energía disipada. Es proporcional, por tanto, al cuadrado de la velocidad a la que suponemos que empieza el frenado. En el caso de la reentrada sustentadora, será la velocidad orbital. En el caso de reentrada parabólica o caída libre, lo aproximaremos al pico de velocidad durante el descenso. Evidentemente, este número es menor, así que la energía a disipar en este caso será inferior. El calor generado será menor en una caída vertical.

Pero cantidad de calor no es exactamente igual a temperatura. Y es que tenemos también el factor tiempo: disipar un determinado calor en un tiempo muy pequeño supone una mayor temperatura para la estructura que disipar el mismo calor a lo largo de un tiempo más largo. En este caso la cantidad de calor no es la misma en ambos casos, así que habría que hacer números, pero se ve bastante claro que la reentrada parabólica o en caída libre supone muy altas temperaturas durante un tiempo corto, mientras que la reentrada sustentadora supone temperaturas altas pero no tanto, durante un periodo más prolongado. Ninguna de estas opciones es maravillosa, y con ambas puede vivirse, en función de cómo diseñes el escudo térmico, así que éste no es un factor tan decisivo en la elección de un tipo u otro de reentrada.

Resumiendo, que no, que no vamos a revolucionar la actividad espacial descubriendo un nuevo perfil de misión que sea bueno, bonito y barato. Mucha gente lleva ya mucho tiempo pensando en estas cosas, y, aunque la mejora de lo existente no es ni mucho menos imposible, desde luego no es nada fácil; precisamente porque las alternativas fáciles ya las pensaron muchas otras personas antes que nosotros. Pero es fantástico hacerse estas preguntas, porque, como dice el refrán (y tiene toda la razón) “la curiosidad es la madre de la ciencia”. Y encima a mi me encanta plantearme estos problemas y enfrascarme en la solución, sobre todo si es sobre trayectorias y análisis de misión, que me encanta; así que seguid preguntando (siempre que la solución no implique ecuaciones diferenciales, claro…). ¡Saludos! (Foto: NASA)

29 enero 2008

Aldebarán: un nuevo lanzador franco-español

Sí, habéis leído bien: franco-español. No europeo, no de la ESA, sino fruto de un acuerdo bilateral entre el CDTI español y el CNES francés.

Se trata de un lanzador ligero de minisatélites a órbita baja, que serviría al mismo tiempo como demostrador de tecnologías avanzadas para futuros proyectos. La principal innovación del concepto es su lanzamiento desde el aire, ya sea desde un avión de caza (Eurofighter, Rafale, F18…) al estilo del Pegasus norteamericano, o bien desde la bodega de un avión de carga, al estilo del sistema Air Launch, también de allende el Atlántico (a nivel experimental por ahora).

La principal ventaja de estos sistemas de lanzamiento aerotransportado es su disponibilidad, tanto geográfica como temporal: pueden operar prácticamente desde cualquier sitio que disponga de una pista de aterrizaje, sin necesidad de complejas infraestructuras terrestres, y pueden estar listos para el lanzamiento en un plazo muy breve desde que se decide llevarlo a cabo. Esto tiene una ventaja económica, al simplificarse toda la infraestructura terrestre; y tiene también otra ventaja de índole estratégico y político, al poderse efectuar el lanzamiento desde prácticamente cualquier territorio, y como respuesta a necesidades urgentes. Estas necesidades pueden ser de cualquier tipo, aunque uno no puede evitar pensar en el concepto tan de moda del ORS, siglas de “Operationally Responsive Space”, unas palabrejas de difícil traducción (o fácil, pero sin mucho sentido para los profanos) que vienen a indicar la capacidad de respuesta rápida en el ámbito espacial militar. Por ejemplo, para poner un satélite de observación específico sobre una zona de conflicto cuando se está produciendo éste.

El proyecto Aldebarán, como se ha bautizado a este minilanzador, arrancó en 2007, estando previsto el primer lanzamiento para 2014. En cualquier caso, el proyecto está aún en Fase 0, o de viabilidad. Es decir, aún puede pasar cualquier cosa: puede cambiar de configuración, o incluso puede que no llegue a ver la luz nunca (algo a lo que ya estamos demasiado acostumbrados en estos temas del espacio). Pero, en cualquier caso, es una magnífica noticia que España participe en un proyecto así como socio principal del proyecto. Y es una magnífica noticia para la industria aeroespacial española.

Y es que esto permitirá a nuestra industria subir un peldaño importante en el desarrollo de sistemas espaciales, desarrollando nuevas capacidades que nos sirvan para poder aspirar a tener un mayor peso en el contexto internacional del sector espacial en el futuro. Es una de las consecuencias positivas de la importante noticia que ya publicaba por aquí hace un año cuando anunciaba que, por fin, tras años de cicatería, nuestro gobierno apostaba por el sector espacial, publicando un Plan Estratégico del Espacio y aumentando nuestra participación en la ESA hasta el nivel que nos corresponde en base a nuestro PIB: el 8% de las aportaciones globales a la agencia (históricamente hemos estado siempre alrededor del 4%). Si además consideramos el lanzamiento del programa franco-español Aldebarán, y de los dos satélites puramente españoles de observación de la Tierra (Seosat) que también están en proyecto, no podemos hacer más que congratularnos por el hecho de que por fin se le preste un poco de atención a este sector estratégico de la industria española.

22 enero 2008

Un poco de demagogia monetaria

Los crónicos problemas de presupuesto en la NASA parece que empiezan a afectar directamente al programa Constellation (es decir, al Ares/Orión, o sucesor del transbordador, para los "no iniciados"). Para llevar a cabo el proyecto, la NASA tiene un déficit de 700 millones de dólares que, a pesar de todos los intentos, parece que no va a ser cubierto en los próximos presupuestos. Así que se están planteando alternativas para salir del paso.

Como ya prácticamente se ha recortado todo lo recortable, se están empezando a asumir retrasos en el programa. El primer retraso oficial (aunque sin reconocerlo explícitamente) ya lo anunció Griffin recientemente al hablar del lanzamiento de la primera misión del Orión en 2015 (el objetivo inicial, marcado en su día por el propio Bush, era 2014). Ahora se intenta no mover esa fecha, pero se anuncian retrasos en los hitos intermedios.

La cuestión es que Griffin espera disponer de más fondos a partir de 2010, cuando se cancele el programa del transbordador (si es que finalmente se cancela realmente en esa fecha, que como ya sabéis, últimamente está en entredicho). Así que su idea es ralentizar el programa Constellation de aquí a 2010, para luego acelerarlo entre 2010 y 2015, aprovechando los fondos liberados por el Shuttle. Una apuesta arriesgada: ya sabemos que a menudo los retrasos son difíciles de recuperar más adelante, por mucho dinero que se ponga.

En cualquier caso, me parece a mí que esto ya no lo van a ver ni Bush ni Griffin. Bueno, verlo lo verán, pero desde la barrera. Porque si, como es de prever, el próximo inquilino de la Casa Blanca es un demócrata, lo más normal es que cambie también el Administrador de la NASA (por ser éste un cargo político, nombrado por el Presidente). Y con esos previsibles cambios por delante, quién sabe cómo evolucionará el programa de aquí a 2015; aún puede pasar cualquier cosa, y en cualquier dirección.

De todas formas, esta pequeña noticia no habría motivado esta entrada del blog de no haber coincidido en el tiempo (mi tiempo, quiero decir) con otro detalle más o menos relacionado. Y es que, leyendo sobre estos temas de los presupuestos de la NASA y los presupuestos generales norteamericanos para 2008, me he dicho: ¿por qué no pruebas a buscar en Google los presupuestos USA para 2008, para ver de primera mano los números destinados al programa espacial, y esas cosas? Y claro, como casi siempre que se le pide algo, San Google me ha dado la respuesta: un link a la página de la Casa Blanca, con todo lo que siempre quiso saber sobre los presupuestos generales de los Estados Unidos y nunca se atrevió a preguntar. Cantidades ingentes de información, presentada de forma exquisita. Y es que, ante un tema así, uno esperaría encontrarse (si acaso) con un infumable documento de cientos de páginas que aburriría al más pintado… Pues sí, de esos hay varios, pero para los vagos como yo también están los presupuestos ya digeriditos, en formato Excel. Toma ya. Eso es eficiencia, sí señor. Un diez para el gobierno norteamericano en este aspecto. (Por cierto, por si a alguien se le ocurre hacerse la pregunta: ¿cuál es el equivalente aquí en España? Pues sí, los presupuestos generales del Estado también están publicados en la web del Ministerio de Hacienda, y son fáciles de encontrar. Pero aquí acaba todo parecido: primero, para encontrar el resumen con los números, que es lo que nos importa, te pasas un rato hurgando entre diferentes documentos; y luego, para entenderlo, casi te hace falta un máster en economía. Aún así, creo haberme enterado de algo, que usaré luego como comparativa. Pero vamos, nada que ver con la claridad con que esto está hecho por la Casa Blanca. Chapó por ellos.)

Bueno, al grano: con esta tablita Excel tan maja y tan clarita, uno puede empezar a comparar con números reales lo que en su día simplemente insinuaba cuando hablé sobre esto hace año y medio. Es decir, comparar los presupuestos de la NASA con los presupuestos militares norteamericanos, por ejemplo. ¿Demagogia? Bueno, pues sí, un poco. Pero también es demagogia, mucha más, decir que la actividad espacial es un gasto poco menos que inútil (como dicen muchos), sin saber siquiera cuánto supone ese gasto.

Pues bien, vamos a ver números. En mi artículo de junio de 2006 decía que el presupuesto de la NASA representaba el 0,7% del presupuesto federal de los Estados Unidos. Pues bien, la situación ha empeorado, en términos relativos. Aunque el presupuesto global de la agencia, en números absolutos, se ha mantenido prácticamente invariable desde entonces, su porcentaje con respecto a la totalidad se ha reducido hasta un 0,55% en 2007 (15.420 millones de dólares, para un presupuesto global de 2.784.267 millones). Para 2008 la situación no cambia mucho: el 0,57%, que son 16.595 millones.

¿Y cuánto es el presupuesto de Defensa, comparado con esto? Veamos… pues nada, el mantenimiento de la hegemonía mundial “sólo” les cuesta el 20,5% de su presupuesto nacional. No sé vosotros, pero yo me he quedado pasmado, sinceramente. Claro que uno tampoco es experto es estas cosas, así que a ver si va a ser lo normal en casi todos los países, he pensado… Así que, ni corto ni perezoso, me he puesto a ojear los Presupuestos Generales del Estado (el estado español, se entiende) para 2008 ¿Cuánto gastamos nosotros en Defensa, en porcentaje del presupuesto nacional? Pues, atención… ¡un 2,3%! Sí, 10 veces menos que los americanos, en términos relativos. Claro que en números absolutos es casi peor: con el presupuesto de Defensa americano, nosotros nos apañaríamos para sacar adelante el país entero, y aún nos sobraría para algunas alegrías. Y eso al actual cambio de 1,44 dólares por euro… Jo, qué pobres somos…

Así pues, haciendo el ejercicio de demagogia que comentaba antes, ¿cuánto costaría en términos relativos doblar (sí, he dicho doblar, duplicar, multiplicar por dos) el presupuesto de la NASA? Pues podría conseguirse sin más que reducir en un 2,7% el presupuesto militar de los Estados Unidos; dudo que afectase seriamente a su posición en el contexto internacional. ¿Y darle a Griffin el capricho de los 700 millones que le faltan para sacar adelante el programa Constellation que le encargó el Presidente? Pues se arreglaría con un mísero 0,1% de reducción de los presupuestos militares un solo año. Que si se hace de aquí a 2010 (que es el periodo en cuestión) se quedaría en una reducción del 0,03% de los gastos de Defensa durante esos tres años. Por verlo más claro: si ganas 2000 euros al mes, es como si dieras una limosna de 60 céntimos una vez al mes, durante tres meses.

En fin, la próxima vez que alguien os diga que por qué gastar tanto en hacer ciencia en el espacio en lugar de dar de comer a los pobres del mundo, contadles lo que supone esta ciencia en comparación con lo que se gasta en prepararse para la guerra. Tan demagógica es la pregunta como la respuesta, pero al menos esta última se basa en datos objetivos.

Presupuesto EE.UU. 2008 (tabla Excel resumen)
Presupuestos Generales del Estado para 2008 – España (resumen, pero de Excel ná)

12 enero 2008

Columbus subirá al espacio el 7 de febrero… si no hay más sorpresas

Parece que la resolución de los problemas con los sensores ECO va viento en popa, y la NASA ha anunciado formalmente el lanzamiento de la misión STS-122, con el Columbus a bordo, para el próximo 7 de febrero.

Dos meses de retraso sobre la fecha inicialmente prevista, que esperemos que no afecten drásticamente al proceso de montaje de la Estación Espacial Internacional. Recordemos que, si se cumple la retirada inexorable del Shuttle en 2010, como pidió Bush y ratificó Griffin, el calendario está muy apretado para poder llevar a cabo todos los vuelos necesarios. Es decir, que unos cuantos retrasos como éste podrían provocar que algún elemento de la estación se termine quedando en tierra. Pero bueno, por otro lado tenemos al Congresista Weldon llevando la contraria a su presidente y pidiendo que se asegure la posibilidad de mantener el Shuttle más allá de 2010 si fuera necesario… En fin, ya veremos cómo termina todo esto.

Lo curioso de todo este tema, desde mi punto de vista, es lo de la avería de los sensores ECO. Voy a ponerme un poco crítico con esto…

Veamos: es un problema que lleva años ocurriendo de forma recurrente, aunque hasta ahora siempre parecía irse soslayando de una forma u otra. En diciembre, tenemos el problema definitivo cuando va a lanzarse la misión STS-122 y los sensores parecen volverse locos, esta vez más que nunca, hasta el punto de que nadie se fía lo más mínimo de ellos y se decide cancelar el lanzamiento mientras se estudia el problema. En paralelo, se filtran unos mails internos de la NASA donde altos cargos confiesan que el problema podría ser imposible de solucionar, y que están totalmente perdidos en cuanto a la fiabilidad de dichos sensores… Y ahora resulta que todo va a solucionarse con unas gotitas de estaño. ¿Soy muy retorcido, o esto huele a que nadie se había tomado el problema en serio hasta ahora, resultando ser una chorrada que podría haberse solucionado hace años?

Vale, primero habrá que demostrar que realmente el problema está resuelto. Y además, también tenemos que reconocer que a veces los problemas más difíciles de solucionar, los que nos dan más quebraderos de cabeza, terminan por ser los más simples cuando se da con ello. Pero no deja de resultar chocante, la verdad.

¿Por qué hablo de unas gotitas de estaño? Pues porque todo apunta a que el problema se producía en un conector, en un simple enchufe, para entendernos, que no hacía buen contacto en algunas ocasiones por posibles holguras entre los elementos macho y hembra (probablemente favorecido por las dilataciones-contracciones que tenían lugar en el entorno criogénico en el que se hallaban inmersos, en el depósito de hidrógeno del transbordador, a -253 ºC). Y la solución va a ser soldar los elementos macho y hembra del conector, para así asegurar un buen contacto eléctrico en cualquier caso. Así de sencillo.

En fin, esperemos que realmente sea ésta la solución definitiva. Entre tanto, esperaremos al 7 de febrero con los dedos cruzados. A ver si finalmente Europa llega a ver su módulo en el espacio, que entre unas cosas y otras, parece que el Columbus está gafado…

(En las fotos que acompañan a esta entrada -cortesía NASA-, los conectores de los sensores y la “sofisticada” solución que se les está aplicando.)

11 enero 2008

Sobre Arte, Universo, Planetario de Madrid… y Murphy

Todos sabemos que el Cosmos se mueve bajo la Ley de la Gravitación Universal, pero lo que está clarísimo es que la Humanidad se mueve bajo los dictados de la Ley de Murphy. Es implacable.

Ayer, 10 de enero de 2008 a las 18:34 (GMT+1), después de casi dos semanas desde mi escrito al Planetario de Madrid sobre la exposición “Arte en el Universo” y su coincidencia con uno de mis libros (ver entrada anterior), perdía las esperanzas de provocar alguna reacción y decidía publicar en este blog mi opinión al respecto. Pues bien, aquí interviene Murphy: a las 10:34 de hoy, exactamente 16 horas después de publicar esa entrada en el blog (ni un minuto más, ni un minuto menos), recibía un correo del Jefe Técnico del Planetario de Madrid, como responsable de la exposición.

Y ahora escribo esto para rectificar, dado que tras leer su amable y extenso escrito, he quedado convencido de que todo ha sido simplemente una curiosa casualidad. Algo que, si solo hubiera sido por los contenidos, nunca hubiera dudado, pero que ante la coincidencia exacta del título, y con una frase de arranque de la presentación de la exposición que recordaba mucho en su fondo a la de arranque de la presentación de mi libro, la verdad es que me hizo desconfiar enormemente en un principio. Al fin y al cabo, no es que el título de mi libro sea el más original del siglo, pero tampoco era simplemente algo así como “Las fotografías del Hubble”… Pero en fin, las coincidencias existen, y parece que ésta es una de ellas.

Como digo, en su escrito lamentan que la coincidencia me haya llevado a pensar en algo más de lo que es en realidad, y afirman que en caso de haberse inspirado en el libro, que aseguran no haber conocido hasta después de montar la exposción, no habrían tenido ningún inconveniente en reflejarlo así. Les creo: su escrito parece sincero y es de una corrección exquisita. Así que rectifico lo dicho en la entrada anterior. Lástima que Murphy no sólo haya provocado este malentendido, sino que encima haya provocado estas dos entradas seguidas sobre el tema, por unas míseras 16 horas de diferencia. Como decía, este Murphy es implacable…

10 enero 2008

Arte en el Universo ¿Casualidad, o algo más?

¿Casualidad o no tanto? Ultimamente he encontrado dos casos de utilización de este título para un contenido idéntico (en la idea, no en el detalle) a mi libro del mismo título, publicado en 2003.
El primer caso del que tuve constancia, hace unos meses, fue una exposición del Planetario de Madrid, producida por el propio planetario. Un lugar en cuya librería se vendía hace algún tiempo (la última vez que fui, coincidiendo con la exposición, ya no lo vi) mi libro, Arte en el Universo. Curiosamente, además, la primera frase de la descripción de la exposición recuerda bastante a la primera frase de la reseña que aparece en la contracubierta de mi libro. O a lo mejor es que yo soy muy malpensado…

El segundo caso es un vídeo de YouTube, a cuyo título le han añadido “El” delante. Me he puesto en contacto con la persona que lo colgó allí, para saber el origen del título (en este caso veía más posible que pudiera ser pura casualidad), y, tras tres semanas y un par de amables insistencias, aún estoy esperando respuesta. Eso sí, acabo de comprobar que ha retirado el vídeo (podéis comprobarlo si pincháis el link anterior, que funcionaba hace apenas unos días). No era mi intención: simplemente le preguntaba si se había basado en mi libro, y en caso afirmativo, le pedía que lo mencionara en unos créditos finales. Su acción retirando el vídeo (e incluso eliminando su cuenta de usuario) me parece desproporcionada, pero parece confirmar que lo del título y el contenido tampoco en este caso era casualidad.

No estoy hablando de plagio, en sentido estricto. En ningún caso hablamos de un libro, ni tampoco el contenido de la exposición o del vídeo son idénticos a mi libro (bueno, en el caso de la exposición, un buen número de fotos son las mismas; pero son fotos de libre acceso, y podría suponerse que los del planetario y yo tuvimos gustos similares al hacer la selección…). Pero sí creo que mi libro ha servido de inspiración para estos productos. Lo cual me halaga, pero creo que lo apropiado en estos casos hubiera sido hacer una pequeña mención al motivo de dicha inspiración (bastaría una de esas frases en letra pequeña que nadie lee, al final de la presentación de la exposición, por ejemplo, diciendo algo así como “Inspirado en el libro ‘Arte en el Universo’, de Javier Casado”). No creo que costase nada hacerlo así, y yo me habría sentido bastante más complacido, y no me habría quedado con la cara de tonto que se me quedó cuando me encontré por casualidad con la exposición en el planetario. Sinceramente, me pareció feo. No costaba nada hacerlo bien, creo yo; es decir, simplemente contactarme para pedirme permiso, que les hubiera concedido sin problema, sin más que hacer referencia al origen “en letra pequeña”.

Según me han informado, podría exigir al Planetario de Madrid que rectificase, como mejor me pareciera. Aunque el tema de la similitud de los contenidos es algo más complicado de demostrar (requeriría un peritaje), el título de mi libro está protegido, y no puede utilizarse para actividades como la citada exposición sin autorización expresa. Pero, la verdad, no me parece que merezca la pena; ¿qué iba a hacer, obligarles a retirar la exposición? Pues no es lo que quiero, si precisamente son actividades como éstas lo que hace falta en este país. ¿Quizás podría pedirles que me mencionaran? Pues sí, y así lo he hecho, sin éxito. No desmienten el origen de la exposición, pero tampoco se molestan en reconocerlo. ¿Podría exigírselo? Parece que legalmente sí, pero, sinceramente, aparte de satisfacer mi ego, no creo que mereciera el esfuerzo desde ningún otro punto de vista. Así que creo que lo dejaré estar. Pero, repito, me parece que lo que han hecho, de la forma que lo han hecho, está bastante feo.

28 diciembre 2007

La verdadera historia de Armstrong en la Luna

Hace unas pocas semanas recibía un correo de un desconocido, que supongo que había llegado hasta mí deambulando por Internet. Me pedía que le recomendara libros en español sobre “la verdadera historia de Neil Armstrong en la Luna”. Buen comienzo, ¿verdad?

Tranquilamente le contesté que no conocía ninguna biografía en español de Neil Armstrong, ni ningún libro serio centrado en la misión del Apollo 11, ni siquiera tan sólo en el programa Apollo. Pero que le podía recomendar varios libros que trataban sobre ello dentro de un contexto más amplio, remitiéndole, para más detalles, a bibliografía en inglés. “En la web de la NASA puedes encontrar muchísimos datos sobre la verdadera historia de Armstrong en la Luna”, le contesté, más o menos.

Evidentemente, sabía que no era esto lo que me estaba pidiendo. Desde el primer momento estaba claro que quien busca la “verdadera” historia, en realidad está pidiendo leer “apasionantes” intrigas conspiranoicas de algún tipo. Es decir, la basura con la que se lucran personajes como Iker Jiménez, Jiménez del Oso, J.J. Benítez y demás farsantes. Pero de lo que no me di cuenta en aquel momento era que en realidad sí que había una “historia oculta” en relación con Armstrong y la misión Apollo 11, una interesante historia que había resultado un misterio durante años, hasta que finalmente fue revelada por el propio Armstrong. Se trata de la historia de Mr Gorsky.

Durante años, las últimas palabras que pronunció Armstrong en la Luna resultaron un misterio para todos los que pudieron escucharlas, tanto entre el público en general como dentro de la propia NASA. Mientras se preparaba para subir por última vez la escalerilla del módulo lunar, poco antes de despegar para volver a la Tierra, Neil Armstrong pronunció cuatro enigmáticas palabras: “Good luck, Mr. Gorsky”. Buena suerte, Sr. Gorsky.

Esa frase desconcertó durante años a todos aquellos que habían seguido en detalle la misión del Apollo 11. En principio, casi todos creyeron que se trataba de algún cosmonauta ruso rival, a quien Armstrong deseaba suerte tras haberlo vencido en la carrera por llegar a la Luna. Pero nadie pudo encontrar nunca un nombre parecido entre los involucrados en el programa espacial ruso. Por todos los Estados Unidos surgieron investigadores que buscaron también si alguien entre los técnicos de la NASA se apellidaba Gorsky, o si esta frase podría haber sido parte de algún código secreto acordado entre el Control de la Misión y los astronautas del Apollo para transmitir alguna información codificada. Durante años, multitud de técnicos de la NASA fueron consultados sin éxito: según sus declaraciones, las últimas palabras de Armstrong en la Luna les habían desconcertado tanto como al público en general. El propio astronauta sería preguntado sobre ello en multitud de entrevistas a lo largo de los años, a las que solía responder con una simple sonrisa y el silencio, o, en el mejor de los casos, con evasivas. Pasaban los años y el misterio permanecía sin aclarar.

Finalmente, en 1995, 26 años después de que ocurriera todo, la verdad salió a la luz. El 5 de julio de ese año, Armstrong era entrevistado en la CBS por el famoso presentador Walter Cronkite, quien, íntimo amigo de Armstrong, le preguntaría una vez más por la misteriosa frase. Sólo que esta vez la reacción de Armstrong sorprendió a todos:

“Bien, es cierto que durante años me habéis estado preguntando qué significaban esas enigmáticas palabras, y durante todos estos años me he sentido obligado a no dar la respuesta, al sentir que era algo extremadamente confidencial. Pero hoy la situación ha cambiado. Desde hace unos meses, Mr. Gorsky ha muerto, y creo que ahora ya no importará que revele lo que significó aquella frase”.

Con Cronkite y todos los espectadores pendientes de cada una de sus palabras, Neil Armstrong procedió entonces a contar la historia que había detrás de la última frase que se pronunció sobre la Luna al final de la misión del Apollo 11:

Siendo un niño, Neil Armstrong estaba jugando al béisbol con su hermano en el jardín de su casa en Wapakoneta, Ohio. En una ocasión, tuvo que ir a recoger una pelota que había ido a caer junto a la casa de sus vecinos, bajo la ventana del dormitorio; entonces escuchó los gritos de una discusión dentro de la casa. Era la señora Gorsky, que gritaba a su marido: “¿Que quieres que te chupe qué? ¿Me estás pidiendo que te haga sexo oral? ¡Tendrás sexo oral el día que el chico de los Armstrong ande sobre la Luna!”

Armstrong nunca olvidó aquella frase, de modo que, mientras estaba sobre nuestro satélite, no pudo evitar acordarse del Sr. Gorsky y de si él también se acordaría de recordar a su mujer aquellas proféticas palabras. Por eso, no pudo evitar pronunciar con una sonrisa, poco antes de subir al LEM: “Buena suerte, Sr. Gorsky”.

Es una lástima que no me acordase de contarle esto a aquel entusiasta de las conspiraciones que me preguntó por “la verdadera historia de Armstrong en la Luna”. Aunque, para seros sinceros: todo esto no es más que una leyenda urbana, y, como tal, absolutamente falsa. Armstrong nunca pronunció esas palabras. Nunca existió un Sr. Gorsky y una señora Gorsky discutiendo por sus gustos sexuales mientras los escuchaba un futuro astronauta, y nunca ningún presentador preguntó a Armstrong por una frase que nunca pronunció. Pero, reconozcámoslo, es una historia mucho más divertida que las demás historias conspiranoicas que rodean las misiones a la Luna. Y es una historia que aún a día de hoy sigue corriendo por los Estados Unidos, con bastantes personas que aún creen que todo esto sucedió de verdad. Como digo, al menos te hace sonreír.

Debería haber publicado este artículo el 28 de diciembre, pero entonces no me di cuenta. Así que lo hago ahora, día 4 de enero de 2008. Aunque, en un pequeño guiño a los futuros lectores, modificaré manualmente la fecha de publicación para que aparezca con la otra fecha. Espero que me disculpéis esta pequeña manipulación para permitirme así esta pequeña inocentada con retraso. Feliz año nuevo a todos.

P.D.: Para terminar, y aprovechando la temática del artículo, quiero aprovechar para dejar algunos links que puedan iluminar un poco a aquellos crédulos que pudieran caer por aquí accidentalmente (aunque sabiendo que de poco sirve la evidencia; quien quiere creer en fantasmas, cree pase lo que pase. Ahora bien, por intentarlo, que no quede):

ARP-Sociedad para el avance del pensamiento crítico
El FAQ de la ARP, con respuesta a casi todas (algunas aún están en construcción) las preguntas que un crédulo podría hacerle a un escéptico
Círculo Escéptico

(Foto: NASA)

12 diciembre 2007

A vueltas con la seguridad

El Shuttle es un vehículo complejo. Mucho. El vehículo espacial más complejo de la historia (ese honor podría ser compartido con el Buran ruso, pero éste nunca llegó a volar más allá de la misión de pruebas no tripulada). Y, como tal, está sujeto a múltiples fallos potenciales. Es lo malo de la complejidad: que hay más cosas que pueden fallar, y que es más difícil predecirlas todas. Antes, para medir la posición usábamos sextantes, que no fallaban nunca; ahora el GPS es más cómodo y preciso, pero puede estropeársenos el aparato, o los satélites, o simplemente quedarnos sin pilas; la complejidad técnica tiene sus pegas.

Esta serie de aparentes perogrulladas ya las repitió el comité investigador del accidente del Columbia en su informe. Sus conclusiones al respecto fueron que el Shuttle era tan complejo que probablemente no podría garantizarse su seguridad nunca. En palabras más directas y algo sensacionalistas, se podría decir que el Shuttle es un vehículo inseguro por naturaleza... aunque ciertamente me parece exagerado plantearlo así. Pero creo que entendemos el mensaje.

El Shuttle ha tenido ya dos accidentes mortales, debidos a problemas completamente distintos (aunque ambos repetitivos a lo largo de su historia). El primero se solucionó, el segundo sólo se consiguió aliviar parcialmente; pero se sabe que pueden existir problemas potenciales, en una inmensa parte desconocidos. Y otros que son conocidos, pero de los que se desconoce en realidad su potencial peligro. Algo que también señaló Richard Feynman en su famoso Anexo F al informe del accidente del Challenger, cuando apuntó a los múltiples problemas de todo tipo abiertos en diferentes elementos del transbordador (ajenos a los aceleradores sólidos que habían provocado el accidente).

¿A qué viene toda esta larga introducción? Pues a que uno de esos problemas conocidos y repetitivos puede que esté poniendo en jaque el futuro inmediato del proyecto. Quizás sea algo alarmista presentarlo así, pero la verdad es que me ha creado mucha incertidumbre la última filtración que os voy a revelar a continuación (no os pongáis impacientes, que todavía queda rato de rollo, para poneros en antecedentes). Se trata de un problema que ya ha impedido el lanzamiento del módulo europeo Columbus en fecha, y que, si la cosa se pone fea, podría amenazar seriamente la finalización de la estación espacial. Todo depende de en qué quede la cosa. (Esto son opiniones mías; oficialmente, por el momento sólo hay un aplazamiento de los ya habituales en estos casos; pero la filtración que os comentaré luego da qué pensar)

El problema probablemente lo conoceréis varios, si habéis seguido las últimas intentonas de lanzamiento a lo largo de la semana pasada. El lanzamiento del Columbus a bordo del Atlantis en la misión STS-122, inicialmente previsto para el día 6, fue inicialmente pospuesto al día 8, después al 9, y finalmente al próximo 2 de enero, tras llegarse a la conclusión de que no sería posible resolver el problema antes del cierre de la ventana de lanzamiento (13 de diciembre). La razón de estos sucesivos retrasos fue un fallo detectado en los sensores ECO, durante el llenado del depósito central en la preparación para el lanzamiento.

Los sensores ECO (Engine Cut-Off) son unos minúsculos dispositivos, en teoría bastante sencillos, encargados de detectar el vaciado del depósito de hidrógeno. Su misión es importante, pues en caso de detectarse dicho vaciado, deben enviar una señal que ordene la parada inmediata de los motores del transbordador. La razón es que una combustión excesivamente rica en oxígeno (la que ocurriría en el caso de que se terminase el hidrógeno) podría provocar una explosión fatal en los motores. Y eso no es agradable…

Teóricamente, el hidrógeno no se debe terminar. Es decir, existe cierto margen en los depósitos para que el transbordador realice su misión sin vaciarlos. Pero dicho margen es necesariamente pequeño (propulsante sobrante es igual a lastre inútil), así que se instalan los sensores por si acaso. Hasta ahora, nunca se ha producido este caso (que se termine el hidrógeno antes de tiempo), pero nunca se sabe, y más vale prevenir. Además, parece que en alguna ocasión se ha estado cerca, así que tampoco es como para sentirse tranquilo.

El depósito tiene cuatro de estos sensores, pero su fiabilidad nunca ha sido una maravilla. Varias misiones han sufrido ya retrasos, como esta última, por haberse detectado fallos en los sensores durante el llenado del tanque (el fallo consiste en que algún sensor indica tanque lleno a pesar de estar vacío; esto se analiza tras llenar el tanque, y enviar a los sensores una señal que simula el vaciado del tanque). Pero habitualmente el problema se solucionaba solo, tras vaciar el tanque y volverlo a llenar (sí, suena como reiniciar Windows, qué le vamos a hacer…). Además, existía el criterio de que, si sólo fallaba uno de los cuatro, se podía proceder al lanzamiento de todas formas (y esto suena a “Minority Report”, ¿verdad?)

Pues bien, en este caso ha sido distinto: tras fallar dos de los cuatro sensores, se decidió retrasar el lanzamiento y proceder al vaciado del depósito y a realizar las pruebas oportunas. Pero en lugar de mejorar la situación, como solía suceder en otras ocasiones, en este caso fue a peor: con el tanque vacío, y por iniciativa propia, uno de los sensores que hasta entonces había funcionado bien se unió a sus compañeros, y empezó a marcar lleno cuando hasta entonces había marcado vacío (lo correcto). Un cachondeo, vamos…

Ante este orden de cosas, la fecha inicialmente propuesta para la nueva intentona de lanzamiento (día 8) se retrasó al 9, al verse que la cosa pintaba complicada. Entre tanto, y viendo cómo estaba el percal, los responsables de la misión decidieron cambiar el criterio habitual de permitir el lanzamiento con 3 de 4 sensores funcionando, exigiendo en esta ocasión el buen funcionamiento de los 4.

Y así llegó el día 9, tras un intenso trabajo por parte de los técnicos. De nuevo, todo el mundo pendiente del lanzamiento (desde el día 6 había 750 invitados de la ESA y la industria aeroespacial europea esperando para ver cómo finalmente subía el Columbus al espacio), y de nuevo el fallo de uno de los sensores. Esta vez fue sólo uno, lo que en condiciones normales hubiera sido suficiente para proceder con el lanzamiento, pero tras la restricción impuesta para este vuelo, suponía una nueva cancelación. En este orden de cosas, los técnicos decidieron que sus análisis iban a llevar bastante más tiempo, así que no iba a ser posible lanzar antes de que se cerrase la ventana, el día 13. El lanzamiento quedaba pospuesto al 2 de enero.

Hasta aquí, los hechos por todos conocidos (disculpad la larga introducción, para poner en contexto). Ahora, por fin, vienen las nuevas revelaciones.

Se han filtrado a la prensa especializada algunos mails internos de la NASA, firmados por Bill McArthur, Jefe de la Oficina de Seguridad del Space Shuttle, y por Wayne Hale, Jefe de Programa del transbordador. Por cierto, que como sabéis los que habéis leído el “Houston”, Hale fue uno de los que quedaron como “chicos buenos” en el informe del accidente del Columbia, uno de los que aparecen como preocupados por la seguridad, razón por la cual, probablemente, fue posteriormente ascendido en el seno de la agencia (sin querer desmerecer su valía técnica o de gestión; pero lamentablemente no siempre la valía es condición ni necesaria ni suficiente para ascender…)

Pues bien, en esos mails (cuya lectura es casi tan larga como este rollo que os estoy metiendo) queda claro que los responsables del Shuttle ya no se fían en absoluto de los sensores ECO. Hale reconoce que se lleva años trabajando en ello, años intentando mejorar su fiabilidad, y que no se ha conseguido nada. Hasta ahora, cada vez que fallaban, se actuaba creyendo que se podrían solucionar los problemas definitivamente. Ahora han llegado a la conclusión de que no, que esto no hay quien lo solucione, que probablemente la única acción efectiva sería partir de cero con un nuevo diseño de los sensores… y que para eso no hay tiempo antes de que llegue la fecha de retirada del Shuttle.

Hale concluye que, por duro que resulte reconocerlo, parece que esos sensores no han sido fiables nunca. Que, en el fondo, se ha estado volando a ciegas, confiando en un sistema de seguridad que probablemente nunca ha sido de fiar. Y que, afortunadamente, hasta ahora no ha sido necesario utilizar… pero que nunca se sabe si se necesitará en el futuro. McArthur, por su parte, comenta que tampoco ha habido que utilizar nunca el sistema de escape de la tripulación, y que sin embargo nadie se plantea desmantelarlo para ahorrar peso.

Esta respuesta de McArthur viene a colación porque el planteamiento que empieza a correr por la NASA es que quizás haya que prescindir de los sensores ECO. Parece una decisión dura, y lo es. Mucho. Pero hay que reconocer que en algo tienen razón: si no son fiables, si has llegado al extremo de no poder confiar en que lo que indican es correcto… ¿para qué sirven?

El debate es complicado, y es la principal razón del retraso. En la NASA, prácticamente se descarta que el problema con los sensores pueda solucionarse. Es decir, puede que en el próximo intento de lanzamiento todos “parezcan” funcionar bien, pero en la situación actual, ya casi da lo mismo lo que indiquen, bien o mal: nadie los cree. Y se ha trabajado tanto en ello, que se ha abandonado cualquier esperanza de solucionarlo. Pero ahora existe un serio dilema en torno a este problema: ¿qué hacer?

Una vez más, se demuestra que en estas cosas no hay blanco ni negro, que las decisiones no son fáciles, y que hagas lo que hagas, corres el riesgo de equivocarte. Los ECO nunca han llegado a hacer falta, y probablemente no hagan falta nunca… pero, parafraseando a Feynman de nuevo, cuando juegas a la ruleta rusa, que el primer tiro tenga éxito no es garantía para el próximo. Por otra parte, mantener en activo un sistema que igual puede funcionar que no, en el fondo es engañarse a uno mismo. Otra opción, que creo que nadie se plantea por el momento, sería un nuevo parón del programa… que dados los plazos en juego, realmente significaría el abandono definitivo del Shuttle. O, simplemente, aceptar que, como dijo el astronauta Grissom antes de morir en el accidente del Apollo 1, “éste es un negocio arriesgado… pero la conquista del espacio bien merece arriesgar la vida”.

Entre tanto, los europeos cruzamos los dedos para que, tras cinco años de retrasos ajenos a nosotros, el Columbus llegue finalmente a la estación en enero de 2008. Y para que la ISS finalmente pueda ser operativa, para que lleguen el resto de módulos y que sus tripulaciones puedan elevarse hasta 6 miembros, permitiendo por fin dedicarse a la experimentación y no sólo al mantenimiento del propio complejo. Pero, sinceramente, estos mails filtrados me crean ahora una gran incertidumbre sobre todo esto. Porque, si la cosa se pone seria, puede que el futuro de la ISS esté en juego.

Donde dije “digo”, digo “Diego”

Si alguien entiende a los políticos, que me lo diga, por favor. Aunque sea redundar en más de lo mismo, la noticia es tan surrealista que creo oportuno reseñarla aquí.

En el anterior artículo, escrito hace apenas 3 semanas, os contaba cómo Griffin (el Administrador de la NASA) había confirmado con claridad meridiana que no habría más Shuttle a partir de 2010. Griffin (que en otras ocasiones ya ha dejado claro que no le gusta ni el Shuttle, al que calificó de “error”, ni la ISS, que le desvía de su pasión por volar “hasta el infinito y más allá”) quiere liberar cuanto antes los recursos invertidos en el programa del transbordador para poder aplicarlos al programa Constellation (Ares-Orión; veréis que no menciono la misión lunar… de momento bastante hay con hacer el cohete y la nave, luego ya veremos si se usa más allá de la órbita terrestre). Lo de acabar con el transbordador cuanto antes es un deseo lógico, desde su punto de vista, porque los presupuestos no dan para todo. Pero es que además, de esta forma no hace más que seguir al pie de la letra el dictado del Presidente de los Estados Unidos: en su “famoso” (para los cuatro gatos que seguimos estas cosas) discurso de enero de 2004, en el que anunció la nueva política espacial orientada hacia “la Luna y más allá”, Bush dijo que el Shuttle se retiraría en 2010. Vale, también añadió “tras finalizar la ISS”, y eso a día de hoy no está del todo asegurado que se consiga para esa fecha. Pero Griffin se agarra a lo que más le interesa, que es liberar fondos para su proyecto del alma.

Pues bien, lo surrealista del tema, es que ahora viene un congresista republicano (es decir, del mismo partido que el presidente que inició todo esto) y exige formalmente a la NASA que lleve a cabo las acciones necesarias para asegurar que el Shuttle podrá mantenerse en activo más allá de 2010, si fuera necesario. Ello implica no desmantelar nada (algo que quería ir haciendo Griffin, para ahorrar costes): ni rescindir contratos relacionados con el programa, ni ir cerrando instalaciones productivas, ni nada por el estilo. Eso sí, el muy cachondo (con perdón) le dice que tiene que hacer esto con los mismos fondos (que ni se le ocurra pedir un dólar más) y sin afectar para nada al programa Constellation (Ares-Orión), manteniendo su planificación. Y que ya puede ir pensando cómo hacerlo, que el 1 de marzo le esperan en el Congreso para que les explique cómo lo va a conseguir.

Bueno, pues parece que Griffin se va a ganar el sueldo, porque la petición es de las de callejón sin salida. Bueno, sí, tiene una salida, claro, la misma seguida hasta ahora: seguir cancelando otros programas menos vistosos, aunque tengan mayor contenido científico. Porque el congresista Weldon ha exigido que no se toque al Constellation, pero al resto de programas, que les zurzan. Total, ¿a quién le importa la ciencia?

La parte positiva de esto es que, si finalmente va adelante (no conozco los detalles de la política interna norteamericana, pero entiendo que sí, que esto es una exigencia formal en toda regla) los socios de la ISS podrán respirar algo más aliviados, con una mayor esperanza de que el proyecto no se quede a medias (aunque, como he dicho varias veces, la versión de ISS de la que se habla ahora es ya una versión mutilada de la que debería ser, tras los recortes unilaterales realizados por los Estados Unidos al proyecto). Por ejemplo, la cúpula (módulo europeo “Cupola”) tendrá más posibilidades de ser instalada algún día (siendo uno de los últimos elementos en montarse, es uno de los más amenazados por la retirada del transbordador). Pero si para “salvar” la ISS hay que seguir cancelando otros programas, estamos “haciendo un pan como unas hostias”, como dice mi madre.

En fin, política, ciega política. Por cierto, ahora que hablo de política ciega, recuerdo que algunos críticos de la “visión de Bush” la tildaron de ser una “visión miope”. Pues si siempre estuve de acuerdo con esto, ahora creo que pierde vista día a día. Y parece que en el gobierno norteamericano no debe haber buenos oftalmólogos…

En la foto, el congresista Weldon, con la sonrisita irónica que se le debió quedar tras lanzar su ultimátum a Griffin (“te la he metido doblada”, parece pensar, con perdón, que ya sé que estoy muy ácido hoy). Hale, hasta otra.

(Para el que le interese, aquí tenéis el texto de la enmienda del congresista Weldon)